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Los obispos y los diferentes: tiempo de debatir

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En el cruce de cine y deporte, se hizo una selección de las mejores películas; y resultó ganadora la zaga de Rocky Balboa, interpretada por Sylvester Stallone. Su personaje era un boxeador de Filadelfia, que se caracterizaba por “tirar hacia el sur”. Es decir, en la jerga de los boxeadores, Rocky era zurdo.

Hasta hace poco tiempo, ser zurdo fue considerado un defecto, una desviación que era indispensable corregir. Por tal motivo, hasta mediados del siglo XX, en las escuelas argentinas en general, y de Mendoza en particular, las maestras ataban la mano izquierda a los niños zurdos para forzarlos a escribir con la derecha. Se usaba la fuerza para reprimir y “corregir” lo que se consideraba un defecto, en vez de identificar esa tendencia como un fenómeno natural, como una diferencia que, lejos de ser un defecto, puede aportar con otros desarrollos.

El fútbol ha demostrado esto con claridad. De mantenerse vigente el enfoque sobre el presunto “defecto” del zurdo, deberían haberle atado la pierna izquierda a los jugadores zurdos. En tal caso, Diego Maradona tendría que haber realizado su carrera con la pierna izquierda atada; no hubiera podido jugar en plenitud el Mundial de México 86 y los ingleses se habrían salvado del gol más impactante de la historia de los mundiales. 

En la actualidad, el enfoque de reprimir al zurdo por ser y actuar como zurdo, ha quedado fuera de época. Hoy, a nadie con sentido común se le ocurriría reprimir a un zurdo, impedirle usar su mano más hábil, ni su pierna más hábil… Simplemente, hemos aprendido a respetar la naturaleza.

Y esto mismo ocurre con los homosexuales. El heterosexual se ve atraído por la persona de sexo opuesto, y siente repulsión por el contacto sexual con la persona del mismo sexo; con el homosexual ocurre exactamente lo mismo, pero al revés. Y esto es un proceso natural: existe un porcentaje de los individuos de la especie que nace con esa tendencia. Igual que los animales: existen muchos documentales de animales homosexuales que muestran este fenómeno.

Mientras la tendencia homosexual es un fenómeno natural, su demonización es un producto cultural. Durante cientos de años se construyó un discurso homofóbico, que tendía a estigmatizar a las personas que nacían con esa tendencia. Este hecho se enmarca dentro de un proceso mayor, que abarcaba la censura de todos los diferentes: además de los homosexuales, se perseguía a los zurdos y los judíos, entre otros grupos.

En este proceso, un papel central cupo a la Iglesia. Sus autoridades construyeron un discurso de exclusión y persecución al diferente. El que era distinto, debía ser degradado moral y materialmente. Durante siglos, los clérigos lanzaron encendidas prédicas contra los judíos, los musulmanes y los herejes en general. En este contexto lograron que los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, expulsaran de la península ibérica a los judíos y los moros. Como los conversos podían permanecer allí, se puso en marcha un organismo especial: el tribunal de la Santa Inquisición, encargado especialmente de verificar que los conversos no siguieran practicando su anterior religión. Mucho progresó la industria de la confesión mediante los aparatos de tortura gracias al tribunal del Santo Oficio. Posteriormente, este cuerpo perdió su poder para usar directamente la fuerza, pero se mantuvo el espíritu y el discurso de degradación del diferente: Hasta hace pocos años, en los oficios de Semana Santa, se rezaba “por los pérfidos judíos”.

El repetido martilleo desde el poder contra los diferentes en general, y contra los judíos en particular, generó las condiciones para que, con el surgimiento de grupos violentos y gobiernos autoritarios, se terminara por desatar la persecución masiva y el holocausto de los nazis. La persecución de los judíos no fue un fenómeno exclusivamente alemán: en el último gobierno militar argentino, los judíos fueron expresamente perseguidos y torturados. El libro de Jacobo Timerman Preso sin nombre, celda sin número entrega un notable testimonio al respecto.

En el marco de la cultura de perseguir y maltratar al diferente, cayeron también los homosexuales. Todavía está fresca en la memoria de Mendoza la acción de grupos como el comando “Pío X”, que salía por las noches a golpear y maltratar a los homosexuales. Éstos deben sufrir, además, una constante discriminación laboral,  maltrato y desprecio. Muchos homosexuales latinoamericanos terminan por irse a vivir a Europa, donde estos prejuicios ya han sido superados. Y allí están haciendo sus vidas, en algunos casos, con notable éxito.

En este contexto, se han abierto espacios para el debate, tanto a nivel parlamentario como en los medios de comunicación. Y el clero propone un plebiscito. La idea me parece excelente. Pero antes, hay que profundizar ese debate. Y dentro del mismo, sugiero poner mucho énfasis en examinar el papel histórico que, durante los últimos siglos, cupo al clero en la construcción y propagación del discurso de estigmatización del diferente, y las consecuencias que ello tuvo, sobre todo porque luego, las personas ingenuas, influidas por ese discurso, pasaron a la acción y ejercieron la violencia sobre el diferente.

Por dar un detalle: durante el último gobierno militar, algunos obispos argentinos sostuvieron consignas como: “hay que extirpar la subversión”. Con este discurso, con estas ideas en la cabeza, algunos seres con escasa capacidad de discernimiento, vestidos de verde, usaron la violencia contra estudiantes, obreros y jóvenes argentinos que pensaban distinto. ¿Quién tiene más responsabilidad? ¿El autor material o el autor intelectual?

Con el discurso homofóbico ocurre lo mismo.

Es tiempo de avanzar. Hay que abrir el debate. Y examinar todo el proceso de construcción de ese discurso de destrucción y persecución del diferente.

¡Podemos encontrarnos con muchas sorpresas!