Presenta:

Un cómplice silencioso, muy parecido a mí

Ahora merodeo la zona, repleta de policías juntando pruebas, y un enjambre de curiosos que se tapan la boca, mientras unas viejitas charlan con pañuelos en la nariz por el hedor de la carne quemada. Hice mal, hice bien, ya no lo sé. Es tarde para cavilaciones, sólo merodeo, y veo la burocracia de las pericias, el asombro silencioso de varios jóvenes que la conocían.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

                                                       “Traicionar es fácil, lo importante es tener la oportunidad”
                                                                                                                                                                                   Céline


“La maté, sí, la maté porque era mía, como el nombre de la película de Patrice Leconte”, -me dije, y salí corriendo desesperado, con la respiración corta, hacia la hondonada. La noche duró 24 horas, el fuego la devoraba; sí, lo hice, me animé. Venía amagando con la idea en la cabeza hacía unos meses, no pude detenerme, y, creo, nadie me vio cuando la empujé desde atrás, mis manos en sus espaldas, pechando solo una vez, en seco, hacia el fuego. Como cayó de boca, me aseguré que no brincara y le puse una goma de camión para dejarla quieta. “No puedo creerlo, la maté”.

Ahora merodeo la zona, repleta de policías juntando pruebas, y un enjambre de curiosos que se tapan la boca, mientras unas viejitas charlan con pañuelos en la nariz por el hedor de la carne quemada. Hice mal, hice bien, ya no lo sé. Es tarde para cavilaciones, sólo merodeo, y veo la burocracia de las pericias, el asombro silencioso de varios jóvenes que la conocían. El asesino, yo, mira la escena de su crimen con la impunidad que da la idea de seguir siendo libre de toda culpa y cargo.

El sueño, como todo sueño, es una fragmentación de flashes, escenas inconexas que, a veces, tienen la apariencia de relato, y otras, de compendio de notas de psicólogo en sesión. Lo cierto es que, una vez muerta, ella aparece charlando conmigo -luego de muerta reitero- en una casa desconocida. Ella me contaba cómo la habían matado, me contaba a mí, su asesino, cómo alguien, la había matado. Y yo, aliviado, escuchaba  esa música de sus labios, tan necesaria, como un testimonio del muerto en juicio oral y público que decía “el no me mató, me empujaron desde atrás unos tipos a los que no reconocí, pero sé que eran dos tipos, pero él, no fue. De eso estoy segura”, dirá, en pleno interrogatorio.

¿Me quería salvar de la condena? ¿Sabía todo y simulaba para que todo continuara así, en esa guerra de lenguajes? ¿O es que realmente nunca me vio por la noche, mientras seguía sus pasos hasta el estacionamiento a cielo abierto?

Alguien estuvo conmigo en el asesinato -de eso estoy seguro- pero no recuerdo quién era, solo sé que era otro hombre, que me acompañó en los menesteres de la muerte, pero que no era responsable de nada de lo ocurrido. Un cómplice silencioso, muy parecido a mí.