Crónica de viaje XV: Filandia, el fútbol entre la niebla y el aguardiente
Desde Filandia, Colombia
Filandia es un pueblo pequeño en la provincia de Quindío, Colombia. Tiene una extensión 0,34 km², la misma superficie que hay si se arma un cuadrado entre las avenidas Córdoba, Callao, Corrientes y la calle Paraná, en el centro porteño. Forma parte de lo que se conoce como el “eje cafetero” de Colombia, una zona montañosa a 1.200 metros de altura con el balance justo entre lluvia y sol para que crezca el producto insigne de este país sudamericano. Los turistas suelen venir a pasar el día y regresar a Salento o Armenia, otras dos localidades que ofrecen mejores servicios para los viajeros. Yo me quedé tres noches.
Todas las tardes, a partir de las 18, se materializa el recambio de las personas que caminan por las calles de este pueblo donde viven alrededor de 1.200 habitantes. La actividad, como en otros pueblos, gira alrededor de la plaza, nutrida por algunas casitas coloniales, la iglesia, con su cúpula y sus campanas, bares para los distintos gustos, el casino, la escuela, el banco, el hospital y no mucho más. La lluvia de todas las tardes termina de expulsar a los turistas que llegan a pasar el día, probar algo de comida típica y comprar un poncho y un sombrero para trabajar la tierra que nunca van a pisar. Se van en los jeeps, que acá funcionan como el transporte público que conecta cada uno de los pueblos de la región, y otros en sus shuttles privados.
Al rato se ve llegar, por las mismas calles, a los campesinos que trabajaron en los campos cafeteros. Llegan con sus botas embarradas, sus manos hinchadas por el cultivo, sus pieles rugosas por el sol que, cuando pega, deja sus marcas, sus espaldas encorvadas, sus miradas agotadas. Algunos vuelven al refugio que les da su hogar, otros eligen el reparo del bar, la compañía del aguardiente y la cerveza.
Por lo general son sillas pintadas de amarillo, que en algún momento fueron tono patito, pero que el paso del tiempo las fue apagando. Son de plástico blando pero lo suficientemente resistentes para sostener a los hombres que pasan horas y horas sentados bebiendo. Las cervezas se acomodan como pinos de bowling. Al mesero ni se le ocurre acercarse para recogerlas y tratar de darle una mayor comodidad al cliente. La tranquilidad del borracho reposa al ver todo lo que bebió después de trabajar.
Filandia es un pueblo pequeño, sí. Pero no por eso menos futbolero que el resto del país cafetero. Un jueves por la tarde de lluvia, como tantos otros, los turistas empiezan su retirada, pero los bares no lamentan la falta de clientela. Por las calles empiezan a verse puntos amarillos, difuminados por la luz de los faroles y el agua que no para de caer. Juega Colombia-Brasil. La selección cafetera se ilusiona: no está Neymar y Vinicius, en duda para el arranque.
Los bares de la plaza se llenan. Siempre con las ventanas y las puertas abiertas. Los que tienen para consumir, dentro. Cerveza, ron, aguardiente, papas, tequila, cerveza, cervecita, cigarros. Afuera, los que no tienen para pagar. Todos con su camiseta de la selección cafetera. Algunos la llevan sobre sus pilotos; otros, directamente, la exhiben a pesar del frío que baja con la entrada de la noche.
Suenan las cornetas, aplausos y gritos. Empieza el partido. Primera mala noticia: juega Vinicius. La segunda llega a los siete minutos. Corrida del 7, acelera y supera al defensor que le cruza la pierna dentro del área. Penal. Patea Raphinha, gol. El pentacampeón se tira atrás, los cafeteros empujan pero no lastiman. En el bar se alienta. La calle es un páramo que, entre el frío, la lluvia y la niebla, se convierte en un escenario perfecto para el célebre Edgar Allan Poe. Aplausos para James Rodríguez, ovación para Lucho Díaz. Colombia empieza a llegar con más claridad. Tiros desviados y atajadas certeras le dicen que falta para el 1-1. Hasta que una jugada colectiva termina con Lucho Díaz frente al arco, pero con la marca del defensor brasileño. Eso no le impide sacar un remate abierto que impacta de lleno en la red lateral. Lo suficiente para inflarla y gritar gol. Gritos, corridas por la calle, cornetas, copas rotas en los bares de Filandia.
Durante toda la transmisión, Satanás está presente. La publicidad de las apuestas deportivas está presentes en cada jugada. Cuánto paga cada resultado, la cantidad final de córners, las tarjetas y todas las variantes del juego aparecen con un anuncio de las casas de apuesta. No solo eso, sino que además se interrumpe el relato de Caracol TV para que un locutor, que no participa de la narración deportiva, diga cuánto paga cada jugada. Los que en algún momento transitaron las autopistas del vicio entenderán a qué me refiero.

En el segundo tiempo los cafeteros se resguardaron de la ofensiva brasileña, que quería ganar de local antes de viajar a Argentina para enfrentarse a los 11 de Scaloni. Se aguantó lo que pudo. Al partido le sobraron cinco minutos. En el minuto 99, Vinicius sacó un zapatazo desde afuera del área con un ángulo perfecto. La pelota entró entre la mano del arquero —que no logró frenarla por el desvío en un compañero colombiano— y el poste derecho. La alegría volvió a ser brasilera.
Con el marcador desfavorable, el pueblo se fue a dormir. Solo quedaron algunos borrachines, que no entendieron bien qué había pasado, dando vueltas por la plaza. Solo querían que siga la fiesta. Pero no, se quedan con la compañía de la niebla y las finas gotas que caen durante toda la noche. Ahora sí, es momento de levantar las botellas de cerveza que quedan apiñadas arriba de la mesa e ir a dormir. En el campo, la actividad empieza temprano.
Ilustración de Quique Gurevich


