De eso ahora se habla: el don de instalar agenda pero no resolver problemas
El Gobierno de Javier Milei instala temas y, de esos asuntos, la sociedad habla. El problema es que no se puede gobernar sólo de instalar polémicas.
El triángulo de hierro que instala los temas de los que se habla pero que muchas veces no resuelve problemas.
XMientras la inflación ahora es sin prisa pero sin pausa, pero los salarios siguen corriendo detrás de los precios y la economía real no termina de despegar, el Gobierno nacional parece haber encontrado otra forma de ejercer el poder: instalar polémicas, asuntos de los que la sociedad habla y antes ni conocía. Que en términos comunicacionales o de teoría política sería establecer agenda pública aunque con costos.
No importa demasiado si los proyectos prosperan o si terminan frenados por el Congreso, la Justicia o la resistencia social. El objetivo parece ser otro: que durante días, o semanas, la Argentina discuta exactamente aquello que el oficialismo decidió poner sobre la mesa.
Y lo consigue.
La agenda reciente
La discusión sobre la extranjerización de las tierras es el ejemplo más reciente. Bastó con poner en la mira la Ley de Tierras para que periodistas, especialistas, organizaciones y ciudadanos comenzaran a preguntarse cuántas hectáreas están hoy en manos extranjeras, quiénes son sus propietarios y si el país tiene realmente una política para proteger un recurso estratégico. Hasta hace unas semanas era un tema reservado para académicos.
Durante las últimas semanas ocupó titulares de los diarios y las redes sociales. Se pudo ver a la actriz Malena Pichot pidiendo- en tono de humor- "que hagas como los yanquis y salgas a defender tu tierra".
Los otros asuntos de discusión pública
Lo mismo ocurrió con las universidades públicas. El cuestionamiento permanente a su financiamiento no terminó debilitando el respaldo social. Ocurrió exactamente lo contrario. Millones de personas salieron a defenderlas y volvieron a poner en valor el sistema universitario argentino. El intento de instalar la idea de que eran parte del problema terminó convirtiéndolas en símbolo de consenso.
La discapacidad también dejó de ser un asunto invisible. Las auditorías, los recortes y las modificaciones en las prestaciones sacaron a la luz una realidad que el Estado había ignorado durante años. Familias enteras tuvieron que explicar cómo viven, qué necesitan y por qué las políticas públicas no pueden medirse únicamente con una planilla de Excel.
Antes había ocurrido con las políticas de género y diversidad sexual. El oficialismo eligió convertir esos derechos en un nuevo campo de batalla cultural. El resultado fue que volvieron a discutirse conquistas que muchos creían definitivamente incorporadas a la democracia.
La estrategia es evidente. Abrir un frente nuevo antes de que se cierre el anterior. Generar un debate permanente. Obligar a la oposición, a los medios y a la sociedad a correr detrás de la agenda oficial.
Lo llamativo es que, una y otra vez, esa estrategia produce un efecto inesperado.
Porque cuando el Gobierno pone en discusión un derecho, una institución o una política pública, también obliga a que miles de personas salgan a explicar por qué existe, cuál fue su historia y qué consecuencias tendría modificarla.
Paradójicamente, termina fortaleciendo aquello que pretendía cuestionar.
Las universidades reciben un respaldo histórico. La discapacidad deja de ser invisible. La extranjerización de las tierras pasa a ocupar un lugar central en la discusión política y por ahora la ley de Tierras no se toca como quería Javier Milei. Los organismos científicos encuentran una defensa que hacía años no tenían. Temas que permanecían dormidos vuelven a cobrar vida.
La agenda pública versus la resolución de problemas reales
Gobernar no debería consistir únicamente en producir controversias. La política exige resolver problemas concretos. Pero mientras la discusión pública gira una y otra vez alrededor de conflictos deliberadamente provocados, hay preguntas que siguen esperando respuestas: cómo generar empleo de calidad, cómo mejorar la educación, cómo recuperar el poder adquisitivo, cómo reducir la pobreza o cómo volver a hacer que los jóvenes imaginen un futuro en el país.
Quizás allí radique la mayor contradicción del modelo libertario. Tiene una enorme capacidad para instalar temas, pero no siempre para conducir el debate hacia el resultado que esperaba.
Porque una vez que una discusión llega a la sociedad, deja de pertenecerle al Gobierno.
Y entonces sucede lo inesperado.

