Mi última charla con Erich Priebke
Tuve la oportunidad de conversar pocas veces con Erich Priebke (si mal no recuerdo, tres). Era un hombre que había pasado los setenta años, delgado, alto, austero en su vestir, pulcro y tenía un modo que no dejaba dudas acerca de su pasado militar.
En mi memoria puedo verlo manejando un Ford Sierra amarillo que luego vendió a un español amigo, supongo, cuando fue la hora de los abogados. “El orden hay que mantener”, repetía en un castellano entendible. Yo era de un poco más de veinte años cuando empezó a correr la noticia medio posible de que él era un criminal buscado. De que era un nazi, más de uno lo supo siempre. Vivía yo en Belgrano y Güemes de Bariloche (enfrente del Hotel Campana, el de su amigo y delator Juan Maler- Reihald Kopps), justo a la vuelta de Priebke, y coincidimos en un par de reuniones antes de lo de ABC y demás.
Cuando cayó la catarata de acusaciones, por defenderlo, muchos desempolvaron fotos de pioneros y pusieron a Priebke a la altura de un “padre del pueblo” con argumentos de cierta solidez o algunos más endebles, como el de que “en Bariloche los enemigos de ayer bailan hoy en las festividades espalda con espalda”.
Yo también tenía mi posición.
Así las cosas, los más inocentes hablaban a viva voz de “heridas cerradas” y alguno menos inocente huía al silencio. O de Argentina. Todos de un modo fuimos llamados a manifestarnos en ese pueblo que seguía con mucho de aldea, nieve en los inviernos y un clima de inocencia sin interrupciones.
Creo que hubiese apoyado alguna campaña por prestigiarlo, porque su don de gente, sus modales de buen vecino y su conducta intachable eran motivos válidos para defender. Pero la última conversación que tuve con él me decidió. Ahí vi en ese antisemitismo la eugenesia (un racismo radical) que él defendía. El día de nuestra última charla lo escuché acusando a los judíos culpables de los males monetarios del mundo. No era infrecuente encontrar alemanes nazis en aquellos años por Bariloche que habían servido a la causa nacionalsocialista forzados por el reclutamiento, pero el caso de Priebke… era de excepción. Ese día, aparte de hablar de las “mentiras del Holocausto” y asegurar que al fin de la Segunda Guerra los periodistas que entraron a ver una cámara de gas (no recuerdo cuál) “olieron pintura fresca”, él estaba enojado con un funcionario de la antigua empresa Entel por la demora en un trámite. Sin disimular su enojo, acercando con serenidad y firmeza su cara a la mía, me dijo con una particular trabazón en las erres: “A ese funcionario habría que cortarle las pelotas para asegurarnos de que no tenga hijos que repitan los errores del padre con alguien más…”.
Al poco tiempo de eso su casa tenía un policía federal en la puerta y él era una foto en los periódicos. Sé que cuando lo llamaron criminal, tristemente, era verdad. Hubo gente arrodillada que por su culpa jamás volvió a levantarse.

