24 de marzo en Mendoza: la memoria debe seguir cobrando sentido
El golpe de estado de 1976 estuvo precedido en Mendoza por muchos sucesos violentos y de ruptura institucional. Qué pasó en la provincia y la importancia de la memoria.
El golpe lo encabezó la Junta Militar, integrada por Emilio Massera (izquierda), Rafael Videla (centro) y Orlando Agosti (derecha).
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Cada 24 de marzo muchos nos sumamos a la conmemoración del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, una fecha que nos interroga como país y nos invita a recordar uno de los períodos más dolorosos de la historia argentina reafirmando el compromiso con la democracia.
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Es el 10 de diciembre, no el 24 de marzo
Dicha jornada no es solo un recuerdo del pasado, sino una construcción activa para la memoria colectiva desde el presente pensando en mañana. En las escuelas; en la mesa de un bar; en el hogar; en una plaza; en una marcha convocada por organismos ciudadanos; en una sesión de debate en una biblioteca; en el parlamento o en un concejo deliberante; en una asamblea universitaria; en un acto; en un ateneo de eruditos o en un comité partidario vecinal, ese día (24 de marzo) también debería adquirir un sentido pedagógico: promover el análisis crítico de la historia reciente, fomentando en las nuevas generaciones valores como la democracia, la libertad y el respeto por los derechos humanos.
Recordar es un acto político (en el amplio y profundo sentido de la palabra), social y presente. No se trata solo de mirar hacia atrás, sino de sostener una memoria crítica que interpele la actualidad y construya un futuro más justo. Porque la memoria vive en cada voz que recuerda y en cada comunidad que no olvida.
Por eso decimos “nunca más”. “Nunca más”, no solo como una frase simbólica, sino como compromiso cívico y colectivo de no olvidar, en pos de sostener una democracia donde la memoria alcance a todos los sectores, la verdad nos guíe y la justicia nos sostenga.
Recuerdos que incomodan
Recordar incomoda, pero olvidar duele más. No se trata de una memoria prosaica, repetitiva o vacía. Se trata de una memoria que se vuelve conciencia; que deja huella en lo que hacemos, en cómo educamos, en cómo miramos al otro, en cómo nos proyectamos al futuro.
Una memoria limpia, sin consignas dichas por costumbre, sino sentida, pensada y transmitida con verdad. Porque recordar no es solo retrotraernos al pasado, es procurar que ese ayer, además, se transforme en un aprendizaje. Ahí es donde la memoria cobra sentido. Ahí es donde el “Nunca Más” se vuelve real.
La previa mendocina: penosa crisis y ruptura institucional
El clima en el país se había ensombrecido tras la muerte del presidente Juan Perón (1 de julio de 1974), aflorando virulentamente una fuerte disputa entre distintos sectores del oficialismo gobernante. La furia venía de antes: la masacre de Ezeiza (20 de junio de 1973) ante el regreso de Perón al país después de 18 años de exilio y el asesinato de Rucci (25 de setiembre de 1973), a solo dos días del triunfo de Perón – Perón vislumbraban en tiempo sombrío.
La provincia de Mendoza no escapaba a la deshilachada coyuntura nacional que terminó derivando en un juicio político en 1974 al gobernador mendocino (Alberto Martínez Baca) y sucesivas intervenciones federales a la provincia, agudizado todo el momento ante la errática política económica argentina.
Recordemos que la nominación de Alberto Martínez Baca como gobernador había sido sugerida y promovida por los sectores de izquierda del peronismo y por el propio Héctor J. Cámpora, quien llegará a la presidencia nacional con el Frente Justicialista de Liberación, para luego convocar a elecciones, dejándole el gobierno al general Perón tras el rotundo triunfo de la fórmula Juan Perón – María Estela Martínez de Perón.
En paralelo, para sofocar el crecimiento de la agitación social y combatir los focos subversivos que empezaban a manifestarse violentamente, se redactaron cinco decretos por parte del ejecutivo nacional. Entre los más referenciales, uno estuvo limitado a la provincia de Tucumán, y fue el que determinaba el comienzo del “Operativo Independencia” (firmado por Isabelita). Otro con alcance nacional, estableció expresamente la orden de “aniquilar el accionar de los elementos subversivos” (firmado por Ítalo Argentino Luder, presidente provisional del senado – 6 de octubre de 1975; a la postre el candidato presidencial del justicialismo en 1983).
A lo que deberíamos agregar: la firma del llamado “Plan Cóndor” (25 de noviembre de 1975), acuerdo empujado por Estados Unidos y firmado por los países del Cono Sur (Argentina, Chile, Brasil, Paraguay y Uruguay), en Santiago de Chile, con el propósito de agudizar “los contactos bilaterales o multilaterales a voluntad de los respectivos países aquí participantes para el intercambio de información subversiva, abriendo propios o nuevos carteles de antecedentes de los respectivos servicios”. Y para más antecedentes adversos que aceleraron el escenario golpista, sumamos, que la endeble estabilidad democrática tambaleó el 18 de diciembre de 1975 cuando un sector ultranacionalista de la Fuerza Aérea se sublevó y llevó a cabo un fallido intento de golpe de Estado. Evidentemente el destino de la viuda de Perón estaba sellado desde un par de meses antes, respirándose una clara atmósfera destituyente.
El terrible "comando moralizador Pío XII
En tanto en Mendoza, a lo ya mencionado (juicio político e intervenciones federales), la renuncia de ministros y funcionarios provinciales tomaba ribetes trágicos; por ejemplo: Francisco Reig (Ministro de Educación), dejará el gobierno tras presentar un proyecto de Ley de Educación. Pero también se registraron las dimisiones de Eduardo Zannoni y de Juan Carlos Cerruti, entre otros. Así, la misma convulsión e "internas" partidarias se trasladó a los departamentos provinciales y a todas las áreas de gestión, mientras las acusaciones cruzadas en público y antes los medios de comunicación entre funcionarios eran frecuentes.
La interna peronista se radicalizó. A la toma de emisoras radiales y reparticiones públicas, se sumarán las intervenciones a claustros universitarios y ataques a teatros (el de Luis Polítti, entre algunos), bares céntricos y librerías. Atentados con bombas (al mismo Martínez Baca y en la casa del distinguido filósofo Enrique Dussel y de Eduardo Molina, diputado peronista), persecuciones y cesantías con detenciones a opositores (Marianetti, Bustelo, De la Vega, entre otros) y el asesinato de Susana Bermejillo a cuatro días del golpe militar por parte de “la derecha”.
Mientras “la izquierda peronista” respondía con bombas a las concesionarias de automóviles (Luján Williams, Primo Meschini y John A. Walker) y secuestros de empresarios (Carlos Pulenta y Pacífico Titarelli) e hijos de empresarios (Gargantini y Luján Willians) por “Montoneros”, comenzando los primeros choques armados entre los dos sectores (derecha e izquierda peronista) en distintos lugares de la provincia.
Así nacerá además el parapolicial “Comando Moralizador Pio XII”, creado por Julio César Santuccione, para luego convertirse en el “Comando Anticomunista Mendoza” y su cruzada contra lo que despectivamente llamaban "el síndrome de los zurdos".
En el medio de estas circunstancias arribaremos a marzo de 1976, anticipo del triste devenir de los lamentables y trágicos sucesos inmediatos.
El golpe y la faja paralela a Los Andes
Aquellos militares dividieron el país en cuatro zonas estratégicas para acabar con la subversión. Una zona para cada comando de ejército, ejecutando un poder paralelo a los de factos ejecutivos provinciales.
Al general Luciano Benjamín Menéndez, comandante en jefe del Tercer Cuerpo del Ejército le tocó la "faja paralela a Los Andes” que incluía la provincia de Mendoza.
En el caso de Mendoza, los tres primeros gobernadores del “proceso de reorganización nacional” estuvieron vinculados a la Fuerza Aérea. Después del breve interinato de un mes del coronel Tamer Yapur Maslup de la VIII Brigada de Montaña, asumió la dirección provincial, el gobernador Sixto Fernández hasta 1980, luego reemplazado por el brigadier Rolando Ghisani. Los últimos dos gobernadores de facto, cuando el Proceso desfallecía hasta el advenimiento democrático en diciembre del '83 fueron civiles: los demócratas Bonifacio Cejuela y Eliseo Vidart Villanueva.
Crónica de una muerte anunciada
La tarea de la represión en Mendoza la ejecutó el comandante Jorge Maradona. Lo apoyaron el ya mencionado, jefe de la Policía, vicecomodoro Julio César Santuccione (que venía de la época del interventor peronista Antonio Cafiero) y el comisario Pedro D. Sánchez.
Algunos de los centros clandestinos del lamentable momento fueron la Penitenciaría Provincial, Colonia Papagayos, Liceo Militar "General Espejo", "Las Lajas", Círculo de Suboficiales, Palacio Policial - Departamento Informaciones D-2, VIII Brigada de Infantería de Montaña, Comisaría Séptima- Godoy Cruz, Batallón de Infantería y Cuartel de Bombero - San Rafael, Unidad Militar Campo Los Andes (El Refugio), El Chalecito (Las Heras), Comisaría 25 (Grupo Motorizado - Guaymallén), Departamento Logístico de la Policía de Mendoza, Compañía de Comando y Servicio, detrás del Hospital Militar.
El trágico resultado del “proceso” en Mendoza arrojó la desaparición de más de 200 personas, miles de detenciones, la intervención a todas las facultades de la UNC, el cierre de centros de estudios, la supresión de la actividad política y gremial. Además de poner al descubierto las dos posturas de la iglesia católica: el conservador sector colaboracionista y el ala progresista.
Por un nuevo Nunca Más
Afortunadamente, los golpistas de ayer están cumpliendo sus penas o son una absoluta minoría que no gozan del crédito de nuestra sociedad, que ya no concibe la interrupción del funcionamiento institucional como una salida para la resolución de sus problemas.
Todos nosotros, más allá de nuestra pertenencia, nos hemos forjado al amparo de una corriente de pensamiento que consideraba el trabajo, la educación, el respeto por los valores patrióticos y el pluralismo ideológico como el camino más adecuado para el progreso de la sociedad.
Y si bien recordamos el día más triste de la historia contemporánea argentina, es también el presente una buena oportunidad para reflexionar en pos de afianzar nuestra memoria, pero sin descuidar jamás las deudas que la actual democracia y que gran parte de la dirigencia pública (política, empresarial, gremial, religiosa) sigue teniendo con nuestra sociedad.
¿Qué decir del golpe de estado del 24 de marzo de 1976?
Los años también otorgan perspectiva y constituyen otros escenarios políticos. Permiten concebir una mirada más amplia para contemplar el panorama completo. En el fondo, ese es el oficio de historiar: contar lo que ha sucedido como la mayor veracidad concebida. Evaluar con más precisión los antecedentes y las consecuencias de un proceso histórico que quienes lo vivieron en tiempo presente.
El 24 de marzo fue una tragedia nacional, pero esa tragedia incluye matices, variaciones y puntos de vista entre quienes condenan a la dictadura (me incluyo, lógicamente) y quiénes, justificando el quiebre constitucional, desde un “negacionismo” puedan seguir sosteniendo: “algo habrán hecho”.
Otro punto, lejos de “partidizar” el debate, es el número de desaparecidos en la dictadura. Para muchos serán 30.000 los desaparecidos. Para otros, serán los registrados por la CONADEP: 8.961. Este móvil de análisis resultará de una necedad absoluta, pues recurrir a una cuestión numeral sería abiertamente una tendenciosa simplificación. Así sea uno solo, el hecho deberá ser férreamente condenado, convirtiéndose en reprochable, inconcebible, injustificado y mereciendo todo el rigor de la justicia ante la violación flagrante de la constitución nacional y donde el concepto de genocidas o de violadores de los derechos humanos ante la desaparición forzada de personas le cabria justa y perfectamente a los asesinos, mereciendo nuestro absoluto repudio por los delitos de lesa humanidad cometidos.
Hace un tiempo me apropié de un concepto que extraje de un diario. El editorialista (Rogelio Alaniz) sostenía algunas notas, con las cuales concuerdo y que intentaré sintetizar. Por lo pronto, importa también saber que amplios sectores sociales de una manera activa o pasiva consideraban que la presidencia de Isabel era indigerible. A ese repudio contra ella se sumaban, por sus propios motivos: “Montoneros” y el “ERP”, quienes estimaban que la caída de la esposa de Perón crearía magníficas condiciones para lanzarse a la guerra popular y llevar adelante una revolución social.
A no confundirse: los militares no dieron el golpe solamente apoyados en las armas. Dispusieron de un consenso alto y ese consenso los acompañó durante unos años. En 1976 la economía nacional estaba en las orillas de la catástrofe; la impotencia del peronismo para hallar una salida era patética. La decisión más audaz que tomaron fue otorgar a los militares un decreto que los habilitaba a aniquilar la subversión. No solo dictaron ese decreto, sino que lo festejaron. Después, los militares lo ampliaron descarnadamente y sistematizaron, potenciando el injustificado y reprochable terrorismo de estado. Pero ese monstruo lo acunó un sector del peronismo; un monstruo que posteriormente no tuvo escrúpulos en devorar a sus propios hijos.
LA DEMOCRACIA Y LA ESPERANZA
El 24 de marzo es una fecha incorporada definitivamente a la historia. No solo está marcada en la memoria, sino que constituye parte activa de nuestra conciencia ciudadana. Forja nuestra pertenencia, nuestra identidad y nuestra ideología.
Para terminar, me detengo en un mensaje que emitió Alfonsín una vez concluida esa oscura tormenta que representó el Proceso Militar. En 1983, mirando el espejo retrovisor de nuestra historia, pleno advenimiento democrático y tras la frustrante guerra de Malvinas, librada heroicamente por nuestros soldados, el presidente oriundo de Chascomús sostenía: “Hemos vivido con dolor el imperio de la prepotencia y la arbitrariedad en esta tierra en la que nuestros abuelos quisieron construir la igualdad y la justicia. Hemos vivido el dolor de la violencia y de la muerte, en esta Argentina que todos soñaban y que todos queremos para la paz y para la vida. Iniciamos una etapa difícil, porque tenemos la responsabilidad de asegurar hoy y para los tiempos, la democracia y el respeto por la dignidad del hombre en Argentina". Resaltando que siempre el rescate de la memoria genera una posibilidad esperanzadora que no solo debe quedarse en el recuerdo. Debe habitar en nosotros constantemente, porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación donde brota una nueva esperanza.





