Los niños de los canales o la herencia distorsionada del sacrifico incaico
Los niños de las nieves
El niño, símbolo de vitalidad, era preparado durante casi un año Con una dieta especial, se lo hacía peregrinar hasta la cima de la montaña. Allí, luego de alcoholizarlo y en estado de somnolencia, a 6000 metros de altura, era enterrado vivo en un pozo con un ajuar y en silencio.
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La nieve y el frío, lentamente, dormían a los niños para su descanso eterno. La momificación venía con el tiempo. Montañas minadas de niños sacrificados por una cultura y una sociedad que depositaba su espiritualidad en ritos mortuorios.
A través de estos rituales, la sociedad incaica se cubría de sentido y era motivo de orgullo para las familias ofrecer a sus niños a los dioses. Las investigaciones actuales, luego de importantes hallazgos en las montañas de Salta, Mendoza y Catamarca, se ocuparon de las momias de los niños de las nieves, y fueron trasladadas a centros estudio para su conservación con fines científicos y patrimoniales. A partir de dichos estudios es que podemos hoy conocer prácticas y formas de organización de la cultura de aquel imperio que gobernó cientos de años nuestras tierras americanas.
Fueron ellos, los incas, quienes construyeron unos ingeniosos sistemas de riego por estas zonas: los canales. La función de estos canales consistía en proveer de humedad y agua a la economía agrícola que dominaba a todo el Tahuantisuyo.
Los niños de los canales
En la Mendoza próspera, quedan muy pocas referencias al pasado incaico. No hay prácticas sociales y culturales que se remitan a aquella época imperial donde los “caciques del agua” gobernaban la vasta región del camino del inca. Sólo símbolos y leyendas, momias para su estudio, y una lenta pero jugosa bibliografía de investigación rescatan aquel pasado.
En todo caso, algunas herencias distorsionadas sí se han ido filtrando con el tiempo, ya en otro contexto, luego de la impronta de la empresa imperial europea, primero española y después inglesa, sobre nuestro suelo. Sin embargo, quedan como testimonio viviente, su sistema de riego, los canales. Los mismos hoy no cumplen, exclusivamente, la función para lo cual se los pensó. Se le ha designado otra, también sacrifical.
En este caso, consiste en tirar los niños al agua, a los canales, abandonarlos en los canales cuando el calor resulta insoportable. Los niños, también son preparados y seleccionados. Huérfanos, pobres, con padres que no les pueden ofrecer una escuela de verano, provenientes de casas donde no hay mucho que extraer de la heladera. Solos, en la calle, a la siesta, buscando aventuras para soportar el tedio de su infancia, sin futuro, con dolorosos pasados.
A esos niños, la sociedad los tira a los canales, pero sin ajuares ni celebración. Más bien con indiferencia, propia del diseño darwiniano de la ciudad, donde los menos aptos no resisten, donde los niños sin derechos no se proyectan más que a demostrarle a sus pares que la vida no vale nada. Y allí están los canales, con aguas turbias para tragárselos y desaparecerlos. Los niños de los canales siempre tienen calor, siempre tiene frío, siempre tienen hambre.
Por eso, siempre toman alcohol, siempre se fuman un porro, siempre inhalan poxiran, y así, preparados para morir, son abandonados a los canales en el verano. Todo un año de peregrinación, con su dieta especial. Hay niños que terminan en el penal, otros juegan con revólveres, y muchos de los que no alcanzan a entrar a las instituciones de encierro, son condenados a los canales.
Hoy, los caciques del agua son otros, y están entretenidos en variados rituales. Paradojas de la historia, el laberinto incaico de riego, no había sido imaginado para los sacrificios.

