Testimonio: cómo el Mundial se instaló en el alma de la Ciudad
![]() |
Comercios cerrados, persianas bajas y calles vacías demostraban que algo no andaba bien; y peor aún, si se dirigía la vista hacia el interior de bares y restaurantes, las sospechas de ese imaginario recién llegado podrían transformarse en preocupación. “¿Qué está tramando esta gente?”, sería la gran pregunta del desprevenido visitante.
Desde lejos parecía una revuelta típica de algún pueblo en busca de liberarse, o al menos de expresar, de algo que lo oprime. Saltos, cantos, bombos, tambores y vítores que sólo podían entenderse al observar las inmensas fotografías que decoraban una pantalla gigante en plena peatonal: Maradona, Messi y Tevez.
Tres nombres que resuelven el más complejo acertijo y explican sintéticamente a cualquier extraterrestre lo que estaba pasando: Argentina estaba a punto de jugar un nuevo partido por la Copa del Mundo en Sudáfrica.
Minutos después, empezó el partido y nuevamente el clima se enrareció. Volvieron las caras de angustia y el silencio empezó a apoderarse de la multitud.
Suspenso que duró poco más de quince minutos, hasta la llegada del primer gol argentino. Conquista que abrió el camino de la victoria del equipo de Diego y la puerta desde donde salió el desahogo de la marea humana.
Con ese primer gol, volvieron los cánticos, las sonrisas y la gente empezó a vivir frenéticamente el juego contra los coreanos.
El ambiente cambió sustancialmente y, a pesar del descuento coreano en el marcador del partido, el ir y venir del juego se vivió de otra manera. Cada nuevo gol del conjunto argentino se aplaudió con más ímpetu que el anterior y el esperado pitazo final del árbitro colmó de alegría a los hinchas.
El encuentro terminó y el pasaporte a la siguiente ronda del seleccionado argentino en el Mundial de Sudáfrica tenía el sello prácticamente puesto. Hora de festejar, momento de ilusionarse y cantarle a la esperanza de volver a estar en una nueva final por la Copa del Mundo.
El Kilómetro Cero mendocino, Avenida San Martín y Garibaldi, fue como siempre el centro de reunión de una expresión popular. Jóvenes de todas las edades celebraron la segunda victoria del combinado argentino.
Tan diversas fueron las edades de los celebrantes, que entre los más niños se pudo encontrar a un experimentado periodista mendocino. Don Felipe Acevedo no dudó un instante en saltar a la par de los adolescentes, quienes lo vistieron de hincha con todo el cotillón a su alcance.
Ya de regreso, y caminando las calles otra vez, dos situaciones resultaron absolutamente llamativas hasta para un extraterrestre.
El primer automóvil con que nos cruzamos, y cuyos ocupantes salieron a festejar el triunfo argentino ¡tenía patente chilena!
![]() |
Y, en plena Plaza Independencia, la contracara. Encontramos quizás al único funcionario gubernamental que no vio el partido entre Argentina y Corea.
El gerente Regional de Anses, Héctor Rasso, estuvo más ocupado acomodando pasajeros-beneficiarios para llevarlos a la Escuela Hogar y entregarles su libreta de la Asignación Universal.
De todos modos, lo que quizá no sabía Rasso es que por hoy -sólo por hoy-, la "asignación universal", es la alegría que sólo el fútbol puede dar y que no pide ninguna libreta de beneficiario que la acredite.




