Cuando se te atraganta la tarde
En la tele dan Rosario-Belgrano. Es la siesta de un sábado soleado, después de la tormenta de piedra que destrozó mi plantita de ajíes azules. Por la calle pasan algunos autos y de vez en cuando un micro que va a Las Heras, que demora una hora. En el complejito todos duermen, supongo. Sobre mi mesa posan: un termo azul, un mate preparado con edulcorante, un paquete de cigarrillos y un encendedor. Ah, y un cenicero de vidrio transparente lleno de cenizas.
Escucho, una conversación de unos pibes que caminan por la vereda, que se pierde, de a poco, en el silencio. No se escuchan gatos ni perros, no se mueven las copas de los árboles, ni tiembla. No tengo un diario local, ni tampoco internet. Contra el rincón del comedor hay varias bolsas negras llenas de libros y discos que juntan tierra y no pienso ordenar. No hace calor ni frío, como en otoño, pero en verano.
En la heladera acumulo: cuatro botellas de agua de la canilla, una Talca cola, varios sachets de condimentos para panchos y hamburguesas, un frasquito con picante que me regaló una mexicana amiga y un tupper con lechuga, tomate y arandelas de cebolla. Sobre la cocina descansa una pava roja, muy roja, que se destaca entre los objetos. La radio está apagada pero enchufada, el silloncito para leer está afirmado contra la pared y, a su lado, una planta verde, de interior, mechuda, que crece cuando la mirás unos minutos.
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Además, dos celulares, el viejo y el nuevo, que no suenan, al lado de un plumero en la mesada. Una rosa de tela ahogada dentro de una bola de vidrio llena de agua, típico adorno de los años 70. La tele está baja y nadie hace goles. Es una tarde cero a cero. Es una siesta de empate. Una jornada sin ganadores ni perdedores. Ahora sí se escucha un auto que arranca su motor en la cochera del complejito; algún vecino que sale a pasear o a jugar al fútbol con amigos, o a visitar la tumba de su madre al cementerio, supongo.
A veces corre un vientito que mueve la sábana verde que hace de cortina de la ventana y es lindo sentirlo, despacito. El almacén de mitad de cuadra está cerrado, el almacén de la esquina también. La clínica que está frente a mi departamento, también, pero el caso de la clínica es otro cantar porque está vacía y abandonada. El localcito del mejor zapatero del mundo, contiguo a la clínica abandonada, también está cerrado, pero es el mejor zapatero del mundo. Y está cerrado porque el tipo trabaja toda la semana 9 o 10 horas por día, y se merece el descanso y está bien que esté cerrado ahora, en la siesta de un sábado soleado.
Hay lugares entonces, que están cerrados por descanso o por abandono, como pasa con la gente que está acostada en sus departamentos del complejito, supongo. Yo no tengo nada que hacer y no quiero hacer nada. Ya me bañé, me puse desodorante en los sobacos y perfume en el cuello, en la cara y las orejas. Pienso en Libia e imagino a los camellos muertos que deben estar tirados en las calles. Pienso en la ruta 60 e imagino a los perros muertos que deben estar aplastados en el pavimento. Pienso eso y otras cosas que no tienen importancia para mí, pero igual las pienso, porque pensar es gratis y boludear con la imaginación también.
Tomo muchos mates porque me encanta tomar mate y bajarme un termo sin más. Fumo muchos cigarrillos porque también me encanta. Al cuerpo lo tengo domado, en reposo o en remojo. Se fue el febrero maldito y con él, el Sergio Embrioni, que se hartó de todo y se tomó el palo. En realidad todo este rodeo de palabras era para recordar al Sergio casi sin nombrarlo. Porque al nombrarlo, se me atraganta la tarde.
