Presenta:

Antonio Di Benedetto, epitafio tardío

La escritora mendocina Sonnia De Monte nos regala uno de sus textos, esta vez, enfocada en un colega suyo, el gran escritor y periodista local. La alvearense, con su elevada pluma, nos deja una columna deliciosa que mezcla recuerdos y regala luz. No te la pierdas. Regalate unos minutos de literatura y de vida.
189479.jpg
Una siesta de esas inolvidables por el calor y la aventura del silencio, en mi sur provinciano natal, escarbaba entre viejas revistas que le hacían resistencia al tiempo y a las telarañas.

Aparecieron varias fotonovelas (de aquellas con las que se promocionaba el cine en épocas en que felizmente la TV no existía), algunas Humor destapadas (sin tapas, quiero decir), abominaciones como 7 dìas o Gente, que si no fuera por volver a leer las barbaridades de esos periodistas del ‘76 en adelante, se hubiesen transformado en papel para un fuego; un par de Intervalo (me devoré, ahí de pie ante el baúl, un “Cuentos de Almejas”, seguramente llegando ya a la décima lectura hecha por mí, sin recordarlo).

Pero, como un loco tesoro de los ’70,  también apareció un cuadernillo de las Para ti de mi madre con “El cariño de los tontos”.

Ah, Antonio Di Benedetto. Qué placer leerlo allí, mordiendo un durazno, mordiendo la siesta, mordiendo la bronca. Y qué dolor.

Es que no hacía mucho había trabajado en cierta recopilación de textos de su autoría para uno de esos homenajes post mortem, que son eventos nomás, nada más.

Y como no lo había conocido, excepto por quienes lo conocieron, por su historia triste y por sus libros (¡Zama, Caballo en el salitral, Absurdos!...), quise visitar su tumba en el Panteón de los periodistas, cementerio de la Capital.

Fui, sintiéndome un poco extraña por la extraña visita; pero los cementerios son historia; son misteriosos, son tan nuestros como los propios ancestros. Por eso a veces hay que escarbarlos y merodearlos para encontrar huesos amados; si lo sabremos.

Seguí las indicaciones de un buen señor de los muertos; al ingresar, bajé al subsuelo de muros de nichos. Busqué el suyo donde había flores, donde había placas, donde había algo de la ingrata decoración de la vida vivida.

No lo hallaba. Entonces reflexioné que bien pudiera estar donde el olvido lo sepultó, donde la sociedad, la injusticia y la represión lo arrinconó. Y allí estaba, en el zócalo de nichos, en la parte sur del Panteón, si mis puntos cardinales no se habían llenado de lágrimas y se me dieron vuelta. Ahí abajo, bien abajo, con un frasco de vidrio caído sin siquiera una flor marchita ni siquiera seca, y un cartón con sus iniciales.

Ese Antonio Di Benedetto, traducido a tantos idiomas, admirado, reverenciado por los lectores, ese mendocino sin Mendoza (¿y sin país?); ese “Director del diario Los Andes” que se nombra y se renombra en reuniones eruditas y también durante el juicio a los genocidas, allí estaba. Vuelto a morir, vuelto a callar, vuelto a golpear, vuelto a olvidar.

Lo dije por acá y por allá. No sé si algo habrá cambiado, a excepción de más olvido, más polvo. Además, el cartón, arañado por los años, habrá desgrabado también sus iniciales.

Y bueno, aprendí a amar menos a los cementerios, a saborear menos la historia; a regañarla junto a la cultura de los entierros y de la desmemoria, y a la ingrata decoración de la vida vivida.

Lo imaginé, para abrazarlo, quedado su cuerpo al sol y al sereno por largas jornadas en este semidesierto.

Antonio Di Benedetto mismo me lo dijo: si se hubiera descarnado sin sepultura, sin estar preso también de las paredes de la muerte y del olvido, su cráneo entrañable sería, como el de su Caballo en el salitral, una caja de trinos.