Lost
Perdida espiritualmente en el new age del consumo ilimitado, nuestra columnista decide relatar un hecho personal.
Se dice que el vacío existencial es inherente a los seres humanos. Que se produce al nacer en ese desprendimiento del cuerpo de otro y que explica nuestra constante búsqueda de lo que nos falta.
Más que vacío yo debo admitir que esto era hueco total. En busca de la felicidad eterna me había convertido en el sostén de todas las zapaterías del país. Ok, no toda la culpa pasaba por mí. Esta novedosa tendencia por los colores indefinidos y con nombres rarísimos me había cautivado. El azul petróleo casi me hipnotizó en esas botas, el color hielo se hacía más tentador por su inexistencia y el verde maui me persiguió hasta conseguir comprarme esos borcegos.
Con mil pares disponibles y casi nada para combinar arriba entré en pánico. Ninguno me venía bien. La angustia (ese fantasma que yo alejaba con una pasada de Pos Net) se asomaba, y yo temía que de quedarse no fuera a irse jamás.
-Lo que pasa es que vos tenés que cambiar el chip, Mara. Me decía mi amiga runner.- Cuando descubras lo que se siente corriendo vas a sentir bienestar. Los problemas se resuelven en cada metro que avanzás, es lo más.
Entonces yo corrí, dejando varios pares de botas sin estrenar y haciendo la inversión correspondiente para llegar muy lejos. No llegué. Sin ninguna endorfina que me tirara una soga mi angustia crecía km tras km. ¿Tras que había que correr? ¿Por qué aquella chica se planchaba el pelo para entrenar? ¿Por qué tantas personas conspiraban para dejarme sola atrás de todos? ¿Por qué cada grito de aliento yo lo sentía como una oportunidad para demostrar los logros personales de ellos?
Ya lejos de todos, y con el equipito recién estrenado, me vencí. Correr me dejaba sola y me era imposible ver el circuito.
La vendedora de Palmares me puso en foco. _Yo hago bici. Mountain, ¿viste? Eso te cura el alma. El contacto con la montaña, la solidaridad de los grupos, el sentirte viva...
Probé. Otra vez la Visa disponible para encarar una ruta un poco más pretenciosa. Pero comprendí que el ciclismo tenía tres requerimientos imposibles para mí. Fe en el pedal, fe en los fines anti lucrativos del profe y fe en no quedarme en la pendiente.
Demasiado optimismo para mí. Yo estaba perdida.
Fue entonces cuando en ese café, ése que tiene los livings de estilo, las ví. Ahí estaban todas, en la parte de atrás junto a la estufa, las mujeres que habían encontrado el camino a la felicidad.
Con libro en mano, una de ellas les leía lo que yo interpreté como máximas de vida. Me intrigó el por qué las otras al escucharla asentían con la cabeza, primero una y después la otra para convertirse en una pequeña ola cervical.
“Renovar la energía”. “Superar el stress”. “Encontrarse con uno mismo”.
Casi como un acto reflejo una de ellas me reconoció y me sonrió invitándome con un ademán elegante. No pude con la curiosidad. Me acerqué. Se abrieron hospitalarias corriendo sus carteras de Prüne y entre ellas me mezclé.
Sanar las relaciones, liberarnos del sufrimiento personal, abrir el corazón, alcanzar un estado de dicha. Sí, estas chicas eran lo que yo andaba buscando.
De ese café yo pasé a otra dimensión: la de la espiritualidad, y en un mes ya estaba en el medio de un gran living chacrense en donde el Kabalah, el Reiki y los cursos de Angeles eran una buena excusa para escaparse de todo mal.
La agresividad se borraba de mil amores con un místico crumble de arándanos. El mandato era concreto: despojarse de todo lo material (dejando a mano las llaves de las camionetas).
Supongo que no habría incurrido así nomás si todo esto no hubiera tenido un precio terrenal y pretencioso, dos conceptos con los que yo me sentía más segura.
Por sólo $200 la sesión, mi sistema nervioso central era reorganizado gracias a la kundalini, por $150 más, mi espíritu conseguía paz interior, degustaba diferentes tés y se volvía con fotocopias de todo (esto era a voluntad).
Ya estaba próxima a un encuentro supremo de meditación con Arcángeles, de conocer Facilitadores y encontrar “el camino”.
Un ejercicio de relajación me elevó al estado correspondiente para realizar pedidos personales que deberían compartir espacio con pedidos de iluminación para todo el planeta.
Sacándome de la cabeza aquel jueguito de jardín que me volvía loca y esa máquina de electrodos me concentré en las miserias del Mundo pensando en la luz adecuada. Volví a mí. Visualicé y pedí. Todo era posible. Este maravilloso Mundo oculto parecía tener todo resuelto con sólo desearlo. Era cuestión de saber pedir.
Aproveché un dos por uno para un curso de meditación que parecía clave. 500 pesos podían hacer que yo me golpeara, suavemente, diciéndome: “Me acepto, me quiero, me privilegio.” 200 más los sábados me llevarían a hacer Constelaciones y despojarme de todo arrastre genético y cultural que perturbara mi mente.
Casi sin fondos disponibles alcancé a comprarme los últimos de Osho y se me coló uno de Bucay.
Ansiosa por verme en mi nuevo estado de bondad, mi otro yo me vio meditando sobre aquel pantalón blanco de la anfitriona budista, pensando qué habría hecho para que le quedara tan bien y sospechando de dónde habría sacado la plata para ir a la India, otra vez.
Tal vez el Universo estuviera plagado de manifestaciones maravillosas, pero yo no era una de ellas. (Las chicas del café tampoco).
Me sacudió la realidad queriendo comprar aquellas botas color piedra. Me sacudió más fuerte aún cuando escuché: tarjeta denegada.
Escribime a [email protected]
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Ya lejos de todos, y con el equipito recién estrenado, me vencí. Correr me dejaba sola y me era imposible ver el circuito.
La vendedora de Palmares me puso en foco. _Yo hago bici. Mountain, ¿viste? Eso te cura el alma. El contacto con la montaña, la solidaridad de los grupos, el sentirte viva...
Probé. Otra vez la Visa disponible para encarar una ruta un poco más pretenciosa. Pero comprendí que el ciclismo tenía tres requerimientos imposibles para mí. Fe en el pedal, fe en los fines anti lucrativos del profe y fe en no quedarme en la pendiente.
Demasiado optimismo para mí. Yo estaba perdida.
Fue entonces cuando en ese café, ése que tiene los livings de estilo, las ví. Ahí estaban todas, en la parte de atrás junto a la estufa, las mujeres que habían encontrado el camino a la felicidad.
Con libro en mano, una de ellas les leía lo que yo interpreté como máximas de vida. Me intrigó el por qué las otras al escucharla asentían con la cabeza, primero una y después la otra para convertirse en una pequeña ola cervical.
“Renovar la energía”. “Superar el stress”. “Encontrarse con uno mismo”.
Casi como un acto reflejo una de ellas me reconoció y me sonrió invitándome con un ademán elegante. No pude con la curiosidad. Me acerqué. Se abrieron hospitalarias corriendo sus carteras de Prüne y entre ellas me mezclé.
Sanar las relaciones, liberarnos del sufrimiento personal, abrir el corazón, alcanzar un estado de dicha. Sí, estas chicas eran lo que yo andaba buscando.
De ese café yo pasé a otra dimensión: la de la espiritualidad, y en un mes ya estaba en el medio de un gran living chacrense en donde el Kabalah, el Reiki y los cursos de Angeles eran una buena excusa para escaparse de todo mal.
La agresividad se borraba de mil amores con un místico crumble de arándanos. El mandato era concreto: despojarse de todo lo material (dejando a mano las llaves de las camionetas).
Supongo que no habría incurrido así nomás si todo esto no hubiera tenido un precio terrenal y pretencioso, dos conceptos con los que yo me sentía más segura.
Por sólo $200 la sesión, mi sistema nervioso central era reorganizado gracias a la kundalini, por $150 más, mi espíritu conseguía paz interior, degustaba diferentes tés y se volvía con fotocopias de todo (esto era a voluntad).
Ya estaba próxima a un encuentro supremo de meditación con Arcángeles, de conocer Facilitadores y encontrar “el camino”.
Un ejercicio de relajación me elevó al estado correspondiente para realizar pedidos personales que deberían compartir espacio con pedidos de iluminación para todo el planeta.
Sacándome de la cabeza aquel jueguito de jardín que me volvía loca y esa máquina de electrodos me concentré en las miserias del Mundo pensando en la luz adecuada. Volví a mí. Visualicé y pedí. Todo era posible. Este maravilloso Mundo oculto parecía tener todo resuelto con sólo desearlo. Era cuestión de saber pedir.
Aproveché un dos por uno para un curso de meditación que parecía clave. 500 pesos podían hacer que yo me golpeara, suavemente, diciéndome: “Me acepto, me quiero, me privilegio.” 200 más los sábados me llevarían a hacer Constelaciones y despojarme de todo arrastre genético y cultural que perturbara mi mente.
Casi sin fondos disponibles alcancé a comprarme los últimos de Osho y se me coló uno de Bucay.
Ansiosa por verme en mi nuevo estado de bondad, mi otro yo me vio meditando sobre aquel pantalón blanco de la anfitriona budista, pensando qué habría hecho para que le quedara tan bien y sospechando de dónde habría sacado la plata para ir a la India, otra vez.
Tal vez el Universo estuviera plagado de manifestaciones maravillosas, pero yo no era una de ellas. (Las chicas del café tampoco).
Me sacudió la realidad queriendo comprar aquellas botas color piedra. Me sacudió más fuerte aún cuando escuché: tarjeta denegada.
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