La bella fragilidad humana
Poeta, escritor, periodista, animal de radio, Teny Alós nos vuelve a conmover con sus textos, en los que se solaza la hondura y el buen trato de la palabra. Sin más, te dejamos con él.
Somos palabra.
Negros corazones arrasados por la tormenta de la nostalgia.
Naranjas desmoronadas sobre la sábana.
Viento. De todas las imágenes, los objetos perdidos en la infancia, el rumbo en el que crepita cada alma.
Somos marea, germen, isla, manchas más o menos informes en la bruma.
Esternón. Las fragilidades del pecho.
Alas y ojos. Burbujas en nuestras manos de niño.
Somos colina, humo, patada, piel de dragones ensoñados.
Estamos ocultos en la ciudad de nuestra fantasía.
Nuestra tierra es la tierra del fuego.
Estamos a medio soñar.
En silencio.
Como velas sin barco. Tactos del exilio. Madrugadas ronroneantes.
Tetas, ombligos, culos, inviernos acuartelados, marionetas aborígenes.
Somos esternón. Plexo fantasma de lo que late.
Glamorosos rayos sobornando las preguntas.
Esta quieta inocencia de colmena.
Somos obreros de nuestra obra. Penachos de nuestra bandera. Casas, ventanas, puertas, pasos en la incontinencia de la creación.
La sustancia de los días. El arte de los naufragios.
Somos imbecilidad, guerra, desazón, posmodernidad, soldados obedientes del capital.
Lo que se salva cuando se raspa el frasco.
Entre risas y lágrimas, la prolongación de la memoria. El almizcle de la supervivencia.
Jueces y parte de la belleza, del dolor.
Somos patín, acuarela, incomprensible encandilamiento, brisa, amanecer.
Esas ganas de volver.
Esos pies, esa raza, la edad del eco.
Lo que esconde el esternón.
Héroes, mártires, Judas.
Cuerpos que se niegan a durar.
Retortijones de lavanda en las fosas nasales de la esperanza.
Pobres diablos detenidos en un andén, sin boletos.
Patologías de la perfección.
Melodías al rescate.
Ni cartílago, ni carne, ni espíritu; mucho menos, hueso; apenas esternón.
Frágilmente bellos.
Negros corazones arrasados por la tormenta de la nostalgia.
Naranjas desmoronadas sobre la sábana.
Viento. De todas las imágenes, los objetos perdidos en la infancia, el rumbo en el que crepita cada alma.
Somos marea, germen, isla, manchas más o menos informes en la bruma.
Esternón. Las fragilidades del pecho.
Alas y ojos. Burbujas en nuestras manos de niño.
Somos colina, humo, patada, piel de dragones ensoñados.
Estamos ocultos en la ciudad de nuestra fantasía.
Nuestra tierra es la tierra del fuego.
Estamos a medio soñar.
En silencio.
Como velas sin barco. Tactos del exilio. Madrugadas ronroneantes.
Tetas, ombligos, culos, inviernos acuartelados, marionetas aborígenes.
Somos esternón. Plexo fantasma de lo que late.
Glamorosos rayos sobornando las preguntas.
Esta quieta inocencia de colmena.
Somos obreros de nuestra obra. Penachos de nuestra bandera. Casas, ventanas, puertas, pasos en la incontinencia de la creación.
La sustancia de los días. El arte de los naufragios.
Somos imbecilidad, guerra, desazón, posmodernidad, soldados obedientes del capital.
Lo que se salva cuando se raspa el frasco.
Entre risas y lágrimas, la prolongación de la memoria. El almizcle de la supervivencia.
Jueces y parte de la belleza, del dolor.
Somos patín, acuarela, incomprensible encandilamiento, brisa, amanecer.
Esas ganas de volver.
Esos pies, esa raza, la edad del eco.
Lo que esconde el esternón.
Héroes, mártires, Judas.
Cuerpos que se niegan a durar.
Retortijones de lavanda en las fosas nasales de la esperanza.
Pobres diablos detenidos en un andén, sin boletos.
Patologías de la perfección.
Melodías al rescate.
Ni cartílago, ni carne, ni espíritu; mucho menos, hueso; apenas esternón.
Frágilmente bellos.
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