Divorcio en pareja
Si la vida en pareja es una continuidad de la propia construcción entonces el otro deberá ser todo lo que esperamos ser nosotros mismos y no pudimos…
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Divorciados. Miles lo están y no figuran en los registros. Conviven en un pacto tácito que ha validado una nueva forma de matrimonio que se extiende entre las parejas heterosexuales mendocinas. La era del divorcio intra-matrimonial.
No me asombra ver que muchos jamás tomarán la decisión de separarse. Ellos pertenecen a una gran mayoría que elige o cae en el divorcio en pareja. Ese que nos deja gozar de los bienes de la estructura, aquella que deseamos con tesón mientras transcurría la adolescencia (casa, auto, perro labrador, jardín y cochera doble).
Una organización perfecta sostenida por el ejercicio de la tolerancia que pacta no coincidir en horarios de comidas, de descanso y de apetencia sexual, pateando para más adelante los advenimientos del displacer… Instalando el presente como único punto de referencia, dejando el futuro en blanco y el pasado en gris. Como si la vida de las fotos viejas fuera de otros (pero.. ¿esa que está volando por los aires con vestido de novia soy yo?).
Los días buenos se categorizan por no haber peleado de 8.00 a 20.00 horas y se utilizan como combustible para afrontar los malos. Como prevención se aprende a compartir el espacio cruzándose por la casa como dos mozos en un restaurant repleto, permisssoooo.
Quedan los proyectos en stand by, incluidos sexo y diversión, y tal efecto anestésico parece actuar sobre una vida posible y hasta con momentos de placer (sobre todo si él se lleva todo el sábado los chicos al club así ellas pueden meter quinta a fondo con el spa de pies y manos entre amigas).
En ese espacio mínimo de placer que les deja este tipo de divorcio pueden dedicar el tiempo a sus intereses personales, algo a lo que muchas otras parejas verdaderamente unidas han tenido que renunciar.
Sólo cuando discuten sobre dinero todo se vuelve feroz. El dinero en la pareja es un sensor delator de lo que se comparte realmente, de lo que se da y lo que se recibe, y cuando el sensor marca rojo uno u otro saca lo peor de sí (los lectores entenderán).
Este nuevo pacto pone a las parejas en un lugar ambivalente. Insisten en la exigencia de compartir la vida pero no pueden evitar disfrutar de sus peleas en público (los famosos trapitos al sol, en cuyano básico).
Ante la ausencia del otro aparecerán los bastones y algún hijo mayor será puesto en lugar de adulto, de marido bueno, de depósito de todas las dificultades y el trabajo ocupará todo el erotismo disponible.
Los divorcios en pareja cada vez más frecuentes han rebasado a los convencionales plasmándose en una relación donde el marido pasa a ser alguien que no está y la esposa alguien que sufre cuando el marido está, esperando que la ley de atracción o el libro el secreto les dé una señal.
La vida en pareja idealizada de jóvenes gracias a padres y abuelos ha contribuido en gran parte con esto. De la misma manera que el marido ha idealizado sus relaciones sexuales y la de sus amigos comete todas las transgresiones, las trampas y todos los entuertos del hombre que se sabrá perdonado (una comida en Mallman o un anillito serán suficientes) Las esposas rondan posibles amantes temiendo realmente animarse y peor aún, que les guste, y sean ellas quienes carguen con la ruptura definitiva.
Algunas parejas pueden salvarse, si es que en algún momento pueden superar sus culpas para por fin divorciarse de manera más sincera: hacia afuera.
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