Lionel Messi, el Mundial y el error de la política argentina al no guardar silencio
Lionel Messi y la final abrieron una pausa que la política no aprovechó. Malvinas, el Congreso y un debate sobre la pobreza quedaron cruzados.
Lionel Messi fue la gran atracción del Fanatics Festival en Nueva York.
EFEEl final del Mundial ofrece una oportunidad que la política argentina pocas veces acepta: el silencio.Al menos hasta el lunes, cuando la Selección vuele desde Nueva York hacia Buenos Aires.
Hasta entonces, el país tiene por delante una final contra España, una pasión compartida y la posibilidad de suspender por unas horas sus conflictos. No se trata de negar la política. Se trata de reconocer que no todo hecho colectivo necesita convertirse en una batalla.
Esa distinción parece simple. Sin embargo, durante los últimos días varios dirigentes demostraron que no pueden, no quieren o no saben hacerla.
El uso de la causa Malvinas antes, durante y después del partido con Inglaterra mostró esa falta de ubicación. También reveló un riesgo conocido: el populismo demagógico, siempre disponible para apropiarse de símbolos que pertenecen a la sociedad y utilizarlos como instrumentos de una disputa inmediata.
Victoria Villarruel arengó desde su cuenta de X a favor de epopeyas que nada tenían que ver con un partido de fútbol. Cristina Fernández de Kirchner hizo proyectar un mapping con la imagen de las islas para que la rodeara durante su salida al balcón de su celda de San José 1111. Los dos casos partieron de lugares políticos distintos. La lógica fue la misma.
Malvinas quedó reducida a un recurso de escena. La guerra, el reclamo y su peso histórico pasaron a funcionar como decoración de una pelea ajena. Eso no fortalece la causa. La degrada. Tampoco expresa patriotismo; expone la necesidad de algunos dirigentes de ocupar cualquier acontecimiento, incluso cuando el acontecimiento no les pertenece.
Nada de aquella guerra se juega hoy en Nueva York. Allí solo hay fútbol. Hay una Selección, una pasión argentina que el mundo mira con asombro y, también, con algo de envidia.
La política aparece por otra vía, pero también esta en el Mundial. Donald Trump buscó protagonismo durante este Mundial en medio de una campaña electoral con vistas a noviembre. Estará en el estadio de New Jersey para entregar la copa, rodeado por Pedro Sánchez, el rey Felipe VI, la reina y su familia. Javier Milei hizo bien en no sumarse a ese convite.
La ausencia evitó que el Presidente quedara incorporado a una escena diseñada por Trump. También impidió que una final de la Selección se transformara en otra plataforma para la disputa política internacional. En este caso, la decisión tuvo una lectura correcta del momento. No agregó tensión donde no hacía falta.
A pesar de eso el problema apareció igual dentro del propio Gobierno. El nuevo vocero presidencial, Adrián Ravier, decidió responderle a Lionel Messi. Lo hizo sin nombrarlo, pero sin dejar dudas sobre el destinatario.
“No coincidimos en el Gobierno con esto de que la gente no llega a fin de mes”, dijo.
Messi había hablado desde Estados Unidos. Expresó orgullo por ofrecerle una alegría a la gente. Ofreció un momento de alegría en medio de los problemas que muchos argentinos atraviesan. Mencionó a quienes no tienen trabajo, no llegan a fin de mes o viven en una pelea cotidiana.
No hubo una crítica al Gobierno. Tampoco una intervención electoral. Hubo una frase desde la capitanía de la Selección Nacional, un deseo dirigido a todo el pueblo argentino. Fue simple y directo: "Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente. Sabemos que los Mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar; que hay gente que la pasa mal, como decís vos, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando. Es la vida nuestra, lo que nos tocó siempre"
La respuesta oficial convirtió esa frase en un conflicto, cuando no lo había.
Ese fue error central. Ravier no discutió solo con Messi. Discutió con una realidad que la propia historia económica del país no permite negar. Argentina no logró bajar la pobreza del 25,7% desde 2000. Al final del gobierno de Alberto Fernández, ese índice llegó a picos cercanos al 45%. En 2012 se registró una baja al 26%, aunque ese dato pertenece al período de intervención del INDEC, cuando las estadísticas argentinas quedaron estalladas bajo el terror de la intervención que tuvo dirección política de Guillermo Moreno. (Ver gráfico)
Messi no definió responsabilidades, no asignó culpas, no señaló a Milei. Describió un problema que atravesó gobiernos, programas económicos y ciclos políticos.
Mucha gente no llega a fin de mes. Negar esa frase no mejora ningún indicador. Solo obliga al Gobierno a defender una posición que la experiencia cotidiana contradice. Además, desplaza el debate desde la política económica hacia la sensibilidad del poder. La pregunta deja de ser si el programa puede corregir esa realidad. Pasa a ser por qué un funcionario necesita rechazar que esa realidad exista.
La comunicación oficial tiene una regla básica: no abrir conflictos sin beneficio posible. Ravier eligió una pelea con Messi a 72 horas de una final del mundo. No había necesidad institucional. No había una afirmación partidaria que responder. Error increíble.
La reacción muestra un problema que supera al vocero. Parte del oficialismo interpreta cualquier descripción social como un ataque. Esa lógica obliga a contestar, confrontar y desmentir. Mientras tanto, el Congreso tampoco pudo frenar sus guerras.
En el Senado se desató el caos alrededor de la ley de propiedad privada. El cruce de mensajes y acusaciones entre Villarruel y Patricia Bullrich quedará como otra muestra del nivel de ruptura dentro del oficialismo.
Villarruel preguntó cómo podía haber sesión después de haber casi ganado el Mundial. Bullrich respondió: “Para festejarlo”. La vicepresidenta replicó que la intención era vender el país y calificó de indignante el capítulo sobre tierras.
El diálogo concentra varias tensiones. Giró, supuestamente y como detonante, sobre la votación de la ley de inviolabilidad de la propiedad privada, que al final no pudo votarse.
En la previa hubo cruce entre ambas.
* Villarruel: “¿Cómo vamos a tener sesión después de haber casi ganado el Mundial?”
* Bullrich: “Para festejarlo”
* Villarruel: “para vender el país. Es una ley que es indignante por el capítulo de tierras”.
La vicepresidente sigue sin entender que su cargo no incluye la generación de políticas. Solo es la encargada de dirigir las sesiones del Senado, desempatar votaciones cuando corresponde (de paso esta semana se cunmplió un aniversario del "voto no positivo" de Julio Cobos en la Resolución 125) y organizar la administración.
Milei aportó otra señal desde la Bolsa de Comercio.
Ante la queja de un invitado, respondió que terminará su mandato, será reelecto y tendrá cuatro años más. Luego afirmó que su proyecto busca sentar las bases para cien años de liberalismo. El cierre fue directo: “Si no te gusta, andate a Cuba”.
El mensaje no estuvo dirigido solo a la persona que protestó. Fue una definición sobre el modo en que el Presidente entiende el poder.
Milei no ofrece una negociación. Plantea una permanencia. No presenta su programa como una etapa. Lo expone como un ciclo de cien años. Tampoco admite el desacuerdo como parte del debate.
Esa forma de responder puede consolidar identidad entre los propios. Pero también revela una dificultad: el Gobierno transforma una crítica en una prueba de fuerza. El adversario deja de ser alguien que objeta una política. Pasa a ser alguien que debe irse.
La secuencia completa deja una tesis.
La política argentina atraviesa días de furia, pero la furia no siempre expresa fortaleza. Muchas veces expone pérdida de control. Villarruel y Cristina intentaron apropiarse de Malvinas. Ravier abrió un conflicto con Messi. Villarruel y Bullrich hicieron pública una ruptura. Milei convirtió la protesta de un invitado en una declaración de guerra cultural.
Todos buscaron ocupar la escena. Ninguno midió el costo total.
Ahora habrá 48 horas de descanso. No porque la política haya resuelto sus tensiones. La pausa llegará porque la Selección jugará una final y luego volverá al país.
Sea cual sea el resultado contra España, el Mundial ya produjo un contraste. Mientras el equipo construyó una referencia común, la dirigencia insistió en dividir. Mientras Messi habló de ofrecer una alegría, el poder buscó un enemigo. Mientras millones de argentinos encontraron una causa compartida, la política volvió a usarla como material de disputa.



