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La casona de Palmira
Personajes que habitaban una casona en la localidad sanmartiniana de Palmira y que nunca terminaron por ser descubiertos. Un intento de exorcismo. Allí estaban esas presencias. ¿Están todavía?
El antiguo caserón de madera y piedra podía resultar algo lúgubre para los habitantes del lugar que día a día pasaban por la angosta vereda de la imponente estructura. Sin embargo, para los Lugano, recién llegados de Buenos Aires, esa era la casa que habían soñado toda su vida.
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“La casa negra”, como la conocían los pobladores, por sus tejas de color oscuro y la sombra que al caer la tarde dominaba su jardín, se erigía imponente sobre la antigua ruta siete en la localidad de Palmira. El sueño de cualquier familia que acostumbrada al conglomerado de cemento de Capital Federal, encontraba en esta zona tranquila de fincas y frutales, el lugar en el mundo para ser feliz.
Una tarde de verano, el cartel oxidado que colgaba de su puerta y en el cual con mucho esfuerzo se lograba leer la inscripción “Se alquila”, fue removido y los Lugano iniciaron una nueva vida en la casona que sería la envidia de todos los amigos porteños, que debían conformarse con una terraza en sus momentos de ocio.
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Rodrigo y Marina, el feliz matrimonio con dos niños, Lucila de ocho años y Marcos de seis, no tardaron en acomodarse y hacer de la casa su hogar. Incluso Rodrigo, cuando regresaba del trabajo que había conseguido en Rodeo del Medio, dedicaba horas a las enredaderas del jardín y acabar con la maleza que de a poco se había ido apoderando del sector sur de la casa. Por su parte, Marina, abocada a iniciar su vida como contadora aquí en Mendoza, intentaba de a poco generar lazos que le permitieran de una buena vez desarrollar su profesión.
La fresca noche de marzo encontraba al matrimonio abrazado en el jardín, tomando un “Margarita Frosen”, era el trago preferido de ella y siempre en los momentos especiales para la pareja, Rodrigo se encargaba de preparar lo que para Marina era el corolario de los buenos momentos. Más aún considerando que los niños dormían en sus habitaciones de la planta alta, y la brisa de verano acariciaba sus cuerpos haciéndolos sentir adolescentes.
Pero los besos y abrazos fueron interrumpidos por un grito, no era esta vez el padre de Marina ordenándole que se baje del auto de ese joven y entre a casa, sino un alarido de terror, desesperado, y con la agudeza de la garganta de un niño. “Es Lucila”, se percató la madre que inició el camino hasta los cuartos de arriba, antes pasando por el hall, la sala de estar, el estudio, el comedor, hasta llegar a la escalera de roble que unía las plantas.
Lucila estaba sentada en su cama, llorando desesperada como cuando Ringo, su perro, había sido atropellado. “¡Un enano mamá! Me tenía de las manos y otro me pegaba en la cabeza”. Y siguió llorando…
La tranquilidad de una vida perfecta se cortó como manteca con un cuchillo caliente. Hacía algunos días, Rodrigo quien siempre dejaba su ropa blanca de trabajo tendida sobre la cama, había encontrado “patitas de hombre” marcadas en la tela. ¿Duendes? Se preguntó. En el almacén había escuchado hablar sobre estos pequeños que habitan la zona y se encargan de molestar y hacer bromas pesadas a la gente. Pero no le dio demasiada importancia.
La feliz familia comenzó a sufrir la vida acompañados por quienes se encuentran al final del arco iris. Los trabajos de Marina sobre sus primeros clientes desaparecían, las enredaderas de Rodrigo amanecían podadas con extraños diseños. El perro Willy, un labrador de pelo largo, se alteraba hasta entrar en frenesí, cuando por la noche lo ataban al gran Pimiento que dominaba el parque.
El temor se apoderó de los Lugano, que no encontraban explicación para los extraños sucesos y sin querer apresurarse en una decisión, prefirieron obviar lo que estaba pasando y organizaron una cena con los nuevos amigos de Rodrigo, ellos de San Martín.
Luego de un exquisito pollo al disco, y de tomar algunos tragos, los invitados propusieron jugar al juego de la copa. Entre dudas y miedos, Marina, quien es más temerosa que Rodrigo y prefería ir a ver televisión con los chicos, terminó participando.
El diabólico vaivén entre letra y letra, que una copa aún manchada con un tinto desplegaba en la mesa de los Lugano, llenó la sala de un silencio sepulcral, y los rostros adustos del comienzo, se transformaron en expresiones de pánico.
A esa altura nadie imaginó que Ricardo, uno de los visitantes, estaba tan aterrado que no aguantó y tomo la copa entre sus manos y la arrojó contra la pared, rompiéndola en mil pedazos.
Dicen los que han podido vivirlo, que al ser la copa destruida el espíritu escapa y se adentra en el cuerpo del participante más débil. Así fue que los gestos de Marina se desfiguraron y todos en la sala se espantaron. Comenzó a maldecir y hablar en idiomas desconocidos, su frente se arrugó como la de un anciano y sus piernas se vencieron, haciéndola caer al frío suelo ante la mirada de los pocos que no escaparon ante el primer grito de la joven.
El cura de la zona los visitó a los días, luego de una recorrida por la casa y de llevar a cabo un leve exorcismo con Marina, quien ya se encontraba mejor, les indicó que aquel fantasma que logra liberarse, nunca más abandona la casa en donde encontró su lugar.
Fueron seis meses los que la familia Lugano vivió en Palmira. Hoy en Buenos Aires viven separados, nunca pudieron superar lo que vivieron.
Dicen en la zona que el caserón de la antigua ruta siete aún mantiene las cortinas rojas que Marina colgó el día que llegaron y que en las noches de verano suelen verse sombras caminar por el interior de la casa. ¿Cómo reconocerla? Tiene un oxidado cartel blanco en la puerta, donde se lee la inscripción “Se Alquila”.
Pero los besos y abrazos fueron interrumpidos por un grito, no era esta vez el padre de Marina ordenándole que se baje del auto de ese joven y entre a casa, sino un alarido de terror, desesperado, y con la agudeza de la garganta de un niño. “Es Lucila”, se percató la madre que inició el camino hasta los cuartos de arriba, antes pasando por el hall, la sala de estar, el estudio, el comedor, hasta llegar a la escalera de roble que unía las plantas.
Lucila estaba sentada en su cama, llorando desesperada como cuando Ringo, su perro, había sido atropellado. “¡Un enano mamá! Me tenía de las manos y otro me pegaba en la cabeza”. Y siguió llorando…
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Dicen los que han podido vivirlo, que al ser la copa destruida el espíritu escapa y se adentra en el cuerpo del participante más débil. Así fue que los gestos de Marina se desfiguraron y todos en la sala se espantaron. Comenzó a maldecir y hablar en idiomas desconocidos, su frente se arrugó como la de un anciano y sus piernas se vencieron, haciéndola caer al frío suelo ante la mirada de los pocos que no escaparon ante el primer grito de la joven.
El cura de la zona los visitó a los días, luego de una recorrida por la casa y de llevar a cabo un leve exorcismo con Marina, quien ya se encontraba mejor, les indicó que aquel fantasma que logra liberarse, nunca más abandona la casa en donde encontró su lugar.
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Dicen en la zona que el caserón de la antigua ruta siete aún mantiene las cortinas rojas que Marina colgó el día que llegaron y que en las noches de verano suelen verse sombras caminar por el interior de la casa. ¿Cómo reconocerla? Tiene un oxidado cartel blanco en la puerta, donde se lee la inscripción “Se Alquila”.