Las claves del poder de China, según Sabino Vaca Narvaja: Estado, IA y fábricas oscuras
El exembajador en Beijing analiza el impacto de la guerra en Medio Oriente, la disputa tecnológica con Estados Unidos y los límites de la paciencia china.
Sabino Vaca Narvaja dialogó con MDZ sobre las claves del poder en China.
China causa admiración y rechazo en partes iguales. Pero no se puede entender el futuro sin mirar al Partido Comunista chino, irónica locomotora del capitalismo actual. Tampoco es posible comprender el tablero internacional sin mirar los movimientos del país que gobierna Xi Jinping.
Para descifrar esa lógica, MDZ conversó con Sabino Vaca Narvaja, embajador argentino en China entre 2021 y 2023 y hoy al frente del Centro de Sinología de la Universidad de Buenos Aires. Politólogo, con cuatro años de residencia en el país asiático y recorridas por casi todas sus provincias, fue el funcionario que supervisó el ingreso formal de la Argentina a la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
En esta entrevista, Vaca Narvaja traza el mapa de las líneas rojas de Beijing, explica por qué la relación entre el Partido Comunista y sus gigantes tecnológicos es exactamente inversa a la que Elon Musk o Peter Thiel mantienen con Donald Trump, y describe el fenómeno de las "fábricas oscuras": plantas tan automatizadas que los robots trabajan sin necesidad de luz.
También deja una advertencia para la Argentina: la geografía condiciona el desarrollo, pero la infraestructura puede transformar la geografía económica.
Entre la guerra en Medio Oriente y el caos como norma
–Casi 6 meses de guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. ¿Cómo impactó en China y cuál es su posición hoy respecto al conflicto?
El impacto para China es importante, fundamentalmente por tres razones: energía, comercio y estabilidad regional. China es el principal comprador del petróleo iraní y Medio Oriente constituye una fuente fundamental de su abastecimiento energético. Por eso, cualquier alteración del tránsito por el estrecho de Ormuz afecta directamente sus costos, sus cadenas logísticas y la seguridad de su suministro.
Pero China no transformó su asociación estratégica con Irán en una alianza militar. Beijing condenó las acciones que considera violatorias de la soberanía iraní, cuestionó las operaciones militares realizadas al margen del Consejo de Seguridad y reclamó el cese de las hostilidades. Al mismo tiempo, defiende la libertad de navegación por Ormuz, sostiene el derecho iraní al uso pacífico de la energía nuclear y promueve una salida negociada.
Esto es importante para comprender la diplomacia china: Beijing puede respaldar a Irán frente a lo que considera una vulneración de su soberanía sin estar dispuesto a involucrarse militarmente en una guerra contra Estados Unidos e Israel. China necesita estabilidad. Su enorme inserción comercial internacional hace que una guerra prolongada en Medio Oriente también perjudique sus propios intereses.
Hay algo más profundo: China intenta presentarse como una potencia que privilegia la negociación sobre la intervención militar. No significa neutralidad absoluta ni ausencia de intereses; significa que su forma de defenderlos es diferente. Su prioridad sigue siendo evitar una expansión regional del conflicto.
–Cuando uno analiza los conflictos que se están dando en el mundo y las características de ciertos líderes, como por ejemplo Putin o el propio Trump, China parece la más apegada a las reglas del multilateralismo. ¿A China le conviene un Trump más alejado de las reglas del derecho internacional?
Hay que distinguir entre una ventaja relativa y el interés estratégico de largo plazo de China. Un Estados Unidos que se aleja del multilateralismo abre espacios que Beijing puede ocupar discursiva e institucionalmente: defender Naciones Unidas, la OMC, los acuerdos climáticos, el derecho internacional y la cooperación multilateral. Desde ese punto de vista, determinadas decisiones de Trump pueden favorecer la imagen de China como potencia de estabilidad.
Pero a China no le conviene un mundo caótico. Es una de las principales potencias comerciales del planeta y posee inversiones, ciudadanos, empresas y cadenas de suministro distribuidos por todo el mundo. Necesita rutas marítimas abiertas, energía disponible, mercados previsibles y determinadas reglas de funcionamiento internacional.
Por eso diría que Trump puede favorecer relativamente la narrativa china, pero una ruptura generalizada del orden internacional perjudicaría los intereses materiales de Beijing. China no busca necesariamente destruir el sistema internacional construido después de 1945; busca modificar la distribución del poder dentro de ese sistema y aumentar la representación del Sur Global.
Ahí aparece una paradoja interesante: una potencia surgida del orden occidental empieza a cuestionar algunas de sus instituciones mientras China, que durante décadas fue considerada una potencia externa a ese orden, aparece defendiendo muchas de ellas.
–El Partido Comunista chino proyecta una postura paciente y diplomática. ¿Cuáles son las líneas rojas para China en el contexto internacional?
La primera y más importante es Taiwán. Para Beijing no constituye simplemente una cuestión de política exterior sino de soberanía, integridad territorial y reunificación nacional. China puede tener enorme paciencia sobre los tiempos de la reunificación, pero considera inaceptable cualquier movimiento hacia una independencia formal de Taiwán o una intervención externa que altere ese principio.
Existen otras cuestiones que Beijing considera fundamentales: la intervención externa destinada a modificar su sistema político, determinadas acciones sobre Xinjiang, Hong Kong o Tíbet que interpreta como interferencia en sus asuntos internos y, cada vez más, las medidas que considera dirigidas a impedir su derecho al desarrollo tecnológico.
Esto último es muy importante. Las restricciones estadounidenses sobre semiconductores, inteligencia artificial o tecnologías avanzadas ya no son interpretadas únicamente como una disputa comercial. China las considera parte de una estrategia destinada a contener su desarrollo.
Lo resumiría así: China puede negociar intereses, mercados, aranceles e incluso administrar rivalidades durante décadas; difícilmente negocie aquello que considera soberanía, integridad territorial, continuidad de su sistema político o derecho al desarrollo. Esa distinción ayuda a comprender su paciencia estratégica: paciencia no significa ausencia de límites.
China: entre la democracia liberal y su filosofía política
–La crítica occidental a China va por el lado de su sistema político, el no tener una democracia liberal. Te quería preguntar a raíz de tu experiencia en China cuál es la valoración de la ciudadanía respecto a su propio régimen político y cómo ven, si es que hay algún estudio, la democracia liberal occidental.
China no es una democracia liberal multipartidaria y los principales índices internacionales la clasifican dentro de los regímenes autoritarios. Pero creo que para comprender China no alcanza con definirla exclusivamente por aquello que no tiene respecto de nuestro modelo político.
En mi experiencia de haber vivido cuatro años allí y haber recorrido casi todas sus provincias, una cuestión muy perceptible es que una parte importante de la legitimidad del sistema se relaciona con los resultados, la estabilidad, la movilidad social, la capacidad de planificación y la percepción de mejora de las condiciones materiales de vida.
Eso no significa ausencia de críticas. Los ciudadanos chinos cuestionan problemas de empleo, vivienda, educación, corrupción, servicios públicos o desempeño de los gobiernos locales. Pero esas críticas no necesariamente implican un rechazo al sistema político en su conjunto.
Hay estudios independientes interesantes. El Ash Center de Harvard realizó durante años una investigación con más de 31.000 entrevistas y encontró niveles muy elevados de satisfacción con el Gobierno central, aunque bastante menores respecto de los gobiernos locales. Eso muestra una sociedad más compleja que la imagen de una población que simplemente aprueba todo lo que hace el Estado.
Naturalmente, cualquier encuesta política realizada en un sistema de estas características tiene limitaciones metodológicas y debe interpretarse con prudencia.
Creo además que existe un problema conceptual occidental. Muchas veces Occidente define al resto del mundo por cuánto se parece a Occidente. Pero China posee una historia estatal milenaria, experiencias históricas propias, una tradición confuciana y una concepción particular de la relación entre individuo, comunidad y Estado.
Y esto nos lleva a una discusión internacional más amplia. El mundo no está compuesto solamente por democracias liberales. Conviven democracias, sistemas híbridos, monarquías y diferentes formas de organización política. Defender nuestra democracia no significa exigir que todas las sociedades del planeta se organicen a nuestra imagen. Comprender y respetar los procesos históricos de cada nación tampoco significa renunciar a nuestros valores ni dejar de formular críticas.
–Si pienso en los clásicos de la filosofía política occidental, con todas las comillas que implica, puedo pensar en Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, etc. ¿Qué autores nuclean una especie de corpus de filosofía política en China?
China tiene una tradición de pensamiento político extraordinariamente rica y reducirla exclusivamente a Confucio sería equivalente a explicar todo el pensamiento occidental únicamente a través de Aristóteles.
Confucio es naturalmente fundamental. Coloca en el centro la virtud del gobernante, la educación, la responsabilidad moral, la armonía social y la idea de que quien gobierna debe constituirse también en ejemplo. Mencio profundiza esa tradición y desarrolla la idea de que la legitimidad del gobernante está vinculada con el bienestar del pueblo.
Xunzi, en cambio, tiene una concepción más pesimista de la naturaleza humana y concede mayor importancia a las instituciones, las normas y la disciplina.
Después aparece Mozi, que me parece fascinante porque desarrolla conceptos muy originales: preocupación imparcial por los demás, rechazo de las guerras ofensivas, austeridad y selección de funcionarios en función de sus capacidades.
Tenemos también la tradición daoísta de Laozi y Zhuangzi, mucho más desconfiada de la intervención excesiva del poder y partidaria de formas menos intrusivas de gobierno.
Y finalmente los llamados legalistas, particularmente Shang Yang y Han Feizi, que pensaron cómo construir un Estado fuerte mediante leyes, administración, incentivos, castigos y una burocracia eficiente.
Pero la China contemporánea no puede entenderse sin agregar Marx, Lenin, Mao Zedong, Deng Xiaoping y Xi Jinping. Lo interesante es que el marxismo no eliminó completamente la tradición anterior. Hoy encontramos una superposición de tradición civilizatoria china, confucianismo, pensamiento marxista y pragmatismo desarrollista.
Si intentamos comprender China utilizando exclusivamente categorías occidentales, nos falta una parte fundamental del mapa conceptual.
Geografía, modelo productivo e IA
–¿Cómo se conectan en China la geografía y el modelo productivo?
Se conectan profundamente. La geografía explica una parte importante del desarrollo desigual del territorio chino y también muchas de las políticas implementadas para modificarlo.
La costa oriental concentra históricamente población, puertos, comercio exterior e industria. Allí encontramos enormes conglomerados económicos: el delta del río Yangtsé alrededor de Shanghái; el delta del Río de las Perlas y la Gran Área de la Bahía de Guangdong-Hong Kong-Macao; y el corredor Beijing-Tianjin-Hebei.
El oeste y buena parte del interior presentan características diferentes: territorios enormes, menor densidad de población, mayores distancias de los puertos y una presencia importante de recursos minerales y energéticos.
Una de las grandes políticas de China durante las últimas décadas consistió precisamente en intentar modificar las consecuencias económicas de esa geografía mediante infraestructura: ferrocarriles de alta velocidad, trenes de carga, autopistas, redes eléctricas, puertos secos y corredores vinculados con la Franja y la Ruta.
Eso permite trasladar industrias hacia el interior, integrar territorios anteriormente periféricos y conectar China terrestremente con Asia Central y Europa.
Hay una enseñanza muy importante para Argentina: la geografía condiciona el desarrollo, pero la infraestructura puede transformar la geografía económica. Un ferrocarril no simplemente transporta mercancías; puede modificar la competitividad y las posibilidades productivas de una región durante décadas.
–Te escuché decir en una entrevista reciente que el Gobierno Chino ve a la IA como una nueva fuerza productiva. ¿Cómo impacta eso en su mercado laboral? ¿No deja gente afuera?
Sí, y sería equivocado negar esa tensión. Cuando Xi Jinping habla de “nuevas fuerzas productivas de calidad”, está pensando en un salto de productividad impulsado por innovación científica, inteligencia artificial, robótica, nuevos materiales, biotecnología y transformación industrial.
China está intentando incorporar inteligencia artificial prácticamente a toda su economía mediante la estrategia AI+: manufactura, salud, educación, logística, servicios, administración y ciencia.
Pero toda revolución tecnológica destruye determinadas tareas mientras crea otras. Ya estamos viendo reducción de necesidades laborales en algunas funciones administrativas, industriales y de servicios, mientras simultáneamente aumenta enormemente la demanda de ingenieros, especialistas en IA, robótica, semiconductores y automatización.
China enfrenta además una situación particular: tiene millones de graduados universitarios ingresando cada año al mercado laboral y, al mismo tiempo, una población que está envejeciendo rápidamente.
Ahí aparece una contradicción muy interesante. La misma automatización que puede desplazar trabajadores en el corto plazo puede convertirse en una respuesta a la reducción de la fuerza laboral en el largo plazo.
El problema central será distributivo: quién se apropia de las ganancias de productividad, cómo se recalifica a los trabajadores y qué nuevos sectores absorben el empleo desplazado.
La tecnología puede resolver problemas de productividad, pero no resuelve automáticamente los problemas sociales que genera. Ahí vuelve a aparecer la política.
–¿Qué son las fábricas oscuras?
Son las llamadas dark factories o lights-out factories: plantas industriales con niveles tan elevados de automatización que pueden funcionar durante largos períodos con una intervención humana directa mínima.
Se llaman “oscuras” porque, conceptualmente, los robots no necesitan iluminación para trabajar.
Eso no significa necesariamente que no haya seres humanos en todo el establecimiento. Continúan siendo necesarios ingenieros, programadores, técnicos de mantenimiento, supervisores y especialistas en control de calidad. Lo que prácticamente desaparece es la intervención humana directa en determinadas líneas de producción.
China está avanzando mucho en este terreno. Empresas como Xiaomi han desarrollado instalaciones altamente automatizadas y ahora se suma el desarrollo acelerado de robots humanoides capaces de realizar tareas industriales.
Este fenómeno es importante porque muestra algo más profundo: la inteligencia artificial está dejando de ser solamente software. Cuando se combina con robótica, sensores y sistemas autónomos, empieza a transformarse directamente en capacidad productiva física.
Por eso hablo de una nueva fuerza productiva. IA, robótica y manufactura avanzada empiezan a integrarse dentro de un mismo sistema.
El capital disciplinado por el Estado
--Se puso muy de moda la categoría de “tecnomagnates” a raíz de figuras como Elon Musk, Peter Thiel y otros y su vínculo con Donald Trump. ¿Cómo es el vínculo entre la cúpula política del partido comunista chino y las elites tecnológicas de China?
Es una diferencia muy interesante entre ambos modelos.
En Estados Unidos, un empresario tecnológico puede acumular simultáneamente enorme capital económico, control de plataformas, influencia mediática y capacidad de intervención política personal. Musk constituye probablemente el ejemplo más evidente.
En China existen empresarios extraordinariamente ricos y empresas tecnológicas gigantescas, pero el capital privado no constituye una fuente autónoma de poder político situada por encima del Partido-Estado.
La relación entre el PCCh y esas élites combina tres elementos: estímulo, coordinación y disciplina.
China necesita a Huawei, Alibaba, Tencent, BYD, Xiaomi, DeepSeek y sus empresas de robótica porque son fundamentales para competir tecnológicamente. El sector privado es una parte decisiva de la innovación y del empleo. Pero el Estado mantiene capacidad para establecer prioridades estratégicas y regular al capital.
La reunión que Xi Jinping mantuvo en 2025 con empresarios como Jack Ma, Ren Zhengfei y Wang Chuanfu fue muy simbólica: después de años de fuerte regulación de plataformas y fintech, el liderazgo volvió a subrayar la importancia estratégica de la empresa privada frente a la competencia tecnológica internacional.
La diferencia podría sintetizarse de esta manera: en Estados Unidos vemos tecnomagnates que buscan influir sobre el Estado; en China vemos un Estado que intenta incorporar a sus tecnomagnates dentro de una estrategia nacional.
Eso no significa ausencia de conflictos. Los hubo y muy importantes. Significa que la relación entre poder económico y poder político tiene una estructura diferente.
El problema de la baja natalidad en China
–¿Cómo piensa abordar China el problema del declive de la natalidad?
Es probablemente uno de los desafíos estructurales más importantes que enfrenta China durante las próximas décadas. La población viene disminuyendo, nacen menos niños y simultáneamente aumenta rápidamente la proporción de personas mayores.
La transformación histórica es enorme: China pasó de limitar los nacimientos mediante la política del hijo único a intentar incentivar activamente la natalidad.
El Gobierno está combinando distintas herramientas: subsidios para crianza, ampliación de servicios infantiles, reducción de costos educativos, políticas de vivienda, cobertura de gastos asociados al embarazo y al parto y medidas para facilitar la conciliación entre maternidad y trabajo.
Pero el problema es mucho más profundo que entregar un subsidio. Tiene que ver con urbanización, costo de la vivienda, educación, transformación del papel de las mujeres, incorporación femenina al mercado laboral, retraso del matrimonio y cambios culturales en las expectativas de las nuevas generaciones.
Por eso probablemente China tendrá que combinar política familiar, servicios públicos de cuidado, aumento de la edad efectiva de retiro, automatización y enormes incrementos de productividad.
Y acá se conectan dos preguntas aparentemente diferentes de esta entrevista: demografía e inteligencia artificial.
China sabe que en el futuro tendrá proporcionalmente menos trabajadores. Por eso necesita que cada trabajador disponga de mucho más capital, automatización y tecnología.
En cierto sentido, la robotización y la inteligencia artificial no son solamente una política tecnológica china: también son parte de su respuesta al envejecimiento demográfico.