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Javier Milei en España: cuando el capitalismo se convierte en credo

El discurso que Javier Milei pronunció en el CEU reavivó el debate sobre el alcance del liberalismo, el rol del mercado y la relación entre economía, política y valores cristianos.

Javier Milei

La capacidad de oratoria del presidente Javier Milei es, hay que reconocerlo, magistral. Cada idea encaja con la siguiente con una precisión casi escolástica, cada argumento desemboca en una conclusión aparentemente inevitable, y el orador transmite la seguridad de quien ha encontrado la clave definitiva para interpretar y solucionar el mundo desde la "silla eléctrica".

La intervención de Javier Milei en el CEU, con motivo de la recepción de su Medalla de Honor, tuvo mucho de eso. Un discurso brillante desde el punto de vista retórico, ágil, cargado de referencias, pronunciado con una pasión que despierta admiración incluso entre quienes discrepan de sus tesis.

Precisamente por eso conviene prestar atención. La historia del pensamiento está llena de sistemas perfectamente coherentes que, por haber partido de un error sobre el hombre, terminaron construyendo castillos impecables sobre arena. Una antropología equivocada puede sostener un razonamiento impecable y conducirnos, paso a paso y con toda la lógica del mundo, a conclusiones profundamente falsas. El problema del discurso de Javier Milei no reside en la falta de rigor sino en la imagen del ser humano desde la que parte. Y cuando uno se equivoca sobre quién es el hombre, inevitablemente acaba equivocándose sobre la economía, sobre la política y, finalmente, sobre Dios, que es, curiosamente, de quien más habla.

Chesterton decía que las herejías modernas suelen consistir en virtudes cristianas que se han vuelto locas porque han sido separadas unas de otras. Algo exactamente así le ocurre al liberalismo o anarcocapitalismo de Javier Milei. Tiene razón cuando defiende la libertad, cuando denuncia el estado extremadamente restrictivo, cuando señala el colectivismo y cuando recuerda que la ley no basta para hacer justo un acto. Pero convierte esa verdad parcial en una verdad total. Y cuando la libertad deja de estar ordenada al bien, cuando la propiedad abandona el destino universal de los bienes y cuando el mercado deja de ser un medio para convertirse en un fin, la economía deja de servir al hombre y comienza a exigirle culto. Ya no estamos ante una ciencia económica sino que estamos ante una ideología o pseudoreligión. Con sus dogmas, sus sacerdotes, sus mártires y su escatología particular: el crecimiento indefinido del PIB como horizonte de salvación.

Hubo una frase que condensó buena parte de esa visión: "¿Desde cuando el pecado capital de la envidia se ha visto como una virtud? La Justicia social no es más que envidia con retórica". Aplausos. Como si acabara de demolerse de un plumazo uno de los pilares del pensamiento social de los últimos dos siglos. Sin embargo, la Iglesia jamás confundió la envidia con la justicia, en absoluto. La envidia sigue siendo un pecado capital, y nadie mínimamente formado en doctrina social podría sostener lo contrario. El problema consiste en identificar cualquier preocupación por el bien común con resentimiento disfrazado. Esa reducción no solo caricaturiza la Doctrina Social de la Iglesia: revela una comprensión extremadamente pobre de la persona humana. Porque la idea de la justicia social no nace del odio al rico, sino del amor al hombre y su dignidad. Distinción que, como economista, me parece no menor.

Resulta igualmente llamativo que quien invoca con tanta frecuencia los llamados "valores judeocristianos" apenas haga referencia al cristianismo más allá de las tablas de la Ley. Como si el Evangelio pudiera resumirse en un código jurídico, como si bastara con citar el Shemot y pudiéramos pasar por alto el Sermón de la Montaña, la multiplicación de los panes, el lavatorio de los pies o el inquietante capítulo veinticinco de Mateo, donde el criterio del juicio final resulta ser, curiosamente, lo que hiciste con el más pequeño. La expresión "valores judeocristianos" se ha convertido en una fórmula extraordinariamente útil: permite apropiarse del prestigio cultural del cristianismo sin aceptar la revolución antropológica que este introduce. Cabe recordar que el cristianismo no consiste en añadir los Diez Mandamientos a una teoría económica. Consiste en afirmar que toda persona posee una dignidad infinita porque ha sido creada a imagen de Dios y redimida por Cristo. Desde ahí nace toda la Doctrina Social y la idea de dignidad humana. Que no se olvide.

No es casualidad que esa Doctrina nazca precisamente cuando el mundo empezó a absolutizar la economía. En la Rerum Novarum, León XIII no condenó la propiedad privada ni la empresa: condenó la reducción del trabajador a una mercancía y recordó que el capital existe para servir al trabajo, no al contrario. Más de un siglo después, el papa León XIV ha vuelto a insistir en que la inteligencia, la economía y la técnica nunca pueden sustituir la centralidad de la persona. Cambian las herramientas; la tentación sigue siendo la misma: creer que aquello que es útil termina siendo también aquello que es bueno.

Castellani advertía que el demonio moderno ya no necesita negar a Dios: le basta con convencer al hombre de que la salvación puede venir de otra parte: a veces del progreso, a veces de la revolución, hoy del crecimiento del PIB. Y Hadjadj precisa el mecanismo: el demonio nunca destruye los bienes creados; simplemente los exagera hasta convertirlos en absolutos. El mercado puede generar riqueza; nadie lo discute. La cuestión es si puede responder a las preguntas fundamentales del hombre y si el crecimiento medido según el PIB debe ser el indicativo del bien de una sociedad a toda costa. El mercado sabe calcular precios, pero no dignidades. Sabe medir beneficios, pero no sacrificios. Sabe premiar la eficiencia, pero ignora la gratuidad. Una madre que deja su trabajo para cuidar de un hijo enfermo reduce el PIB y, sin embargo, sostiene el mundo mucho más que muchas operaciones financieras. El anciano que ya no produce tiene exactamente la misma dignidad que el empresario más exitoso. El niño con discapacidad profunda vale infinitamente más que cualquier índice bursátil. Esto resulta evidente para quien contempla la realidad con ojos cristianos. Deja de serlo cuando el capital ocupa el lugar que corresponde a la persona.

Por eso sorprende escuchar que el liberalismo de la escuela austríaca sería el sistema político que mejor expresa el derecho natural. El derecho natural no nace del individuo soberano ni de la autonomía absoluta, sino de una naturaleza humana compartida que nos constituye antes de cualquier decisión personal. Somos dependientes desde el primer segundo de nuestra existencia: ninguno eligió nacer, ninguno aprendió a hablar solo, ninguno sobrevivió sin ser cuidado. Nuestra primera experiencia del mundo no es la libertad sino la gratuidad: antes de producir ya éramos amados, antes de competir ya habíamos sido sostenidos. Esa dependencia originaria no desaparece. Vuelve en la enfermedad, en la ancianidad, en la discapacidad y, finalmente, en la muerte. Una antropología que solo sabe hablar de individuos libres intercambiando bienes termina sin saber qué hacer con quienes no producen, precisamente aquellos cuya existencia pone de manifiesto que el valor de una persona nunca depende de su utilidad económica.

Enrique Shaw, empresario de éxito argentino, primer presidente de ACDE y candidato a los altares, nunca entendió la empresa como una máquina de producir beneficios sino como una comunidad de personas. Sabía que el beneficio era necesario, pero también que nunca podía convertirse en el criterio último. Una empresa podía ganar mucho dinero y fracasar en aquello para lo que existía: hacer crecer a las personas que la componían. Si el argentino Javier Milei representa al empresario como héroe porque crea riqueza, el argentino Shaw lo representa como servidor porque crea personas. La diferencia parece pequeña pero es abismal.

Curiosamente, el otro Shaw, Bernard, el británico, advertía que "la economía no puede ser el criterio último de una civilización". Dos hombres muy distintos llegaban aquí a una intuición semejante. Cuando el balance de resultados sustituye al juicio moral, la economía deja de servir al hombre y el hombre empieza a servir a la economía.

Quizá el momento más desconcertante del discurso del economista argentino fue aquel en que parecía identificar el capitalismo con el camino de regreso al Paraíso. El Paraíso nunca fue una conquista humana ni el hombre perdió el Edén por falta de productividad ni lo recuperará mediante mejores incentivos económicos. Lo perdió cuando creyó que podía alcanzar por sus propias fuerzas aquello que solo podía recibir como don. El pecado original consistió en querer ser como Dios sin Dios. Por eso resulta paradójico que un discurso que denuncia con tanta energía los ídolos contemporáneos termine levantando otro. El becerro de oro ya no necesita fundirse en un horno: hoy puede presentarse con estadísticas de crecimiento, curvas de productividad y gráficos bursátiles. Sigue siendo un ídolo porque promete una salvación inmanente. Cambian las formas; permanece la tentación de siempre.

Muchos cristianos han terminado creyendo que basta añadir un crucifijo a una teoría económica para convertirla en doctrina social de la Iglesia. Como si bastara colocar una cruz encima del mercado para convertirlo en Reino de Dios. Pero Cristo nunca murió para salvar el mercado. Murió para salvar al hombre. La Iglesia no necesita demonizar el capitalismo, como tampoco necesita canonizarlo. Sabe demasiado bien que el pecado puede instalarse tanto en el Estado como en el mercado. Por eso lleva dos mil años recordando una verdad que sigue resultando incómoda para todos los sistemas: que la persona vale infinitamente más que aquello que produce.

Tal vez por eso la Doctrina Social de la Iglesia sigue molestando tanto. Porque es demasiado capitalista para los socialistas y demasiado cristiana para los liberales.

Al fin y al cabo cuando olvidamos esa jerarquía comenzamos a adorar aquello que solo debía servirnos. Y así, casi sin darnos cuenta, volvemos a postrarnos delante del becerro de oro, solo que esta vez lleva traje, zapatillas, habla de libertad, promete prosperidad y cotiza cada mañana en los mercados financieros.

* Carla Restoy es española. Licenciada en economía por la universidad Abat Oliba CEU magíster en Teología del Cuerpo y estudios de género. Se desempeña como CEO de un ecommerce online de regalos y es conferencista internacional. Está en redes sociales como @carlarestoy