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Al Pepe lo mataron en el “Cuartito Azul”

Un elevado texto de una escritora comprometida con nuestra historia. En tanto se desarrolla el Juicio sobre delitos de Lesa humanidad , en Mendoza, Capital, el 15 de diciembre se leerán los fundamentos sobre las condenas dispuestas en el Primer Juicio oral y público de San Rafael. Aquí, De Monte escribe con sangre, como una pedrada, acerca de aquello que vivimos.

A los Berón los llaman “los Berones” o “el clan Berón” en San Rafael, el lugar del primer juicio oral y público por crímenes de lesa humanidad, en Mendoza.

Una familia de trabajadores, de nueve hermanos, de numerosos sobrinos y primos y nietos con cantidad de dolores y pérdidas: de un altruismo alocado para estos tiempos que corren y de una seguridad ideológica que ni las detenciones ni los golpes han podido herrumbrar.

Tres de ellos (Carlos, Luis y Jorge -por entonces de 17 años-) estuvieron detenidos largo tiempo, mientras que José, “Pepe” -de 21 años eternos-, también lo estuvo pero aún continúa desaparecido.

Sus padres, durante esos años lastimados, siguieron en la tarea de ganarse la vida en dos sentidos: trabajando para comer y reclamando por sus hijos y otros compañeros, que sumaron muchos en el sur provincial; ese tan poblano del turismo, de los diques, de la religiosidad, del granizo, del casino, de los Félix y de los viñedos.

Durante una de las jornadas de la audiencia, un testigo pudo llegar a decir lo que supo sobre el Pepe, de boca de un comisario rural perdido en los cerros pesqueros de San Rafael, cuando el vino de aquellos viñedos le soltó la cuerda del pacto de silencio: “Al Pepe Berón lo mataron en el 'Cuartito azul'” (el P12, furgón de la policía sanrafaelina, que pasó a retiro luego de la desaparición del Pepe).

Allí, en las primeras sillas que hemos ocupado por horas durante las audiencias, se levantó un murmullo de sorpresa y dolor; nos volaron las manos para apretarnos los brazos y los hombros fuerte, fuertemente. Sentimos, si es posible explicarlo, un sonido de balazo dentro, un grito, una herida insoportable en la garganta. Quién sabe si pudimos llorar; quién sabe si pudimos llenarnos de ira. Lloramos quietos, escuchando los golpes, los tiros, y el nombre del Pepe como un eco más allá del tiempo. Más aún, sentimos, supimos también, por el silencio enorme de los hermanos del Pepe más atrás, oyendo eso.

Y como son “los Berones”, allá fueron en bloque a hablar sobre esto en la casa materna donde la señora María Llano, la madre del clan, estiraba su incertidumbre y su enfermedad por años y años de espera. Dicen que solo le vieron correr una lágrima. Dicen que comprendió. Dicen que, finalmente, supo. Al día siguiente, María Llano murió.

Una historia más de las trágicas historias que se enumeran en cantidades sobre aquellos años. Lo que no la opaca, sino que la hace más fornida, más humana, más inolvidable.

Durante los alegatos de la Fiscalía, los doctores Maldonado y Vega no se sustrajeron de mencionar a la señora María Llano y su despedida de la incertidumbre. Y es acá donde cobra valor inconmensurable el hecho y lo contrahecho:

Desde esas sillas nuestras, nuestra vista andaba de acá para allá, indagando, sabiendo, entendiendo, cerrando círculos, auscultando. Entonces iba, muchas veces, al lugar de los imputados. Y allá miré, por aviso de un apretón del brazo de quien tenía al lado: Raúl Ruiz Soppe, comisario a cargo en aquel entonces, quien dice haberse enterado de la existencia de detenidos desaparecidos en el 2006 y por los diarios; quien dice que fueron sus subalternos quienes le ocultaron lo que sucedía y que si lo hubiese siquiera sospechado “otro gallo cantaría” (¿cuál? ¿El gallo negro? Si ese fue el que cantó), cuando oyó la mención a la historia de la madre de los Berón, rió. Codeó a Labarta, el imputado a su lado y rió.

Esa risa de piedra, esa sonrisa descalificante, no es otro que una prueba más de la deshumanización y el desprecio por la vida de genocidas imputados o impunes ocultos tras el esqueleto de la democracia. Tras esos huesos los podemos ver. Los vemos.

Eso fue una pedrada.

Como la que cayó en el techo de la casa de Alicia Morales, ex detenida y militante de Derechos Humanos; en la casa de Patricia Coria, periodista; en la casa del doctor Roberto Burad, presidente del Tribunal (esta fue una piedra que viajó con la fuerza de los demonios a más de doscientos kilómetros, hasta la ciudad de Mendoza). O la que cayó en forma de denuncias desmesuradas sobre el concejal socialista De Monte allá también, en el sur provincial (tal vez nunca sabremos si por los juicios o con el objetivo de sacar partido económico al ejercicio de la política, otra pedrada del presente); sobre la honorabilidad de otro periodista, Calivares, quien debió testificar por haber escrito las declaraciones de un sacerdote, Álvarez, quien sostuvo -aunque luego dejó caer-, que los desaparecidos “aparecían”. Como el arranque irascible de afiches que invitaban a una conferencia sobre Derechos Humanos, como el robo de una herramienta de trabajo a uno de los “Berones”, luego de violentar una camioneta, como la destrucción de las placas de cerámica, barro cálido y más cálido aún porque lleva los nombres de nuestros desaparecidos en la Plaza de la Memoria, como la discriminación y mal trato que debimos soportar por parte de la policía en las salas de audiencia y de dictado de sentencia en la última jornada, la número cincuenta.

Quienes hemos cantado en silencio nuestras canciones de bronca, con hiatus en las cuerdas vocales por domarnos la ansiedad, las ganas de gritos, los años que pasan, las fatigas que entorpecen, el amor y la extrañadura que desborda, también  reímos, a pesar. Pero por el gusto de vida que sale de la sonrisa, por el sabor de oxígeno que mete adentro una carcajada. Porque nos ha quedado el compromiso enorme de vivir nuestro cuerpo con ellos adentro para que estén siempre.

No es felicidad irracional nuestros abrazos y las lágrimas. No es para un festejo la sentencia. Celebramos la justicia.

Celebramos el resultado de nuestro trabajo y resistencia antes y después de arribado aquel esqueleto de la democracia.

Es que no se puede festejar la muerte, antes menos la incertidumbre de las desapariciones. Solo celebramos. Porque los tenemos adentro, hemos dicho. No al lado, no a la distancia de un teléfono o de un pasaje de ómnibus o de avión. No  los hemos podido volver a mirar a los ojos ni curarles las heridas, ni festejar sus cumpleaños nunca más cumplidos ni contarles que seguimos a costa de cuanta piedra nos sangró el estar vivos. 

Nosotros crecimos, nos hemos enfermado de tanto en tanto; hemos puesto la mesa diariamente con alguien o con nuestra soledad. Hemos visto nuevas películas. Hemos vuelto a ver aquellas que nos gustaban. Hemos disfrutado la música de aquellos años y otra nueva, y guardado los discos que quedaron, como si pudieran sonar solos alguna vez en una valija con el cierre roto. Hemos releído libros, hemos vuelto a comprar  los que nos llevaron, hemos conocido nuevos. Hemos podido revisar la historia y nuestras propias historias. Hasta nuestras ideas, para aferrarnos o para aprender. Pero ellos quedaron allí, en una veintena de años los más.

Cómo se podría festejar, si el Himno que cantamos llorando, luego de conocer la sentencia, con las fotografías de los cuatro militantes detenidos desaparecidos de la causa bien arriba y saliendo como otra voz de nuestras manos, nos enfrentó a sus miradas, a su convencimiento de deber cumplido, a sus amenazas, a sus pedradas.  Porque en principio no se levantaron de sus asientos unos cuantos, al descubrir que quienes lo entonábamos éramos nosotros. Pero después, ya de pie, se fueron yendo del espacio de justicia. En silencio. Sin cantar, sin respetar. Solos.

Cómo se podría festejar las cárceles, si no cejamos en reclamar por la dignidad de esa poca vida encerrada, cosa que nunca entendieron sino como defensa a delincuentes. A cuántas paradojas enfrenta el devenir de las cosas. Qué paradojas. Solo celebramos la verdad y la justicia. ¡Celebramos! Si eso es venganza, entonces no hemos aprendido de la vida. Pero hemos aprendido por el dolor y por ver el dolor.

Así es que seguiremos recorriendo para buscar en rincones oscuros y siniestros. Seguiremos recibiendo pedradas. Y aun por esas mismas piedras y otras más, seguiremos construyendo por la verdad, la igualdad y la justicia.