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Pobre Mendoza: crece la asistencia a comedores, mientras buscan reconvertirlos

En los últimos dos años, la cantidad de raciones de comida suministradas por el Gobierno se ha incrementado en un 26,3 por ciento y llega a más de 27 mil personas diariamente. Mientras tanto, está en marcha el programa Comer Juntos en Familia, que pretende cambiar el concepto del comedor, lograr que las madres puedan cocinar sus alimentos y volver a fortalecer la unión familiar.
Mucha gente sigue recibiendo asistencia. Foto: Mdz
Mucha gente sigue recibiendo asistencia. Foto: Mdz
Cuando apenas se iniciaba esta década, promediando el 2001, la profunda crisis económica que afectó a nuestro país, que trataba por todos los medios de sostener el sistema de convertibilidad de cambio de nuestra moneda con el dólar, impulsó a la sociedad a agudizar el ingenio intentando sortear la debacle. Una de las salidas de emergencia fue la proliferación de comedores comunitarios.

Pretendiendo paliar la falta de asistencia gubernamental a familias sumidas en la indigencia, lejos de convertirse en una medida de shock o momentánea, se instaló y más allá de cierta recuperación del andamiaje económico años después, hoy sigue creciendo y esa institucionalización del sistema provoca la ruptura del núcleo familiar de quienes son asistidos.

Marina Tejón, responsable del comedor comunitario que funciona en el jardín maternal Piquillín, reconoce cómo los comedores hicieron mella en la constitución de las familias: “Ha sido un camino en el que muchos miraron para otro lado. Hubo funcionarios que hasta nos dieron como única respuesta que cerráramos el comedor, ya que siempre quisimos preservar nuestra tarea original, que es la de un jardín maternal”.

Pero, la imposición de conformar estos centros de alimentación solidaria, en algunos casos vino hasta del propio Gobierno. “Con la emergencia del 2001, nos lo pusieron de prepo. Después dijeron: se acabó la emergencia pero la realidad no era así sino porque la gente seguía viniendo a comer”, subraya Tejón.

Para esta mujer, como tantas otras, que asumió la responsabilidad de asistir a 140 personas del barrio Mathiu, de Las Heras, admite que “la mayoría de los comedores cerró, pero nosotros no quisimos hacerlo. No podíamos dejar a toda esta gente sin comer, la asistencia no podía dejarse de lado. Siempre quisimos que la gente vuelve a su casa pero que siga comiendo”.

Los números oficiales


Si bien, admiten desde el Ministerio de Desarrollo Humano, Familia y Comunidad, no se puede mensurar la cantidad de comedores comunitarios que no reciben asistencia del Gobierno, la instalación de esos centros se muestra en franco descenso. Pero, contrariamente, no sucede lo mismo con la cantidad de raciones alimentarias diarias que salen desde la cartera hacia los comedores registrados y asistidos oficialmente.

En abril de 2008, hace exactamente dos años, la Dirección Provincial de Promoción al Derecho a la Alimentación, suministraba 21695 raciones diarias, repartidas en 33 comedores.
Hoy, los comedores son menos, 29, pero las raciones de comida crecieron en un porcentaje que supera el 26%: 27413.

Con respecto al dinero destinado para esta asistencia social, la tasa de crecimiento supera holgadamente el 35%. En 2008, se destinaba 41235 pesos diarios, por tanto la erogación mensual correspondía a 1.237.077. Con la escalada de precios del último tiempo, el gasto en este rango significa hoy una suma de 56 mil pesos por día, alcanzando a 1.680.000 por mes.

La reconversión

“En un  principio, en plena crisis, estaba la gente del Plan Trabajar que ayudaba en los comedores. Después, ese plan terminó y quedaron dos o tres voluntarias, porque si las organizaciones no las estimulan, generalmente, las madres no colaboran. Así, el concepto se fue deteriorando y muchos comedores cayendo”, admite como concepto inicial para iniciar un trabajo de transformación de los comedores la directora de esa área gubernamental que se encarga del reparto de alimentos, Noemí Massolo.

Para esta especialista en planificación y políticas sociales, “el comedor tiene su valor en cuanto fue una solución inmediata ante una situación de crisis, eso no lo podemos negar porque hubo gente de muchísima fuerza solidaria. Pero con el tiempo, en algunos casos creció en otras áreas, con actividades sociales y participación familiar; pero en otros, esa gente fue quedando sola y ahí es donde nace esta necesidad de transformación, que por supuesto no se relaciona con el cierre del comedor. Idea, que en este momento, no nos parece que sea la solución”.

Massolo está abocada de lleno al programa Comer Juntos en Familia que pretende lograr esa transformación y volver a recuperar y fortalecer el núcleo familiar como eje de crecimiento de la sociedad. “Hay un concepto al que estamos apostando que es el de la comensalidad familiar. La familia debe comer en su casa por una cuestión de derechos y de fortalecimiento del vínculo familiar. Ver integralmente a la familia como un núcleo social. Con el tiempo y con un proceso, pretendemos lograr un cambio en niños y adolescentes”, dice.

Este ambicioso proyecto nació como programa piloto durante 2008 y abarcó a 121 familias, que poco a poco, y gracias a la capacitación del equipo de nutricionistas y trabajadoras sociales del Ministerio de Desarrollo, fueron asimilando la idea de cocinar en casa, más allá de seguir recibiendo los alimentos como ayuda social.

Con el paso del tiempo, y la certeza de que se avanzada por el camino correcto hacia la erradicación de los comedores comunitarios, el año pasado el Comer Juntos en Familia se institucionalizó y creció al punto de incluir a 426 grupos familiares, compuestos por 2619 personas. Para este 2010, la proyección que se hace desde el Ministerio es que se logrará asistir a casi 6 mil personas, quienes forman 1072 familias.

El eje del programa es que se pase de la ración del comedor al complemento alimentario para toda la familia. Para ello, y través de la misma organización que tenía a cargo el comedor, se entrega los alimentos para el día, toda la semana o cada quince días, dependiendo de cómo pretendan organizarse y de la disponibilidad de heladera de la familia.

“Hay todo un sistema hecho por las nutricionistas”, señala Massolo, “que indica al proveedor las cantidades y las características de los alimentos a entregar. Además, este programa tiene un contacto permanente a través de las capacitaciones y se adecua de acuerdo a la necesidad de cada organización. Hay todo un intercambio, no es lo mismo una familia urbana que una rural. La intención es buscar cambios no solamente en la forma de darles la asistencia de comida sino también en la calidad de vida”.

De todas maneras, y aunque este proceso de transformación es celebrado por muchos, Marina Tejón reconoce estar contenta  “porque hemos estado años pidiendo alguna solución”, pero “no me parece que sea algo extraordinario, es lo que se debía hacer”.

Noemí Massolo, en cambio, apunta más allá e insta a “no quedarse con que no se puede o con que es muy difícil, arriesguemos y pongámonos un desafío de buscar una política pública que apunte a mejorar la situación”.