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Volver al pasado: la insólita disyuntiva del cornejismo y el kirchnerismo de Mendoza

El oficialismo está en la disyuntiva de sumarse a La Libertad Avanza o poner a Cobos como candidato. El peronismo vuelve a recurrir al kirchnerismo como eje. El regreso al pasado en el que Mendoza parece atrapado.

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Télam

El año 2003 fue una bisagra para la política argentina y también en Mendoza. El 25 de mayo asumió como presidente Néstor Kirchner, tras las elecciones anticipadas a las que había convocado su circunstancial “mentor”, Eduardo Duhalde, y la renuncia de Carlos Menem a competir en el balotaje. Ese mismo año era electo gobernador Julio Cobos, un dirigente “distinto”; carismático frente a la ciudadanía y con decisiones zigzagueantes en la política. Para Mendoza parece haberse metido en un bucle extraño; pues 22 años después los dos principales partidos políticos de la Provincia acuden como llamada de emergencia a esa época. La UCR vuelve a sondear a Julio Cobos como candidato y un sector del PJ se ata al kirchnerismo como único horizonte. En el medio, la sensación de tiempo perdido.

La foto polaroid política de Mendoza confunde. Tanto como deben estar confundidos los propios seguidores de Alfredo Cornejo, quien lidera ese partido y Cambia Mendoza. Hay una dicotomía radical: están entre sumarse electoralmente a La Libertad Avanza y las ideas anti Estado de Javier Milei o ir por un camino separado tomando a la figura de Julio Cobos, que es el único radical mendocino que se opuso abiertamente a las ideas de Milei. Esa disyuntiva excede el pragmatismo al que Cambia Mendoza ya se ha acostumbrado. La decisión no depende de ningún debate filosófico.

Volver al pasado

El deseo y ambición de Cornejo es ir colgado de Milei, factor que podría garantizarle una virtual victoria. LLA es para Cambia Mendoza un anabólico electoral que podría permitirle salir primero en las elecciones y disimular puertas afuera la crisis que vive hoy. Es decir, la falta de referentes con potencia electoral y también con peso propio para ir más allá de una herencia. Esa situación está transparentada en la búsqueda de Cobos como salvavidas. Cambia Mendoza lleva 10 años en el poder y Cornejo varios años más con amo y señor en la UCR. Sin embargo, no hay liderazgos que lo excedan; que trasciendan y sean competitivos por sí solos. Algo hicieron mal o algo calculó mal Cornejo.

Todo ocurre a pesar de que por sus estrategias pasaron dos generaciones de dirigentes: la propia, que ya bordea los 60, y la de los dirigentes que eran jóvenes en 2015 y hoy tienen más canas que ambiciones propias. El repaso en la era del “cornejismo” así lo denota. El propio Cornejo fue candidato casi siempre, sumando a Cornejo cada vez que pudo y también a Rodolfo Suarez aún cuando se creía que no se podía en una maniobra política insólita para un sector que se arrogaba aval ciudadano: Suarez fue candidato a senador suplente junto a Cornejo y con Cobos en la misma boleta. Luego, enrocaron cargos.

El rally político en el que el oficialismo está metido es parte de su vida partidaria, pero toma más trascendencia porque influye en la relación institucional de la Provincia. No es lo mismo un gobierno oficialista como propone el primer Cornejo, que opositor como el que busca el cobismo. Esa diferencia se nota en el Congreso. Cobos es el único diputado radical de Mendoza que no siguió las órdenes de adhesión a las iniciativas de Milei, como sí impulsó Cornejo con los únicos dos que le responden: Pamela Verasay y Lisandro Nieri. Ahí hay otro dato. El cornejismo tiene un peso mucho menor al deseado en la Cámara de Diputados de la Nación.

El regreso al pasado de la política mendocina

En medio del desconcierto, hay un argumento que usan los radicales y ya es un latiguillo que cubre cualquier análisis más profundo: la irrupción de Javier Milei en la política, con un fuerte aval ciudadano, cambió todo. Tanto cambió, que los radicales no saben si son oficialistas u opositores. El apoyo al Presidente tiene su base en algunas medidas estructurales, como la búsqueda del equilibrio fiscal, la no emisión y la gestión de una "economía previsible", que en Mendoza aún no rinde frutos en cuanto a la inversión y la producción. Las enormes dudas las genera con la transferencia de responsabilidades, como las obras, la educación y la salud pública, sin ceder recursos. Pero para encontrar la razón en el deseo de acordar con Milei hay que buscar más en la necesidad electoral que en las convicciones.

El peronismo mendocino tiene un camino más árido aún, pues está en un bucle similar, pero fuera del poder y con pocas chances de remontada en lo inmediato. La relevancia que tomó Cristina Fernández de Kirchner al ser detenida fue un tsunami interno. Quienes tenían la tímida intención de construir un “nuevo PJ” alejado de la impronta K, quedaron atrapados por la necesidad que sintieron de solidarizarse. Esa participación mágica por acercamiento les complica los planes. Y el sector más identificado con Cristina, potenció su devoción. La confusión entre adhesión política e híper empatía personal no es una buena combinación para armar una estrategia política conveniente. Anabel Fernández Sagasti lanzó su sector político interno insinuando alguna candidatura con Cristina como sello. Ese es su base y su techo, mucho más en Mendoza. Las ambiciones tienen un coto que, quizá, sea la humilde estrategia electoral del peronismo mendocino: captar el voto de los convencidos; solo de los convencidos; y no construir un proyecto de poder. La propia Anabel era adolescente cuando el kirchnerismo nació y ella es producto del huracán Cristina, ese movimiento político que arrasó con todo y disimuló los profundos problemas políticos que tenía el PJ mendocino, de los que aún no logra salir: se ató a una figura nacional que garantizó éxito, sin tener una plataforma política sólida propia.