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¿Qué hacer con los apellidos extranjeros?
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La segunda solución para estos apellidos de origen extranjero viene dada por la transliteración de pronunciaciones difíciles de dos o de tres maneras; así, hallamos para el genial compositor ruso tres modos de transcribir su apellido: Chaikovski, Tchaikovsky y Tschaikowski.
Algunos apellidos extranjeros, pertenecientes a inventores o a creadores de objetos instalados en el uso cotidiano, sirvieron para bautizar estos inventos u objetos, en un uso metonímico. Ese uso, las más de las veces, está adecuado a las normas del español, en cuanto a escritura y a pronunciación: así, por ejemplo, usamos “diésel” en los autos, en recuerdo del ingeniero alemán R. Diesel; nos fijamos en las unidades de potencia eléctrica o “vatios”, unidad que recibe su nombre de James Watt por sus contribuciones al desarrollo de la máquina de vapo r; agregamos a nuestras comidas “salsa bechamel” o “besamel”, que lleva el apellido de su creador Béchamel; los más viejos aprendimos dactilografía en una “rémington”, la máquina de escribir creada por el inventor Remington.
Los nombres propios de otras lenguas, no hispanizados, se escriben como en la lengua originaria –no es necesario distinguirlos gráficamente– y tampoco están sujetos a las reglas de la ortografía española. Ejemplos: Washington, Perth, Botticelli.
Las palabras de origen extranjero adaptadas a la pronunciación y a la grafía españolas desde fecha más o menos antigua deben seguir todas las reglas ortográficas. Ejemplos: Basilea, brandi, Burdeos, chalé, Londres.
* Nené Ramallo es la directora del Departamento de Letras, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo; es lingüista, especialista en dialectología.