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Elogio de un gran hombre, “El Viejo” Bustelo
La escritora Sonnia De Monte se detiene con emocionada pluma en la figura del venerable escritor, abogado, comunista mendocino, quien resultara preso durante la última dictadura militar por “portación de cultura”. Un texto que estremece.
“El Viejo” BUSTELO
(permiso Nerina y Fidel Bustelo, y Paula Tejada)
Don Ángel, le decíamos. Con un respeto rayano en la veneración.
“El viejo”, lo llaman sus hijos, con veneración.
“Viejo de mierda”, le decían violentos sus secuestradores.
Cuenta su hijo Fidel que cuando fue detenido para quedar bajo la amenaza cotidiana concretada por el Ejército Argentino, don Ángel les soltó con su misma suelta libertad: “¡Este no es el ejército de San Martín! ¡Este no es el ejército de mi patria!”.
Y claro que no. No era el ejército del San Martín creador, con sus propios libros, de la primera biblioteca de esta provincia. Los representantes que le tocaron en suerte para mortificar a don Ángel, embalaron libros de los miles que tenía en su estudio, en cajas, aduciendo el delito del haber literatura subversiva. Eran obras de Alberdi, de Sarmiento; la historia de la UCR, entre otros. Quizá también hayan incluido El idiota de Dostoievski, por pura portación de apellido, nomás, atentos a la preparación intelectual que ostentaban los represores.
Había también en esa casa, atesorado, un retrato de Tejada Gómez compartiendo las horas de la familia desde un cuadro de Enrique Sobisch o tal vez de Carlos Alonso, eso no lo sé. Pero fuera de quien fuere, los invasores preguntaron al verlo al poeta, el que guiñaba un ojo eternamente a la vida, porque con uno veía el afuera y con el otro escarbaba adentro: "¡Quién es ese subversivo!". Sí, señores, treinta y cinco años después, sigan confirmando que era un subversivo: era escritor y sabio como don Ángel y como di Benedetto; era poeta como Neruda, que era un político sin manchas, como Bustelo.
Se escuchó decir, además, a otros testigos, que don Ángel era un Quijote. Es la verdad, pero no como un adicto a los caballeros andantes de nombres pintorescos, sino como un puro ser humano consciente del dolor y las necesidades del hombre. Un comunista de los buenos, ¿eh? Lo que no es verdad es que era un iluso, tal como lo describió alguien: era valiente, señor. Era frontal. Era avezado en la lucha. No negaba ni callaba sus hechos y sus dichos, tal como sí ocurre con los hechos y los dichos de los que están en el banquillo de los acusados o que andan por la calle como si nada, después de matar.
Dijo su esposa, testigo dolida e irónica, con un sentido del humor que solo los fuertes sostienen ante cualquier circunstancia, que atados ambos, uno junto al otro Bustelo y Di Benedetto, intentaron obligarlos a escupirse mutuamente. Soliviantados, se rebelaron. Más golpes, entonces. Aunque sea una “pregunta hecha”: ¿qué clase de hombre puede idear estas cosas? ¿Qué clase de ser humano? ¿Qué clase de ser?
En qué quedó todo esto: en El silenciero cautivo, libro vital como espina de la historia. Los otros, los que niegan y callan, aun callando, tendrán su silencio con gritos, como espina.
Todos sus intentos por denunciar lo que ocurría, aun preso, fue nuevo motivo de castigo. Sus presentaciones judiciales, su protección para con los detenidos y torturados. De lo que resulta, finalmente, que don Ángel, hacedor de derecho, sintió que el Derecho había quedado bajo suelas de botas y mocasines (algunos civiles no usaron calzado del ejército, pero pisotearon igual).
Dejó su profesión. Y donó sus libros a la biblioteca del Poder Judicial de Mendoza, narraron varios. ¡Qué lujo, qué honor! ¿Qué? ¿Lujo? ¿Qué honor? Bueno, vamos a ponernos a jugar con los signos, ya que tal vez el gesto haya quedado como un papelito a merced del zonda.
Don Ángel fue un preso político con una constancia incalculable. No solo en el ’76; también antes varias veces. Pero según decía, jamás a pesar de la injusticia de caer en cautiverio por las ideas, fue tanta la injusticia, la crueldad. Viene a cuento citar las palabras del testigo Roberto Vélez, en la causa Bustelo: “Cuando uno viene a plantear estas cosas no es por nostálgico de los ’70; es para que en el futuro no se viva lo que vivimos nosotros”. No porque sí lo dice.
Es que seguimos siendo, para la flaca inteligencia y el escuálido raciocinio de estos seres que callan, los mismos subversivos.Por buscar verdad, por buscar justicia, por buscar un lugar digno para todos, por saber de poesía aun donde faltan libros, por entender al hombre, aun donde falta solidaridad y humanidad. Por defender la vida aun después de muertos, con la lucha de la memoria. Como hace don Ángel.
Y claro que no. No era el ejército del San Martín creador, con sus propios libros, de la primera biblioteca de esta provincia. Los representantes que le tocaron en suerte para mortificar a don Ángel, embalaron libros de los miles que tenía en su estudio, en cajas, aduciendo el delito del haber literatura subversiva. Eran obras de Alberdi, de Sarmiento; la historia de la UCR, entre otros. Quizá también hayan incluido El idiota de Dostoievski, por pura portación de apellido, nomás, atentos a la preparación intelectual que ostentaban los represores.
Había también en esa casa, atesorado, un retrato de Tejada Gómez compartiendo las horas de la familia desde un cuadro de Enrique Sobisch o tal vez de Carlos Alonso, eso no lo sé. Pero fuera de quien fuere, los invasores preguntaron al verlo al poeta, el que guiñaba un ojo eternamente a la vida, porque con uno veía el afuera y con el otro escarbaba adentro: "¡Quién es ese subversivo!". Sí, señores, treinta y cinco años después, sigan confirmando que era un subversivo: era escritor y sabio como don Ángel y como di Benedetto; era poeta como Neruda, que era un político sin manchas, como Bustelo.
Se escuchó decir, además, a otros testigos, que don Ángel era un Quijote. Es la verdad, pero no como un adicto a los caballeros andantes de nombres pintorescos, sino como un puro ser humano consciente del dolor y las necesidades del hombre. Un comunista de los buenos, ¿eh? Lo que no es verdad es que era un iluso, tal como lo describió alguien: era valiente, señor. Era frontal. Era avezado en la lucha. No negaba ni callaba sus hechos y sus dichos, tal como sí ocurre con los hechos y los dichos de los que están en el banquillo de los acusados o que andan por la calle como si nada, después de matar.
Dijo su esposa, testigo dolida e irónica, con un sentido del humor que solo los fuertes sostienen ante cualquier circunstancia, que atados ambos, uno junto al otro Bustelo y Di Benedetto, intentaron obligarlos a escupirse mutuamente. Soliviantados, se rebelaron. Más golpes, entonces. Aunque sea una “pregunta hecha”: ¿qué clase de hombre puede idear estas cosas? ¿Qué clase de ser humano? ¿Qué clase de ser?
En qué quedó todo esto: en El silenciero cautivo, libro vital como espina de la historia. Los otros, los que niegan y callan, aun callando, tendrán su silencio con gritos, como espina.
Todos sus intentos por denunciar lo que ocurría, aun preso, fue nuevo motivo de castigo. Sus presentaciones judiciales, su protección para con los detenidos y torturados. De lo que resulta, finalmente, que don Ángel, hacedor de derecho, sintió que el Derecho había quedado bajo suelas de botas y mocasines (algunos civiles no usaron calzado del ejército, pero pisotearon igual).
Dejó su profesión. Y donó sus libros a la biblioteca del Poder Judicial de Mendoza, narraron varios. ¡Qué lujo, qué honor! ¿Qué? ¿Lujo? ¿Qué honor? Bueno, vamos a ponernos a jugar con los signos, ya que tal vez el gesto haya quedado como un papelito a merced del zonda.
Don Ángel fue un preso político con una constancia incalculable. No solo en el ’76; también antes varias veces. Pero según decía, jamás a pesar de la injusticia de caer en cautiverio por las ideas, fue tanta la injusticia, la crueldad. Viene a cuento citar las palabras del testigo Roberto Vélez, en la causa Bustelo: “Cuando uno viene a plantear estas cosas no es por nostálgico de los ’70; es para que en el futuro no se viva lo que vivimos nosotros”. No porque sí lo dice.
Es que seguimos siendo, para la flaca inteligencia y el escuálido raciocinio de estos seres que callan, los mismos subversivos.Por buscar verdad, por buscar justicia, por buscar un lugar digno para todos, por saber de poesía aun donde faltan libros, por entender al hombre, aun donde falta solidaridad y humanidad. Por defender la vida aun después de muertos, con la lucha de la memoria. Como hace don Ángel.