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El discurso completo de Javier Milei en la Asamblea General de la ONU

El presidente realizó durísimas críticas al organismo, en especial sobre su falta de contralor en el reclamo de la Argentina sobre las Islas Malvinas.

Javier Milei protagonizó un fuerte discurso en la ONU

Javier Milei protagonizó un fuerte discurso en la ONU

EFE

El presidente Javier Milei habló durante casi 20 minutos en su exposición en la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), donde apuntó duramente contra el organismo, en especial por su falta de contralor en el reclamo de la Argentina sobre las Islas Malvinas.

Para el mandatario, la ONU es "inútil" y expresó que "solo sirve para alimentar a una casta de parásitos, disfrazados de burócratas bien intencionados".

El discurso completo de Javier Milei

Señor presidente, jefes de Estado, representantes de los pueblos del mundo: hoy me dirijo ante ustedes por tercera vez como presidente de todos los argentinos. Cuando asumimos el gobierno de un país en ruinas, al borde de la peor crisis de su historia, tuvimos algo claro desde el principio: nuestros problemas debían enfrentarse con absoluta sinceridad. Mentirnos a nosotros mismos para sentirnos mejor no nos iba a llevar a ninguna parte. Siempre es preferible decir una verdad incómoda por sobre una mentira confortable.

Por eso, créanme que sé de lo que hablo cuando señalo con ánimo constructivo los problemas que tiene esta organización, que pretende orientar y arbitrar entre los Estados.

En este sentido, hoy quiero hablarles de tres cuestiones. Primero, aquello que este organismo debió hacer y no hizo. Segundo, aquello que no debió hacer e hizo de todas formas. Y tercero, su posición ante el advenimiento de la inteligencia artificial.

Hace 78 años esta casa declaró que todos los seres humanos nacen libres e iguales, en dignidad y derechos. Palabras nobles cuyo espíritu comparto plenamente. Y para este fin se comprometió a hacer respetar el derecho internacional, a defender la soberanía de las naciones y a ofrecer un foro donde los conflictos se resolvieran por la cooperación en vez de resolverse instantáneamente por las armas. Ese era el propósito original, el contrato que todos firmamos. Pero hoy, lamentablemente, es momento de reconocer que ese pacto sagrado en los hechos se rompió.

Esto es: se convirtió en una organización inútil que sólo sirve para alimentar una casta de parásitos, fatalmente arrogantes, disfrazados de burócratas bien intencionados. A lo que les recuerdo lo que decía Mises: “las buenas personas no piensan en controlar la vida de sus semejantes”. Quienes deberían garantizar la seguridad colectiva y los derechos humanos fracasaron en la tarea y en su lugar permitieron el caos, la violencia y el terrorismo internacional.

Los supuestos defensores de los Derechos Humanos apañaron a dictaduras sanguinarias y regímenes que lapidan mujeres en la calle. Votaron sistemáticamente en contra de Israel, mientras hacían silencio frente al terrorismo islámico y ante genocidios de cristianos en el África.

Y como si fuera poco, una organización que se propuso defender la soberanía territorial de sus miembros decidió mirar para el otro lado respecto a la situación de las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y los espacios marítimos circundantes.

Malvinas es para nosotros una causa nacional. Repito: Malvinas es para nosotros una causa nacional. Y es también una prueba de la distancia que puede existir entre las palabras de las instituciones internacionales y la realidad sobre la que pretenden actuar. Hace 50 años, esta misma asamblea aprobó la resolución 3149, que insta a las partes a abstenerse de introducir modificaciones unilaterales mientras la disputa permaneciera abierta. 50 años después, la situación no ha cambiado, pero las modificaciones unilaterales continúan. Hoy, el proyecto Sea Lion avanza hacia la extracción de petróleo en la plataforma continental argentina, correspondiente a la Cuenca Malvina Norte, mediante licencias británicas que la Argentina rechaza por ilegales e ilegítimas.

Toda actuación en este sentido no autorizada por la República Argentina, constituye un acto ilícito, tanto a la luz del derecho internacional, incluida la Convención de las Naciones Unidas sobre el derecho del mar como del derecho interno argentino. Por eso, quiero plantear una pregunta: ¿de qué sirve una resolución si durante décadas la contraparte puede actuar en sentido contrario y esa resolución queda intacta en los archivos, pero impotente frente a la realidad?

No faltan palabras ni resoluciones, lo que falta es que tengan consecuencias porque una institución que no logra que su palabra pese sobre los hechos, pierde lo más importante: pierde su autoridad. Bajo esta realidad, quienes siguen las reglas no tienen recompensa alguna por hacerlo, mientras que los que incumplen no reciben la menor represalia. Por eso, Malvinas no es solamente una cuestión entre la Argentina y el Reino Unido. También plantea una pregunta acerca de la capacidad de esta organización para hacer valer sus propias resoluciones. La Argentina tomó nota de esa realidad, y frente a la explotación no autorizada de nuestros recursos en el área en disputa, actuamos, presentamos notas de desaliento, acudimos a las herramientas jurídicas disponibles, sancionamos a las empresas involucradas y a sus proveedores y enviamos al Congreso una Ley de Defensa de la Soberanía Nacional.

Durante demasiado tiempo, los gobiernos argentinos optaron por una defensa discursiva. Nosotros elegimos una defensa pacífica, práctica y efectiva. Repito: nosotros elegimos una defensa pacífica, práctica y efectiva. Quiero reiterar también la situación de la población de las islas. Como estas mismas asamblea ha determinado en numerosas resoluciones, el principio de libre determinación

no aplica en este caso ya que se trata de una población implantada por la potencia ocupante sobre un territorio cuya soberanía se encuentra en disputa.

Ese principio existe para liberar a los pueblos colonizados, no para consagrar situaciones derivadas de la colonización. Si el Reino Unido sostiene una interpretación selectiva al principio de libre determinación respecto de las Islas Malvinas, deberá explicar también cómo concilia ese criterio con los debates sobre autodeterminación existentes dentro de su propio territorio.

Al Reino Unido le reiteramos, una vez más, nuestro llamado a reanudar las negociaciones para encontrar una solución pacífica a la disputa de soberanía, como lo requiere el derecho internacional, y también nuestra invitación a proceder sin demora a intercambiar opiniones con miras a resolver la cuestión relativa a la controversia referida sobre explotación de nuestros recursos naturales.

Y al sector energético mundial quiero decirle algo más: Vaca Muerta es una oportunidad histórica, con potencial para ser una de las grandes protagonistas energéticas de las próximas décadas. Vengan. Inviertan. Desarróllenla. Háganlo con nosotros. Pero esta invitación tiene un límite. No seremos indiferentes frente a quienes exploten recursos bajo ocupación externa ilegal.

La posición argentina está tomada. Hoy vengo a decirles que la Argentina no se va a sentar a esperar a que la ONU y la comunidad internacional estén a la altura de su propio mandato; va a tomar cartas en el asunto.

Durante demasiado tiempo la Argentina administró su decadencia, administramos la pobreza, administramos el aislamiento, administramos la irrelevancia. Nos acostumbramos a discutir cómo repartir lo que quedaba, en lugar de preguntarnos cómo volver a crecer, cómo reconstruir aquello que habíamos perdido. Eso terminó. Ya perdimos demasiado. No queremos volver a perder por eso abrazamos el capitalismo de libre empresa. Estamos abriendo nuestra economía al comercio y a la inversión. Avanzamos en el desarrollo de nuestros recursos estratégicos. Abrazamos la revolución tecnológica y estamos reconstruyendo nuestro instrumento militar después de décadas de abandono.

También hicimos una elección geopolítica: nos alineamos sin ambigüedades con Occidente. Lo hicimos con los Estados Unidos y con Israel, países con los que compartimos una profunda afinidad de valores y una complementariedad estratégica.

Por eso, repudiamos los ataques del régimen iraní al Estado de Israel. Declaramos organización terrorista la Guardia Revolucionaria Iraní, así como seguimos buscando justicia por los dos atentados que sufrimos en nuestro suelo argentino en 1992 y 1994. Hemos decidido cooperar con el mundo, pero hacerlo de pie, entendiendo que solo una nación políticamente relevante, económicamente influyente y militarmente respetable puede ser verdaderamente dueña de su destino.

Señor presidente, así como les mostré cómo la ONU fracasó en cumplir con lo que debía hacer, ahora quiero contarles cómo sobresalió haciendo lo que nadie le pidió y que nunca debió hacer, porque en paralelo a este fracaso han montado un leviatán burocrático, abocado a decidir cómo deben vivir los pueblos del mundo y sus ciudadanos.

Esto constituye una mezcla curiosa de anarquía y tiranía, impotencia entre quienes rompen las reglas más básicas como dictaduras sangrientas y organizaciones terroristas, y un control e imposición a orwellianas ante las democracias liberales que sí cumplen las normas. Lo vimos con la agenda del Nuevo Milenio. Lo vimos con la Agenda 2030, con la regulación económica, las agendas de género, el extremismo y ambiental, y la inmigración descontrolada.

Y cada vez que fracasaron, en lugar de revisar el modelo o pedir disculpas, redoblaron la apuesta, como ya están haciendo ahora con la Agenda 2045, la cual, adelanto que va a fracasar.

Pero el ejemplo más grave, el que debería avergonzar a esta organización para siempre, es otro, es el manejo de la pandemia. Durante la pandemia, organismos que dependen de esta casa se antepusieron a la evidencia científica y a la soberanía de las naciones y promovieron en todo el mundo políticas de encierro forzado que destruyeron empleos, arruinaron la educación de una generación entera de niños y le costaron la vida a millones de personas que murieron solas, sin atención médica básica.

Donde algunos aducen un error de política sanitaria, nosotros vemos un experimento global de control social disfrazado de ciencia. Y cuando un estado con anteojeras sanitaria le quita su población el derecho a trabajar, a educarse, a despedir a sus muertos y eso se traduce millones de muertes evitables hay una palabra para nombrarlo: genocidio.

Eso sucedió en muchos países, entre ellos la Argentina, que se jactaba de ser el alumno predilecto de la Organización Mundial de la Salud, y motivo por el cual decidimos abandonarla. A eso se le suma algo más sutil, pero igual de dañino: el terror psicológico instalado desde el Estado. Durante años a los ciudadanos del mundo se les dijo que tenían que tener miedo, miedo al vecino, al aire que respiraban, a salir de sus casas. Ese miedo no fue un efecto secundario, fue la herramienta de gobierno elegida. El problema es que ello luego…, las emergencias pasan, el miedo pasa, las generaciones pasan, y las instituciones y los poderes creados a cuenta de esas supuestas emergencias permanecen.

Y si por algún momento nos ilusionamos con que la lección estuviera aprendida tras tantos fracasos, la llegada de la Inteligencia artificial nos demuestra lo contrario. La imprenta, la máquina a vapor, la electricidad, Internet, cada gran revolución tecnológica estuvo acompañada por temores acerca de aquello que destruía, en especial, el empleo. Sin dudas una de la forma más efectivas para sembrar el terror en los seres humanos, dado el rol que tiene el trabajo como mecanismo de sustentación.

A modo de ejemplo, tomemos la Revolución Industrial. Al momento de su llegada, en el mundo habitaban unos 800 millones de seres humanos. A su vez si en línea con los luditas y pesimistas de siempre, como esta casa, en el mejor de los casos el empleo se hubiera mantenido constante dado que hoy la población se ha multiplicado por más de 10 veces, entonces según estas hipótesis disparatadas la tasa de desempleo en el mundo sería de un 90%.

Una ridiculez, algo que parece que poco se pusieron a meditar, salvo aquellos que tenemos la pasión de leer a Jorge Luis Borges y amamos su visión de convalidar una idea llevándola a su límite. En definitiva, estas mejoras tecnológicas no sólo no han derivado en ninguna de las catástrofes con las que nos han intentado sembrar el terror, sino que, además, cada una de ellas terminó ampliando también aquello que el ser humano era capaz de hacer.

Ahora el hombre ha construido máquinas capaces de realizar tareas que hasta hace muy poco parecían reservadas a su propia inteligencia.

Y allí, donde muchos ven una amenaza, nosotros vemos una frontera. La Inteligencia artificial o superinteligencia, como dice el presidente Donald Trump, puede multiplicar nuestra productividad en órdenes de magnitud, que todavía no comprendemos. Trayendo a Adam Smith: la inteligencia artificial será la fábrica de alfileres del siglo XXI, y mucho más. Puede transformar nuestras economías, nuestra medicina, nuestra educación e incluso nuestra forma de gobernar. ¿Eso exige prudencia? Sí. Pero prudencia no significa miedo, y es más, el miedo bajo ningún punto de vista debería convertirse automáticamente en obediencia.

De hecho, los escenarios distópicos a los que se suele aludir para infundir el miedo y propiciar el control del Estado, carecen de sentido desde el punto de vista económico. La respuesta está en Adam Smith: la inteligencia artificial, tal como la división del trabajo en el caso de la fábrica de alfileres, es un acelerador para el crecimiento de la productividad. Sin embargo, Smith señaló que la división del trabajo está limitada por el tamaño del mercado. Por ende, el crecimiento será extendido con su contrapartida de demanda genuina, sin necesidad de déficits fiscales ni emisión espuria de dinero.

Pero no solo eso sino que además esos proyectos tienen que ser financiados y eso se hace con los recursos de los seres humanos. Esto es las dotaciones iniciales y el nivel de riqueza que es la contraparte del tamaño del mercado. Es más: producir más tiene por objeto mayor nivel de consumo. Sin embargo la satisfacción que él mismo genera crece decrecientemente mientras que la pérdida de satisfacción de entregar ocio por una mayor producción crece desproporcionadamente.

Por ende, aquel punto donde lo que se gana por una mayor cantidad de consumo se equipara con la pérdida de ocio, lleva al sistema a una posición de equilibrio, sin lugar para el terror distópico. Por eso, cuando escuchamos que el Estado debe controlar la inteligencia artificial, conviene recordar algo elemental: el Estado no es una criatura abstracta, sino hombres, funcionarios y burócratas, y concederle el control sobre la innovación es conceder a algunos, en el mejor y más ingenuo de los casos, la facultad de limitar lo que los demás pueden crear.

La historia nos ofrece razones para examinar cuidadosamente semejante poder. Durante siglos, el miedo al mañana fue argumento para restringir libertades en el presente, con la misma promesa: entréguennos una parte de su libertad y los protegeremos de esta nueva amenaza. Nosotros aplicaremos un principio diferente: ante la incertidumbre, proponemos determinación; ante el miedo, coraje; ante la decadencia, ambición y ante la resignación, proponemos optimismo.

Por eso les digo: ante la Inteligencia artificial, la Argentina se ubicará en la vanguardia de la libertad. Tenemos los minerales críticos, la energía ,el talento y la capacidad para competir en cada eslabón de esa cadena de valor y queremos ser el lugar más competitivo al mundo para desarrollarla, con un marco jurídico de vanguardia, el compromiso de no regular de manera preventiva, el compromiso de no regular de manera preventiva, responsabilidad limitada para las empresas que operen con agentes de IA y beneficios fiscales.

Porque la inteligencia artificial no es un asunto geopolíticamente neutral. Es necesario que sea Occidente quien lidere el desarrollo de la tecnología para asegurarnos que sea acorde a nuestros valores fundamentales libertarios, como son el respeto a la vida, la libertad y la propiedad privada, y la noción de dignidad humana. En eso compartimos plenamente la visión del presidente Trump.

Señor presidente, vivimos uno de esos extraños momentos de la historia en los que un mundo comienza a desaparecer antes que el siguiente haya terminado de nacer. Son momentos peligrosos, pero también son momentos extraordinarios porque durante los largos periodos de estabilidad, las Naciones administran el mundo que heredaron, en los periodos de transformación, algunos tienen la oportunidad de construir el mundo que vendrá. La Argentina quiere ser una de ellas.

Seguiremos formando parte de los foros multilaterales, de buena fe, porque hay problemas que requieren trabajo conjunto. Pero no confundimos cooperación con subordinación. Creemos en las alianzas y, antes que nada, en las naciones. La Argentina habla de esto con la experiencia de quien conoce sus propios errores, conocemos el costo del aislamiento, conocemos el costo de destruir una moneda, conocemos el costo de convertir al Estado en un obstáculo permanente para la iniciativa humana.

Durante un siglo ensayamos casi todas las formas de impedir nuestra propia grandeza y sobrevivimos no intactos pero sobrevivimos. Y quizás por eso hoy comprendemos algo que otras naciones pueden olvidar: la decadencia no es un destino sino el resultado de decisiones repetidas y si ese rumbo puede elegirse también puede cambiarse. Eso intenta hacer la Argentina.

Tenemos la energía que el mundo necesitará. Tenemos alimentos, tenemos minerales críticos, tenemos talento humano, tenemos el Atlántico Sur y somos una puerta natural hacia la Antártida. Y tenemos algo que durante demasiado tiempo nos faltó: la voluntad de transformar nuestras posibilidades en poder nacional. Queremos una Argentina próspera, influyente y poderosa. No para someter a otras, sino para ser libres. No para conquistar a otros, sino para que nuestro destino sea decidido por los argentinos.

Por eso, a los hombres y mujeres libres del mundo, a los científicos, a los emprendedores, a los creadores, a quienes soñaron con una tierra donde comenzar de nuevo, les digo miren al sur. Van a encontrar una tierra inmensa de campos fértiles, de petróleo, de minerales y de talento humano. Una tierra que recibió a millones que cruzaron océanos con la esperanza de que sus hijos vivieran mejor que ellos y construyeron una de las naciones más prósperas de la tierra. Tenemos la responsabilidad de estar a la altura de esto. No sabemos cómo será exactamente el mundo que están naciendo pero sí sabemos que clase de nación queremos ser cuando llegue.

Una nación libre. Una nación próspera. Una nación soberana. Una nación capaz de defender los suyos y abierta al mundo. Una nación que no teme volver a pronunciar la palabra que durante demasiado tiempo pareció prohibida: grandeza. Ninguna nación tiene garantizado un lugar en la historia, se construye generación tras generación, con trabajo, con libertad y con la voluntad de un pueblo que se niega a aceptar que sus mejores días quedaron atrás.

Nosotros creemos que la Argentina aún tiene una historia grande por delante. Y hemos decidido ir a buscarla. Que Dios bendiga a todos los pueblos del mundo. Que Dios bendiga la República Argentina. Que las fuerzas del cielo nos acompañen y ¡viva la libertad, carajo!