Padres ricos, hijos pobres: por qué hace falta un cambio generacional

Hay una paradoja: hoy los medios de vida parecen más cercanos en lo simbólico, pero las nuevas generaciones tienen más problemas para acceder a sus derechos básicos. Y plantean un futuro apocalíptico. En Mendoza aún hay resistencia generacional.

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Pablo Icardi

Miles de jóvenes marcharon contra el cambio climático en todo el país

Abuelo analfabeto, hijo profesional y con movilidad social ascendente. Nieto con posgrado, pero con incertidumbre laboral. “Lo que más me preocupa es que a pesar de que le podemos dar todas las herramientas, no puedo garantizar que a mis hijos le vaya mejor que a mí”. La frase pertenece a uno de los hombres más poderosos de Argentina y fue parte de una charla informal con MDZ. La dijo con la resignación que hoy tienen muchos padres en Mendoza. A un futuro incierto que, además, en Argentina está abonado por carencias y estigmas propios.

Los baby boomers pasaron de moda, pero aún tienen el poder. Asoma el control de la “generación X”, que aún mantiene sus complejos. Los millenials están en boca de todos, pero son los centenials los que más preocupan. Palabras que despersonalizan, ideas huecas. Pero una realidad árida por delante. Las nuevas generaciones crecen con estigmas. Son gobernados por prejuicios y frases hechas. Nombrados como una ecuación matemática.

Para poner en términos concretos ese panorama, se puede hablar del mundo laboral. El trabajo es el principal problema de la sociedad argentina. Lo que ha fragmentado a la comunidad es, justamente, el acceso a un empleo que genere condiciones de vida dignas. Hay un 30 por ciento de la población que no lo tiene. Y los jóvenes están a la cabeza. De ahí, otros derechos parecen inaccesibles. Desde un plan de salud, a el sueño de la vivienda propia.

Si la situación social de Argentina es dramática, la construcción discursiva que se está haciendo sobre el futuro es peor. “Los jóvenes no van a estar preparados para los trabajos del futuro”, se repite como eco en una cueva. Y hay un dato que vuelve apocalíptica esa premisa. Se trata del abismo  entre ese discurso que marca preocupación y la siembra política que se hace para mejorar ese futuro.

Si se habla de escenarios dramáticos, mejor citar a uno de los mejores. Yuval Harari lo describió en su libro Homo Deus, que parece ciencia ficción pero no lo es.

El gurú del futuro cita un estudio de Oxford en el que aseguran que el 47% de los puestos de trabajo de Estados Unidos corre riesgo elevado porque podrían ser reemplazados con algoritmos. Pues si se va hacia adentro de esa predicción, es mucho más tremendo. En 2033 hay un 99% de probabilidades de que los vendedores pierden su empleo, igual que los agentes de seguro y hasta los árbitros deportivos (culpa del VAR, claro). La lista sigue e incluye a los guías de turismo, incluso los chefs y una larga cadena de oficios y profesiones. Casi con ironía citan las profesiones que se salvan: hay solo un 0,7% de posibilidades de que los algoritmos sustituyan a los arqueólogos porque su trabajo “requiere pautas muy refinadas” pero, sobre todo, porque su trabajo no produce grandes beneficios (léase: ganancias mercantiles).

Los millenials, centenials y los que vengan van a tener otra complejidad. Son jóvenes de hoy, que van a tener a cargo viejos. Sí, como ocurre en todo el mundo, la pirámide demográfica deja de ser pirámide y comienza un proceso regresivo. “La pirámide de la población argentina del año 2010 presenta una forma denominada “de campana”, esto quiere decir que muestra una base que comienza a estrecharse debido a la reducción de la natalidad, y una cúspide que se ensancha por el incremento de la esperanza de vida (especialmente entre las mujeres). Este tipo de pirámides se corresponden con sociedades que han comenzado la denominada transición demográfica”, explican desde el Ministerio de Salud de la Nación.

La tendencia progresiva de Argentina se revierte y hacia 2040 será decididamente regresiva. El envejecimiento es acelerado. Se estima que para el año 2040 va a haber 76 adultos mayores por cada 100 menores de 15 años, mientras que en el año 2010 sólo había 40 mayores de 64 años por cada 100 menores de 15 años. Incluso hay otros pronósticos que indican que para 2040 el grupo de 0 a 14 años será inferior al grupo de mayores de 50)

La generación que nace con futuro productivo incierto, además, tendrá a cargo una masa enorme de adultos mayores ya “en edad improductiva”. Nada cierra.

Es la política

Harari aclara, por supuesto, que habrá nuevos trabajos en ese futuro (como repiten los políticos en Mendoza), como “diseñadores de mundos virtuales”. Pero, claro, no todos podrán reconvertirse a tan sofisticada profesión.

Pero como todo, puede fallar: “esto es una posibilidad, no una profecía”. “Dificultades técnicas u objeciones políticas podrían desacelerar la invasión algorítmica del mercado laboral”, aclara. En ese camino se puede  especular con  dos posibilidades. Una,  delirante, pautada por el mendocino Mario Japaz en el “Imperio de los tecnoperones”. O la otro,  sensato, pautar un avance inteligente hacia el futuro.

Sí, abordar políticamente el mañana y dejar de repetir como loros frases hechas. Ese cambio requiere una nueva agenda y, con riesgo a caer en el fascismo generacional, también que haya un viraje en quien conduce. En Mendoza hay una resistencia enorme.

Los espacios de poder no se ceden, se ganan. Esa frase puede tener algo de cierto, pero mucho más de cinismo. Como un feudo geronte, hay sectores, que se resisten. En Tribunales, por ejemplo, hubo una renovación enorme de jueces y funcionarios. Pero el control sigue estando en manos de funcionarios formados con el teléfono a disco. Y lo digo en “masculino” a propósito: no solo hay resistencia en ceder el control por la edad, sino también en darle espacios de poder a las mujeres.

En las empresas ocurre algo similar, pero se ha iniciado un cambio. Las cámaras sectoriales comienzan a mostrar nuevas caras de líderes “sub 50”.

En el poder político cuesta, pero también hay señales. El gobernador electo de Mendoza aún pertenece a la generación de la nostalgia del pasado mejor, que visten sus discursos hablando sobre Alfonsín. Él puede generar una bisagra, pero va a necesitar de actos de generosidad enormes.

Hoy la generación de la democracia; los nacidos y criados sin las restricciones atroces a las libertades, tiene otro enfoque. Aún está subrepresentada en los espacios de poder, pero hay señales. La camada de nuevos intendentes tiene varios representantes y una de ellas estuvo cerca de ser gobernadora. Algunas comunas, como Godoy Cruz, comenzaron a tener en cuenta esa agenda que parece de futuro pero no lo es. Ya dijimos que no se trata solo de una cuestión de edad, sino de impronta. También de dejar de nombrar a las nuevas generaciones como una ecuación matemática.

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