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Néstor y las gambetas del destino
Un columnista del diario La Nación analiza los últimos días de vida de Kirchner. Critica a los seguidores del partido político por no obligarlo a cuidarse, a que se proteja y que no arriesgue su vida sino lo contrario.
Todos nos pensamos eternos. La muerte... la muerte es el otro. El cáncer le dará a los otros, piensa el fumador. Se matan los que no saben manejar, los tontos, piensa el que corre más allá de los límites. Se mueren los que no se cuidan, cree el que lleva una vida ordenada.
Es el discurso de todos que los demás deberían cuidarse, que otro perderá la vida si no se ordena o atiende consejos. Tal vez sea una negación natural y necesaria para no pasar la existencia aplastados por la certeza de que moriremos.
Hace seis meses Néstor Kirchner entró por última vez a una clínica donde lo trataron de una afección potencialmente mortal, que ya lo había amenazado seriamente pocos meses antes. Muchos que no se hacen jamás un chequeo, aunque saben que deberían, reprochan hoy la actitud del ex Presidente que, literalmente, se escapó de la clínica donde debió permanecer un tiempo más. Es eso lo que se dejó en claro con elegancia cuando se informó oficialmente que el paciente había recibido el "alta institucional". Es decir, se fue bajo su exclusiva responsabilidad y decisión, ya que una clínica privada no es una cárcel de tratamientos obligatorios. Podría haber seguido su recuperación en otro sitio, ya que contaba con su médico personal y los medios necesarios.
El ex presidente ingresó el sábado 11 de septiembre al Sanatorio de los Arcos, donde lo sometieron a una angioplastía y le colocaron un stent. No era una novedad. En febrero anterior había sufrido un episodio similar. Kirchner, sus médicos, su círculo íntimo y hasta la sociedad sabían de la enfermedad.
Circularon rumores de que en este segundo episodio había sufrido un infarto, pero estaban errados.
El ex presidente estuvo en una suite en el quinto piso, en el contrafrente, la 509. A su esposa la alojaron justo enfrente, en la 501, la misma que ocupó Susana Giménez cuando la operaron de la cadera.
Quienes estuvieron en el sanatorio en la breve internación dicen que la actividad era febril. "Parecía que el presidente era él, casi tenía más custodia que Cristina y todo el tiempo estaba dando órdenes. El les decía a los médicos qué hacer y él decidió que se iba del sanatorio, lo dispuso y no lo consultó con nadie. Los médicos se deben haber dado cuenta de lo que pasaba cuando vieron que se organizaba la mudanza, que no fue precisamente pequeña. "Había custodios hasta en la cocina, controlando los alimentos que se le preparaban", dijo un testigo.
"Cristina parecía querer que se quedara un tiempo más internado, pero Néstor tenía otra idea, yo creo que hasta discutieron, porque el algún momento ella salió de la habitación de él y cruzó hasta la suya, cabizbaja y como apesadumbrada; tengo entendido que hasta les pidió por favor a los médicos que lo hicieran quedar al menos una semana más", recordó la fuente.
En la puerta del sanatorio, la juventud, en la que ahora se apoya tanto la Presidenta, incitaba a Kirchner a terminar su internación. "Te esperamos el martes", decían los carteles en alusión al acto que la JP preparaba en el Luna Park.
Un Kirchner pálido, visiblemente debilitado, cometiendo una imprudencia, se presentó en el acto en el que su esposa fue la oradora. Dos médicos consultados entonces sobre la decisión adoptada confiaron en que el ex presidente había jugado al límite y que podría incluso haber sufrido un colapso y haber muerto allí, frente a los seguidores que lo alentaban.
Un hombre de la actividad privada, elegido como enemigo y vituperado muchas veces en público por el esposo de la actual Primera Mandataria dijo, sin rencor, en esos días de vértigo mortal: "El ex presidente tiene ese estilo, que lo caracteriza, de manejarse siempre a toda velocidad hasta el borde del abismo, es así; el problema para él es que puede salirle noventa y nueve veces bien, pero alcanza con que una le salga mal para que termine en desastre".
Otro médico consultado entonces había hecho un diagnóstico muy preocupante y que resultó certero: "El episodio de febrero y su repetición muestran un paciente que no se cuida o que no sigue los tratamientos. En cualquier caso la situación es grave. Además, que haya concurrido a un acto público multitudinario a 72 horas de una angioplasitía es sencillamente una locura; si fuera mi paciente yo estaría muy preocupado, porque sabría que voy a perderlo".
En esos días y ahora este profesional prefiere que no se revele su identidad y dice que, en todo caso, Néstor Kirchner podía no haber permanecido internado ese martes, pero debería haber guardado una semana de reposo relativo y luego tener un mes de una actividad muy calmada. "No fue mi paciente, pero son los protocolos normales para una situación así", precisa.
Kirchner viajó al exterior y no paró un minuto hasta que falleció en su natal Santa Cruz, la madrugada del censo. Repasar las fotografías de esos últimos días es encontrarse con el rostro de un hombre que no había logrado recuperarse.
Quizás el ex presidente llevó al extremo una de las condiciones que parecen necesarias para alcanzar puestos tan altos y que es la de seguir los propios instintos y ambiciones, incluso cuando todos los datos racionales aconsejan desistir.
Néstor Kirchner aceptó cuando a finales de 2002 Eduardo Duhalde le propuso ser candidato a la Presidencia. Era un casi desconocido gobernador de una provincia pequeña. El rostro y la voz de su esposa legisladora nacional eran más familiares. Sin embargo, en mayo de 2003 asumió la Primera Magistratura.
Cuentan que Carlos Menem juraba que sería alguna vez presidente cuando estaba preso por la dictadura en el buque 33 Orientales. Algunos de sus compañeros de infortunio temían que hubiera perdido la cordura.
Pero en Kirchner el empecinamiento llegó más lejos. Menem pareció moderarse luego de su accidente de carótida, del que pasó ya más de una década y media. El santacruceño, que supo interpretar muy bien las voces y reclamos de un sector importante de la población que lo acompañó y cimentó el triunfo electoral de su esposa, no supo, no quiso o no pudo escuchar la voz de su cuerpo. Nadie, que no sea el grupo de aduladores de los medios de comunicación del Estado, viéndolo en su último mes y medio de vida, pudo creer que Néstor Kirchner se haya sentido bien y saludable.
Una vez más, no es extraño, sino más bien común en los humanos, ese sentimiento de omnipotencia que lleva a seguir fumando a algunos que ya tuvieron un infarto, a seguir comiendo en exceso a personas que hasta requirieron de un marcapasos, a seguir acelerando a quienes ya tuvieron un accidente grave.
Lo que es asombroso es que quienes se dicen los seguidores más fieles del ex presidente y su esposa no hayan tenido ese otro instinto de piedad tan común a los seres humanos de querer cuidar y aconsejar a los demás: el de pedirles que se protejan, que no se arriesguen. Mucho más cuando se trata de un ser querido. En lugar de eso, lo empujaron en la dirección equivocada.
El ex presidente estuvo en una suite en el quinto piso, en el contrafrente, la 509. A su esposa la alojaron justo enfrente, en la 501, la misma que ocupó Susana Giménez cuando la operaron de la cadera.
Quienes estuvieron en el sanatorio en la breve internación dicen que la actividad era febril. "Parecía que el presidente era él, casi tenía más custodia que Cristina y todo el tiempo estaba dando órdenes. El les decía a los médicos qué hacer y él decidió que se iba del sanatorio, lo dispuso y no lo consultó con nadie. Los médicos se deben haber dado cuenta de lo que pasaba cuando vieron que se organizaba la mudanza, que no fue precisamente pequeña. "Había custodios hasta en la cocina, controlando los alimentos que se le preparaban", dijo un testigo.
"Cristina parecía querer que se quedara un tiempo más internado, pero Néstor tenía otra idea, yo creo que hasta discutieron, porque el algún momento ella salió de la habitación de él y cruzó hasta la suya, cabizbaja y como apesadumbrada; tengo entendido que hasta les pidió por favor a los médicos que lo hicieran quedar al menos una semana más", recordó la fuente.
En la puerta del sanatorio, la juventud, en la que ahora se apoya tanto la Presidenta, incitaba a Kirchner a terminar su internación. "Te esperamos el martes", decían los carteles en alusión al acto que la JP preparaba en el Luna Park.
Un Kirchner pálido, visiblemente debilitado, cometiendo una imprudencia, se presentó en el acto en el que su esposa fue la oradora. Dos médicos consultados entonces sobre la decisión adoptada confiaron en que el ex presidente había jugado al límite y que podría incluso haber sufrido un colapso y haber muerto allí, frente a los seguidores que lo alentaban.
Un hombre de la actividad privada, elegido como enemigo y vituperado muchas veces en público por el esposo de la actual Primera Mandataria dijo, sin rencor, en esos días de vértigo mortal: "El ex presidente tiene ese estilo, que lo caracteriza, de manejarse siempre a toda velocidad hasta el borde del abismo, es así; el problema para él es que puede salirle noventa y nueve veces bien, pero alcanza con que una le salga mal para que termine en desastre".
Otro médico consultado entonces había hecho un diagnóstico muy preocupante y que resultó certero: "El episodio de febrero y su repetición muestran un paciente que no se cuida o que no sigue los tratamientos. En cualquier caso la situación es grave. Además, que haya concurrido a un acto público multitudinario a 72 horas de una angioplasitía es sencillamente una locura; si fuera mi paciente yo estaría muy preocupado, porque sabría que voy a perderlo".
En esos días y ahora este profesional prefiere que no se revele su identidad y dice que, en todo caso, Néstor Kirchner podía no haber permanecido internado ese martes, pero debería haber guardado una semana de reposo relativo y luego tener un mes de una actividad muy calmada. "No fue mi paciente, pero son los protocolos normales para una situación así", precisa.
Kirchner viajó al exterior y no paró un minuto hasta que falleció en su natal Santa Cruz, la madrugada del censo. Repasar las fotografías de esos últimos días es encontrarse con el rostro de un hombre que no había logrado recuperarse.
Quizás el ex presidente llevó al extremo una de las condiciones que parecen necesarias para alcanzar puestos tan altos y que es la de seguir los propios instintos y ambiciones, incluso cuando todos los datos racionales aconsejan desistir.
Néstor Kirchner aceptó cuando a finales de 2002 Eduardo Duhalde le propuso ser candidato a la Presidencia. Era un casi desconocido gobernador de una provincia pequeña. El rostro y la voz de su esposa legisladora nacional eran más familiares. Sin embargo, en mayo de 2003 asumió la Primera Magistratura.
Cuentan que Carlos Menem juraba que sería alguna vez presidente cuando estaba preso por la dictadura en el buque 33 Orientales. Algunos de sus compañeros de infortunio temían que hubiera perdido la cordura.
Pero en Kirchner el empecinamiento llegó más lejos. Menem pareció moderarse luego de su accidente de carótida, del que pasó ya más de una década y media. El santacruceño, que supo interpretar muy bien las voces y reclamos de un sector importante de la población que lo acompañó y cimentó el triunfo electoral de su esposa, no supo, no quiso o no pudo escuchar la voz de su cuerpo. Nadie, que no sea el grupo de aduladores de los medios de comunicación del Estado, viéndolo en su último mes y medio de vida, pudo creer que Néstor Kirchner se haya sentido bien y saludable.
Una vez más, no es extraño, sino más bien común en los humanos, ese sentimiento de omnipotencia que lleva a seguir fumando a algunos que ya tuvieron un infarto, a seguir comiendo en exceso a personas que hasta requirieron de un marcapasos, a seguir acelerando a quienes ya tuvieron un accidente grave.
Lo que es asombroso es que quienes se dicen los seguidores más fieles del ex presidente y su esposa no hayan tenido ese otro instinto de piedad tan común a los seres humanos de querer cuidar y aconsejar a los demás: el de pedirles que se protejan, que no se arriesguen. Mucho más cuando se trata de un ser querido. En lugar de eso, lo empujaron en la dirección equivocada.
Fuente: La Nación