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El arte de robar

El plagio en literatura, que algún académico denominó intertextualidad, data de antiguo. La voz, dicen, deriva del verbo latino plagiare, que podría significar “vender fraudulentamente el esclavo del prójimo como propio”.
Foto: en.wikipedia.com
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Aunque el acto de plagiar seguramente se registra desde los primeros tiempos de la literatura escrita, es el poeta latino Marcial quien lo menciona por primera vez.

En su epigrama XXX, dedicado a Fidentino el Plagiario, advierte: “Corre el rumor, Fidentino, de que recitas en público mis versos, como si fueras tú su autor. Si quieres que pasen por míos, te los mando gratis. Si quieres que los tengan por tuyos, cómpralos, para que dejen de pertenecerme.” Por lo que en el siglo I ya teníamos una buena definición de plagio —hacer propias las palabras de otro— y uno de los modos posibles de resolver el conflicto: es común que un buen acuerdo económico deje los pleitos éticos de lado. Bryce Echenique, un auténtico plagiador serial, tuvo que pagar cerca de 42.000 euros como castigo por haber calcado 16 notas periodísticas de distintos autores, detalle que no le impidió ganar un premio de 150.000 dólares en la última Feria Internacional del Libro de Guadalajara; tal vez el jurado estimó que el inquieto escritor peruano sólo plagia notas, pero jamás novelas y cuentos.

Mateo Alemán y Miguel de Cervantes fueron contemporáneos. En 1599, Alemán publicó Vida del pícaro Guzmán de Alfarache; la novela se convirtió en un best seller, por lo que en 1604 aparecióSegunda parte de la vida de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana.  Sin embargo, antes de que este nuevo título saliera, hubo una edición apócrifa, escrita y publicada en 1602 por un tal Mateo Luján de Sayavedra. Mateo Alemán no se inmutó, en el prólogo de Segunda parte de la vida de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana, se refiere a Luján de Sayavedra y lo desafía: "Sólo nos diferenciamos —dice— en haber hecho él segunda de mi primera y yo en imitar su segunda. Y lo haré a la tercera, si quisiere de mano hacer el envite, que se lo habré de querer por fuerza".

Don Quijote de la Mancha, que apareció en 1605, también fue un éxito editorial. Cervantes prometió una segunda parte, pero nueve años después de esa promesa y antes de que llegara a cumplirla, apareció Segundo tomo del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, firmada por un tal Alonso Fernández de AvellanedaA diferencia de Mateo Alemán, Cervantes se indignó.  En 1615 publicó, por fin, su anunciada segunda parte. En el prólogo, puso en escena a Álvaro de Tarfe, un personaje del Quijote apócrifo, y le hizo proclamar la falsedad y baja calidad literaria del de Avellaneda.

Las acciones del ignoto Mateo Luján de Sayavedra y del incierto Alonso Fernández de Avellaneda no pueden considerarse plagios: simplemente utilizaron dos personajes notorios para construir su propia obra, una costumbre que se ha mantenido inalterable hasta nuestros días. Tal vez el ejemplo más popular sea Sherlock Holmes, que permanece vivo a muchos años de la muerte de Arthur Conan Doyle. No obstante, persisten devotos de la propiedad privada que incluso proponen privatizar las ideas. "Las ideas, los puntos de vista, los personajes y tramas originales pertenecen a quien las inventó”, proclamó uno de esos fundamentalistas, ignorando tal vez que de ese modo se anularía la literatura de todos los tiempos: Shakespeare solía nutrirse de cuentos populares, de tramas y de personajes ya inventados. Charles Perrault y los hermanos Grimm serían meros plagiarios deCaperucita Roja: la historia de la niña, su abuela y el lobo ya se contaba en China, seiscientos años antes de Cristo.

En el prólogo a la edición de 1954 de Historia universal de la infamia, Borges revela que las páginas que vamos a leer “son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”. Antes o después de ese postulado, confesó: “Yo sólo escribo lo que ya está escrito”. Sostener que Borges es un plagiario sería un disparate, ya que plagiar no es copiar ideas sino textos ajenos y presentarlos como propios. Fue justamente lo que hizo Gustave Aimard con Amalia de José Mármol. En 1876, cinco años después de que Mármol muriera, Aimard, escritor y aventurero como Jack London, aunque sin el talento de London, rescribió en francés Amalia y la publicó bajo el ingenioso nombre de La Mas-Horca.

Dime a quién plagias y te diré quién eres. María Rosa Quintana, una vistosa presentadora de la TV española, devino escritora y con su novela Sabor a hiel obtuvo el Premio Planeta. Muy pronto se supo que había plagiado a tres escritoras: Ángeles Mastretta, Colleen MacCullough y Danielle Steele.Shimriti, de Jorge Bucay, acoge numerosas páginas de La sabiduría recobrada, de la española Mónica Caballé. El diario La Nación parece atraer a los plagiarios. Daniel Omar Azetti obtuvo el premio de cuento con La ilusión que se escurre; tiempo después, Sergio Di Nucci ganó el de novela con Bolivia ConstruccionesLa ilusión que se escurre resultó ser una prolija copia de El espejo que huye, de Giovanni Papini. Numerosos páginas de la novela Nada de Carmen Laforet pasean graciosamente por las de Bolivia Construcciones. En su defensa Di Nucci aseguró que se trataba de un homenaje a Carmen Laforet. Azetti levantó la bandera de la intertextualidad. Quintana y Bucay reconocieron sus pecados.

Internet y las nuevas tecnologías ofrecen inagotables caminos de comunicación. No es fácil controlar el ciberespacio, por lo que textos propios y ajenos pueden deambular libremente de aquí por allá: la Red brinda la infinita posibilidad de ejecutar formidables plagios. Aunque suene paradójico, estamos en una situación similar a la de los autores contemporáneos de Marcial. “Te encomiendo, Quinciano, mis libritos —decía en su epigrama LII—. Si es que puedo llamar míos los que recita un poeta amigo tuyo. Y cuando aquél se proclame su dueño, di que son míos. Si lo dices bien alto tres o cuatro veces, harás que se avergüence el plagiario”. Será cosa de seguir diciéndolo alto, aunque no creo que mengüe esa mala costumbre, tampoco que avergüence a muchos.