La herida política, cuando una sociedad también tiene miedo a encontrarse
La polarización y la falta de diálogo revelan una sociedad que necesita recuperar la escucha, la empatía y el reconocimiento del otro.
Una sociedad padece una forma de almafobia cuando no logra revisar con honestidad y verdad su historia.
Archivo.Las crisis políticas no se explican solamente por buenos o malos dirigentes o por instituciones debilitadas y fragmentadas. También revela una sociedad herida que tiene miedo de encontrarse consigo misma y reconocer al otro en su dignidad.
Hay heridas políticas que no aparecen en las encuestas
Tampoco se resuelven con una elección. Permanecen debajo de los discursos, de las estadísticas y de las discusiones cotidianas. Son heridas acumuladas durante años de frustración, desigualdades, promesas incumplidas, violencia verbal y desconfianza entre personas. La política argentina parece vivir en una contradicción permanente, porque hablamos todo el tiempo de política, pero cada vez nos cuesta más conversar políticamente. Opinamos, acusamos, etiquetamos y reaccionamos. Sin embargo, nos escuchamos muy poco. La palabra pública se ha convertido con frecuencia en una herramienta para vencer al otro y no para comprender la realidad que nos rodea. El realismo político desaparece sin poder reconocer lo personal, ni lo colectivo.
A esta dificultad para reconocernos y detenernos y mirar hacia nuestro interior la he llamado “almafobia”. No se trata de una enfermedad ni de un diagnóstico clínico, sino de una metáfora para describir el temor contemporáneo a encontrarnos con aquello que somos, con nuestras contradicciones, vacíos y preguntas más profundas. Pero la almafobia no es solamente individual sino que tiene una expresión colectiva, social, cultural y política. Una sociedad padece una forma de almafobia cuando no logra revisar con honestidad y verdad su historia, cuando transforma todo desacuerdo en una batalla moral, cuando necesita construir enemigos para sostener su propia identidad y cuando el dolor del otro sólo importa si confirma su posición ideológica.
La polarización no es una disputa entre dirigentes
Es la manifestación visible de una herida más profunda, como es la incapacidad de reconocernos como parte de una comunidad compartida. Hemos aprendido a convivir con una lógica en la que el triunfo propio requiere la humillación ajena. Así, la política deja de ser el arte de construir un destino común y se convierte en una competencia por imponer interpretaciones irreconciliables. El problema no es la existencia de diferencias. La democracia necesita diversidad, tensión, pero también, entendimiento, debate y diálogo. El verdadero peligro aparece cuando dejamos de considerar al otro como un interlocutor legítimo. Cuando su pensamiento, su sufrimiento o su experiencia dejan de tener valor porque pertenece a “los otros” y no al “nosotros”. La herida política se profundiza cuando la pobreza se convierte en una cifra, la educación en una consigna, la inseguridad en un argumento electoral y el sufrimiento humano en material para las redes sociales. En ese punto, la persona concreta desaparece detrás de la categoría ideológica. La inteligencia artificial puede procesar datos, anticipar tendencias y mejorar la gestión pública, pero gestionar entre heridas, sin dudas, ningún algoritmo será capaz de reemplazar la capacidad humana de reconocer la dignidad del otro, de sentir compasión o de asumir responsabilidad por el bien común. Por eso, junto con la innovación tecnológica y la transformación institucional, necesitamos recuperar la inteligencia política de la prudencia, capaz de escuchar, discernir y construir acuerdos sin negar las diferencias. Sanar la herida política no significa olvidar el pasado, evitar los conflictos ni renunciar a las convicciones. Significa dejar de utilizar el dolor como combustible para la división y reconocer errores propios, comprender temores ajenos y aceptar que ninguna fuerza política posee por sí sola toda la verdad ni representa por completo a la sociedad.
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Tal vez, la reconstrucción democrática comience en un lugar menos visible que el Congreso, los partidos o las campañas electorales. Tal vez empiece cuando una sociedad se anime a mirarse sin disfraces, a reconocer sus heridas y reconciliarse, y sobre todo a preguntarse qué está dispuesta a ofrecer para volver a poner el respeto por la dignidad de la persona humana en el centro, quizás esa responsabilidad no sea sólo del gobierno de turno, sino que es una responsabilidad que habita en lo más profundo del alma humana de cada ciudadano.
* Adriana Sirito. Autora de “Almafobia: la inteligencia espiritual en tiempos de IA”.


