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Javier Milei, la falta de empatía y el germen del populismo

Como ante cada gobierno que aplica una política de ajuste fiscal, aparecen las críticas sobre la falta de empatía. El dilema del Presidente y el vínculo siempre tirante con Macri.
Javier Milei se aproxima al dilema de un apoyo que empieza a resentirse y una actividad económica que no termina de despegar. Foto: Juan Mateo Aberastain/MDZ
Javier Milei se aproxima al dilema de un apoyo que empieza a resentirse y una actividad económica que no termina de despegar. Foto: Juan Mateo Aberastain/MDZ

Desde que asumió el poder Javier Milei las jubilaciones perdieron poder de compra, las tarifas de servicios públicos crecieron de manera exorbitante, los docentes universitarios perdieron contra la inflación, la obra pública se estancó, decenas de miles de trabajadores estatales se quedaron sin empleo y unas 5 millones de personas cayeron en la pobreza. La lista podría seguir con las consecuencias del ajuste “más grande de la historia”, como lo define el propio Presidente, y nadie lo podría poner en duda. Pero lo que sí entra en el ámbito de la discusión es si había un camino alternativo o si éste era inevitable para no terminar ante un estallido económico.

El escenario, tal como está planteado, obliga a Milei y su equipo político a reforzar sus estrategias para mantener una imagen pública que en poco tiempo más necesitará que los beneficios económicos de la estabilidad macroeconómica empiecen a ser palpables.

La dificultad es lógica: no hay nada más antipopular que el ajuste fiscal. Los recortes tocan fibras sensibles y terminan afectando a todos. Algunos con más espalda, otros con un hilo como red. Unos recortan gastos suntuarios, otros comen menos. Y peor.

La alternativa, para “el club de los ajustadores”, está en definir si la receta de corregir los desequilibrios generados por otros se aplica de manera gradual o de shock. Mauricio Macri empezó por la primera, pero terminó en la segunda, obligado por la crisis que le explotó en 2018. Milei se saltó la primera parte. Se supone, según los manuales nunca 100% certeros, que a mayor gradualismo más se demora la salida de la crisis, mientras que a mayor velocidad en el ajuste, más rápido se normaliza la economía.

La pregunta que siempre sobrevuela, sin embargo, es si la sociedad tiene margen para el shock, para el sufrimiento. Con Macri se suponía que no, porque los desaguisados económicos que dejaban Cristina Kirchner y Axel Kicillof no eran del todo perceptibles en la superficie. Con Milei, habida cuenta del mantenimiento en las encuestas que tuvo hasta el mes pasado, la lectura es que sí había margen, porque los problemas que dejaron Alberto Fernández, Cristina y Segio Massa estaban a la vista de todos. Cuánto más es la pregunta del millón.

La falta de empatía

Con el plan de ajuste puesto en marcha, las críticas siempre se dividen en dos. Por un lado, está la obvia, que es la de los que critican el programa económico de raíz, rechazando por ejemplo que el déficit fiscal sea el problema monetario detrás de la inflación.

Por el otro, sin embargo, tarde o temprano empieza a aparecer la crítica que habla de la “falta de empatía”. La padeció Macri y ya la está padeciendo Milei. Es una mirada en la que caen dirigentes opositores, pero también artistas o periodistas. En “el club de los ajustadores”, ya sean gradualistas o de shock, al parecer no hay lugar para la empatía. La lectura es lineal: hacen sufrir a la gente y no tienen compasión.

La pobreza subió al 52,9% en el primer semestre de 2024. Foto: EFE.

La pregunta que uno se hace es porque en gobiernos populistas (como oposición al de “los ajustadores”) nunca aparece la crítica a la falta de empatía. A lo sumo en el de Alberto Fernández surgió post Fiesta de Olivos, pero era por una cuestión moral, de armar una reunión social mientras el común de la gente padecía los problemas del encierro sin poder encontrarse ni siquiera con los seres más queridos. Pero la falta de empatía nunca les cabe a los populismos por una cuestión económica. Les caben otras críticas, pero no esa.

Allí reside uno de los principales factores de éxito social y electoral de los populismos: lograr instalar que son gobiernos más empáticos, más sensibles ante el sufrimiento de la sociedad. Podrán tener dificultades económicas, pero “saben que la Argentina solo crece incentivando el consumo”; podrán ser denunciados por corrupción, pero “hacen y piensan en la gente”. 

La Fiesta de Olivos generó que a Alberto Fernández se lo acuse de falta de empatía. Pero nunca aplica para populismos en cuestiones económicas.

El problema está en que el empático termina siendo el que “le pone plata en el bolsillo a la gente” aunque termine siendo una política inviable desde el plano macroeconómico; el que da las más amplias moratorias previsionales aunque el sistema quiebre; el que subsidia las tarifas de servicios públicos aunque se genere una bola de déficit fiscal y desinversión; el que multiplica las universidades públicas con lógica política y sin los recursos para mantenerlas; el que promete obras públicas por doquier aunque después (casi) ninguna se termine en tiempo y forma; el que crea puestos de trabajo estatales como si fueran una verdadera alternativa a la falta de empleo privado; el que financia una aerolínea de bandera aunque sea con el IVA de los pobres que nunca se suben a un avión; el que no cuenta a los pobres porque es “estigmatizante”.

Lo que termina pasando es que existen “empáticos” que solo piensan en el corto plazo, aunque hipotequen el futuro. “No hay nada menos empático que fundir al Estado”, se queja un analista político ante MDZ. Con una salvedad: los Estados nunca se funden, entran en crisis, colapsan, defaultean o devalúan, pero los que terminan fundidos son sus habitantes. El contrafáctico sería decir que no hay nada más empático que evitar una hiperinflación, un estallido. Pero como es un contrafáctico nunca pasó y no se puede comprobar.

La empatía y la política

Bajo este análisis, no tiene sentido incorporar la lógica de la empatía en cuestiones políticas. Se supone que todos los políticos, por lo menos los que se atienen al sistema democrático, tienen como objetivo beneficiar al pueblo. Algunos lo harán por una cuestión altruista, de pensar en el bien general; otros, en tanto, con una mirada pragmática (o clientelista) de conseguir más votos para conservar el poder. 

Lo que los diferencia, en todo caso, es la receta (política pública) que aplican para ese beneficio social. El populismo apunta al presente porque está convencido de que “sin presente no hay futuro”. El “ajustador” está dispuesto a un presente más difícil, de sangre, sudor y lágrimas, para garantizar un mejor futuro. Los dos, a su manera, tienen como destinatario final de sus políticas al pueblo que gobiernan. 

La relación entre Milei y Macri está siempre en discusión. El expresidente se reunió el jueves con Santiago Caputo. Foto: NA.

¿O acaso entre “los ajustadores” el gradualista tiene más empatía que el que aplica la política de shock? A lo sumo los diferencia una cuestión de estrategia o timing político, pero en el fondo piensan lo mismo sobre lo que hay que hacer. 

Hay una cuestión clave: ningún político ajustaría si no lo considerase necesario. “Que lindo es dar buenas noticias”, decía Fernando de la Rúa al cerrar en octubre de 2001 el spot donde anunciaba el blindaje. Macri destacaba las bondades de la obra pública y decía que “el cemento no se come”. Milei remarca que la Asignación por Hijo y la Tarjeta Alimentar crecieron por encima de la inflación y cubre más de la Canasta Básica que durante el gobierno anterior. Todos, en mayor o menor medida, buscan contener el malestar social. 

El economista Lucas Llach lo graficó con un sarcástico mensaje en redes sociales: “En mi opinión Argentina necesita bastante más gasto en educación primaria, secundaria, universitaria, en jubilaciones, en salarios públicos, en programas sociales, en infraestructura, en salud y en seguridad. Pero antes necesita crecer para que todos esos aumentos sean posibles”.

El dilema de Javier Milei

¿Quiere decir esto que el camino del “club de los ajustadores” es el correcto? Solo el tiempo lo dirá, en base a los resultados. Lo único que quiere decir es que mientras los gobiernos populistas fracasan y nunca se los crítica por falta de empatía, a los otros se les machaca sin siquiera haber terminado su trabajo. Son los primeros los que dejan una bomba de tiempo que no se puede financiar, quemando la maquinita o asfixiando con impuestos, y generando una inflación. Los segundos, en todo caso, fracasan al aplicar su plan y les termina explotando esa bomba. Es el germen populista contra el que deben luchar. El dilema para todos es cómo garantizar estabilidad económica en el largo plazo sin trastabillar ante las urgencias del corto. Algunos buscan atajos; otros, el camino más largo.

La semana que pasó, una nueva marcha universitaria dejó a Milei una vez más parado del lado de los “insensibles”. Termina vetando una ley que parte de un reclamo genuino, que es el desfinanciamiento del sistema con un fuerte ajuste en el salario del personal docente y no docente (25% abajo de lo que cobraban en noviembre), pero que termina yendo en contra de su programa económico.

La ley vetada establecía tres puntos clave. Primero, actualizaba las partidas de gastos de funcionamiento de las universidades al 1 de enero de 2024 según la inflación anual de 2023. Segundo, actualizaba esas mismas partidas entre enero y diciembre de este año, de manera bimestral, según lo que dio la inflación. Y tercero, recomponía los salarios universitarios desde el 1 de diciembre de 2023 hasta la fecha de sanción de la ley por la inflación acumulada en el período. En conclusión: el sistema universitario terminaría siendo uno de los sectores más beneficiados del país ya que prácticamente nada del ajuste recaería en sus cuentas. Nada de motosierra y muy poquito de licuadora. 

La marcha universitaria del miércoles volvió a exponer un problema que el Gobierno no pudo, no supo o no quiso resolver a tiempo. Foto: NA.

El problema es que el Gobierno dejó escalar un conflicto y no lo solucionó a tiempo. La primera marcha universitaria fue en abril. De allí salió un acuerdo de aumento de las partidas para el funcionamiento universitario, pero la pelea siguió porque los salarios seguían deteriorándose (y representan el 90% de su presupuesto). La media sanción en Diputados fue recién cuatro meses después. En todo ese tiempo, Milei no logró cerrar el problema.

Ahora el desafío está en convencer a Macri para que el PRO acompañe el veto en Diputados. La discusión, en esa mesa, no es por la cuestión de fondo, sino 100% política. El macrismo está cansado de funcionar como una rueda de auxilio que ayuda en las malas y termina olvidada en su compartimento mientras el auto libertario vuelve a su recorrido.

El PRO tiene un problema. Si apoya sin condicionamientos, se licúa su identidad y queda subsumido dentro del espacio libertario. Si rompe y le quita el respaldo, termina siendo responsable de su eventual fracaso.

Hasta ahora Macri no bajó línea sobre los pasos a seguir. En su reunión con senadores solo dejó filtrar que la educación pública es una bandera del PRO. Pero sobre el veto en cuestión no fijó posición. “Coordinen con Cristian (por Ritondo)”, fue el mensaje que les dio. Horas después se juntaría con Santiago Caputo, en una reunión que para el Gobierno fue positiva, para el macrismo, no. Solo hay que leer el mensaje que dejó Fernando de Andreis, de los más cercanos a Macri, en redes sociales el viernes: “Como el escorpión que mata a la rana que lo está ayudando a cruzar el río, no pueden resistirse, está en su naturaleza”.

Ritondo convocó para el martes a una reunión de bloque de diputados para definir los pasos a seguir. La expectativa que tienen (y se lo hicieron saber al Gobierno) es que antes de eso haya gestos claros del oficialismo para avanzar en una solución al conflicto universitario. Piden argumentos para justificar el veto diciendo que el problema está en vías de resolverse. La reunión paritaria del lunes, en ese marco, se vuelve vital. 

Mauricio Macri se reunió con los senadores del PRO pero no dejó pistas sobre la postura frente al veto. Foto: X.

“Aunque sea que definan que el aumento que propongan lo van a dar igual aunque los gremios lo rechacen”, explica un diputado del PRO. Es una muestra de voluntad de querer poner plata sobre la mesa.

Por otra parte, en el macrismo también son conscientes de que voltearle un veto a Milei es jugar con fuego, ya que intranquilizaría a los mercados. Es que el programa económico, en gran parte, se sostiene en la confianza de que el Presidente pueda seguir aplicando su receta de equilibrio fiscal. Pero si los principales agentes económicos olfatean debilidad política pueden terminar condenando a un gobierno a su inestabilidad. Si para alguien no existe el concepto de empatía es, justamente, para los mercados.

Las próximas 72 horas, así, serán vitales para el Poder Ejecutivo y un nuevo veto. Una ruptura entre La Libertad Avanza y el PRO podría terminar generando un quiebre político para un gobierno que está transitando el momento más difícil del ajuste: la sociedad parece estar quedándose sin paciencia mientras el crecimiento económico todavía no termina de florecer. En esa discusión, Macri le pide a Milei un poco más de respeto a su partido y trayectoria, mientras que Milei, en última instancia, le pide a Macri un poco de empatía para con alguien que, en teoría, comparte el mismo club.