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Sometimiento, vaguedad y dudas: qué dejó el debate entre Massa y Milei

El debate entre Sergio Massa y Javier Milei fue denso, espeso y aburrido. Massa sometió a Milei y esquivó los momentos incómodos. Las definiciones.

Hay relaciones que son difíciles de sanear y situaciones difíciles de revertir. Mucho más cuando son intencionales. Sergio Massa entendió eso y adaptó su guion para el debate e impuso roles. La relación entre ambos fue de sometimiento y Javier Milei fue el sometido; a preguntas, a presiones y definiciones a la carta de su rival. Al mismo tiempo Massa logró evadir, fugarse y salir airoso de sus propias flaquezas. Tanto, que en los puntos más duros casi no se habló de inflación, de pérdida del valor de la moneda y otros males que aquejan la gestión diaria del Ministro de Economía.

El debate fue una puja dialéctica, como se esperaba, antes que una puesta en escena de cómo gobernará el futuro presidente. Ingenuamente Milei gastó su tiempo en repetir algunas máximas de su campaña y en responder las inquisidoras preguntas de Massa. El miedo, la ignorancia propia y las agresiones le ganaron a las ideas, las propuestas y la política.

Massa fue al ataque y logró evadir temas incómodos.

Massa ganó de entrada con la postura: se salió del atril, se apropia de la escena y buscó romper el eje televisivo para acercarse. Su rival, en cambio, arrancó frío, con propuestas técnicas y discursos ya conocidos. La ofensiva del candidato del oficialismo fue brutal: tomó el rol de conductor, atacó con preguntas directas a Milei y logró que se consumiera el tiempo. Así, en cada eje. Massa no le prestaba atención a Milei, anotaba y ejecutó toces impostadas para cortar la atención cada vez que pudo.

Para cada bloque temático cada candidato tenía 6 minutos. Les sobró tiempo a los dos y por eso redundaron en poner la mirada sobre el otro y aburrieron. Por eso el debate se hizo pesado, denso, espeso.

En los momentos de cruce, Milei estuvo más desarmado, siempre a la defensiva. En cambio, en los espacios de alocución libre, el candidato libertario fue más genuino.

El que pega primero, pega dos veces

El primer eje del debate era el más trascendente para la realidad cruda que vive la Argentina. Pues el resultado conceptual fue decepcionante. Ni Milei, ni Massa dieron alguna respuesta sensata sobre el plan para bajar la inflación, crear empleo de calidad y disminuir la pobreza. Tampoco mencionaron que quien presida el país, lo hará en un contexto durísimo.

Milei se dejó acorralar, aunque luego repuntó en las exposiciones. 

 Frases hechas, chicanas y trampas. La puja verbal la ganó ampliamente Sergio Massa en ese eje, por la habilidad para omitir sus responsabilidades como actual Ministro y por la ofensiva contra Milei. Con eso logró poner el eje en las abstracciones sobre las posibles consecuencias de un gobierno de su rival, que en la realidad que se vive con su gestión.

Entre los golpes bajos que se cruzaron estuvo el rechazo que recibió Milei para continuar en en Banco Central y hasta suspicacias sobre la salud mental. El candidato libertario fue menos directo para atacar y apeló a frases indirectas en vez de ataques frontales. Incluso usando la tercera persona del plural: ustedes.

Entre las discusiones puntuales que salieron a superficie estuvieron las chicanas con el Papa Francisco (Massa lo “invitó” públicamente), los antecedentes laborales de Milei, el paso de Sergio Massa por los distintos gobiernos y hasta el rol de las AFJP. Todo superficial.

Si algún argentino buscaba respuestas, no las tuvo. Sí podría recoger energías, improntas, sobre cómo podría encarar la presidencia cada candidato. Pero no la gestión, sino lo que dice y transmite públicamente. En escena no estuvieron Javier Milei y Sergio Massa, sino la construcción televisiva de tales.