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Santilli, Caputo y Pettovello, el triángulo que ordena al Gobierno de Milei

Tras cuatro meses de crisis, Javier Milei intenta recuperar aire: reforma electoral, señales macro y gremios controlados. Pulseada que deja costos.

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Llegó el momento. Manuel Adorni se fue, o lo fueron, del gobierno. La salida implicó casi cuatro meses de parálisis política y el escándalo de poner al ahora exjefe de Gabinete en la misma línea de consideración popular que Martín Insaurralde y sus escandalosos Ziploc llenos de dólares en un vestidor que ya no existe.

Fue el final de un proceso que los libertarios no hubieran soñado ni en su peor pesadilla: comparar un funcionario propio con lo peor de Lázaro Baez o Insaurralde. Para peor, en su carta de renuncia Adorni cae a lugares impensados, como una velada amenaza al propio Milei y su hermana, cuando habla de la supuesta acusación que se le hace de cubrir a los hermanos o el reconocimiento de una larga lista de posibles delitos extra que nadie, salvo él mismo, había mencionado hasta ahora.

Ese fue el precio que pagó la administración de Javier Milei por sostener a un funcionario que ya no podía defenderse a sí mismo. No se trató sólo de una crisis de nombres. Fue una prueba de poder, de timing y de lectura del daño.

El dato central no es la renuncia. El dato central es que la permanencia de Adorni se había convertido en un esmeril contra el propio Presidente. La defensa del funcionario dejó de ser una muestra de autoridad y pasó a ser una carga. Cuando una figura del gabinete obliga al gobierno a gastar capital para explicar lo inexplicable, el problema deja de estar en el expediente y pasa al centro de la conducción.

Milei tuvo que enfrentarse a esa realidad. La aceptación del gobierno y la imagen positiva del Presidente entraron en una zona de riesgo. Cuando los números marcaron que el apoyo a la administración caía hasta 33%, Karina Milei precipitó la decisión. Ahí apareció el punto de no retorno. La política, incluso para un gobierno que suele despreciar sus reglas, cobró la cuenta.

Karina, España y la decisión tomada

La salida de Adorni no nació de un impulso de último minuto. Javier Milei aceptó y capitaneó desde España el tramo final del proceso. Pero la decisión ya estaba tomada diez días antes. Faltaba la ventana política para ejecutar el movimiento con el menor costo posible.

Esa ventana la abrió el Congreso. La postergación de una interpelación en las dos Cámaras le dio al oficialismo el margen que necesitaba. Sin esa prórroga, Adorni habría quedado frente a una escena peor: la posibilidad de ser expulsado de su cargo por una votación de costo institucional y político alto. La renuncia evitó ese final. También evitó que el Congreso transformara la debilidad del Gobierno en un acto público de derrota.

El favor legislativo no borra el problema, solo lo ordena. La salida llegó antes de que el conflicto terminara de consumir más poder presidencial. Milei salió del conflicto en el momento justo. Puede incluso mostrar algún nivel de éxito táctico: frenó votaciones adversas, evitó una expulsión y logró provocar daño en sus adversarios. El PRO quedó atravesado por una crisis interna de proporciones por sus posturas frente a Adorni.

Pero esa lectura no alcanza para tapar el error de origen. El Gobierno se empecinó en sostener a una figura que ya estaba socialmente quemada. La autoridad presidencial no se mide sólo por la capacidad de resistir. También se mide por la capacidad de cortar a tiempo.

El problema de Adorni

El caso Adorni tuvo una particularidad que agravó el desgaste. Al final ya no se le reclamaba al ex jefe de Gabinete una conducta moral sin fisuras. Se le pedía algo más básico para alguien colocado en ese lugar: una estrategia de defensa que no resultara una caricatura.

Adorni nunca pareció entender la envergadura del cargo que ocupaba. Ese fue el núcleo político del asunto. Un funcionario que conoce de economía y que debía saber cómo transitar un camino al menos recto cometió errores imposibles de disimular. El monto que lo condenó ante la sociedad ni se acerca a la corrupción kirchnerista. Pero las formas fueron comprendidas de inmediato por todos.

Ese punto fue letal. En política, a veces el monto explica menos que la escena. La sociedad no necesitó tecnicismos para entender el caso. Tampoco necesitó mediadores. Esa claridad pública volvió estéril cualquier blindaje. El gobierno defendía a un funcionario que ya había perdido el juicio social.

El otro punto de quiebre fue la repercusión internacional. La causa ya no quedaba encerrada en la disputa local. El Financial Times siguió con la exposición del escándalo de corrupción de la mano derecha del Presidente. Esa dimensión exterior pesó. Para un gobierno que busca mostrar orden, reformas y solvencia, la internacionalización de un caso de este tipo dejó de ser ruido y pasó a ser un costo de gestión.

El nuevo eje de poder

Ahora se abre una nueva etapa para Javier Milei. No sólo porque se cierra el capítulo Adorni. Se abre porque el Gobierno debe empezar a estructurar su campaña por la reelección. Y para eso necesita algo que la crisis le había quitado: iniciativa.

El eje protagónico parece quedar repartido entre Diego Santilli en la política, Luis Caputo en la economía y Sandra Petrovello en la contención social. Ese orden no es menor. Marca un desplazamiento desde el escudo comunicacional hacia la administración de poder concreto.

Santilli puede activar, como nuevo jefe de Gabinete, un lenguaje político que Adorni no conocía. Su valor no está sólo en el cargo. Está en la posibilidad de hablar con gobernadores, negociar con el Congreso y ordenar votos. El todavía ministro del Interior ya tiene negociados los votos para revivir la reforma electoral, con la suspensión de las PASO. Ese es el proyecto que más interesa a Milei.

La diferencia es de método. Con Adorni, el Gobierno quedó atrapado en una defensa que lo paralizó. Con Santilli, puede intentar volver a poner agenda. La reforma electoral aparece como la primera prueba. Si logra moverla, el oficialismo no sólo habrá dejado atrás una crisis. Habrá usado esa salida para reconstruir capacidad de daño y de negociación.

Caputo y la economía que esperaba

Luis “Toto” Caputo fue uno de los ministros que más sufrió el desastre que Adorni le produjo al Gobierno. También protestó en privado. La razón es clara: la crisis le tapó al Gobierno las noticias que quería mostrar. La economía no podía entrar a escena porque la política estaba tomada por la defensa de un funcionario sin defensa.

Ahora esa parálisis puede terminar. El ministro de Economía, igual que el resto de la administración, podrá empezar a disfrutar y promocionar las buenas noticias que llegan desde la economía grande. En abril se recuperó el poder adquisitivo. Creció 0,8%. Cayó 1% interanual. Los datos no resuelven por sí solos el cuadro, pero aportan respiro.

Ese respiro tiene valor porque llega junto con la pausa que significa el Mundial. El Gobierno necesita tiempo, aire y una narrativa menos defensiva. La economía puede aportar ese puente. Pero para eso requiere algo más que números. Requiere comunicación.

Por eso fue clave la designación de Adrian Ravier como vocero económico. Ese movimiento marcó el inicio del desmembramiento de Manuel Adorni. El Gobierno definió un esquema de comunicación económica antes de cerrar el capítulo político. Ahora ese esquema deberá convivir con un mensaje de diálogo y moderación que hasta aquí los libertarios no conocían.

La calle y el Congreso

El otro frente es sindical. La CGT anunció que no hará paro. El plan de lucha no aparece como una amenaza real porque no hay acuerdo ni fuerza interna. La interna sindical, por ahora, también juega a favor del Gobierno.

Ese dato no debe leerse como estabilidad garantizada. Debe leerse como una oportunidad. Con el Congreso contenido, la CGT sin paro y la economía con algunas señales de alivio, Milei tiene una ventana. No es amplia. Tampoco es eterna. Pero existe.

La salida de Adorni puede ser la novedad más importante no por la persona que se va, sino por el esquema que permite. El Gobierno pasa de un hombre sin conocimiento de la política sofisticada a un equilibrio que puede combinar negociación, diálogo con gobernadores y trabajo parlamentario. Esa es la apuesta. También es el límite.

Porque la crisis Adorni dejó una enseñanza simple. El poder no se conserva sólo con resistencia. Se conserva con lectura del costo. Milei logró salir antes de una derrota mayor. Ahora debe demostrar que la salida no fue apenas un corte defensivo, sino el inicio de una corrección de gobierno.

La etapa que empieza ofrece una chance doble: corregir los errores de Adorni y también los de toda la administración. La economía tiene una ventana para entrar a escena. La política también. Si el Gobierno la aprovecha, puede recuperar iniciativa. Si vuelve a confundir lealtad con obstinación, el próximo costo ya no tendrá a Adorni como fusible. Tendrá nombre presidencial.