El significante Scioli

El significante Scioli

Scioli puede significar lo que el líder quiera: es un significante vacío. Una vez más, es el salvavidas.

Damián Fernández Pedemonte

Damián Fernández Pedemonte

Según el teórico político argentino Ernesto Laclau, el populismo tiene la capacidad de reunir demandas de variados grupos sociales apelando a la noción aglutinante de pueblo. El pueblo es un "significante vacío", expresión lo suficientemente amplia como para ser llenada con diverso contenido por distintos grupos. En esta ambigüedad del discurso del líder radica en parte su eficacia.

Daniel Scioli volvió por estos días al centro de la escena política. El miércoles 15 juró como Ministro de Desarrollo Productivo, en reemplazo del Matías Kulfas, a quien el Presidente le había pedido la renuncia luego de que criticara, off the reccord, la licitación por el estratégico gasoducto Néstor Kirchner. El confuso episodio fue leído como la penúltima claudicación de Alberto Fernández frente a Cristina Kirchner, de quien Kulfas era crítico (aunque pareciera que en la objeción a la forma de llevar adelante el proyecto del gasoducto coincidían). Scioli le permitió al Presidente mostrar que tenía un nombre aliado para el reemplazo.

Scioli puede significar lo que el líder quiera: es un significante vacío. Una vez más, es el salvavidas. En realidad, siempre estuvo del lado del gobierno peronista de turno, con una lealtad que pasó muchas veces por encima de sus propias convicciones y dignidad. Funcionario de Menem, vicepresidente de Néstor, dos veces gobernador de la provincia de Buenos Aires y candidato a presidente en el reinado de Cristina y embajador en Brasil con Alberto. Nadie como él aguantó tantos condicionamientos: su pose estoica ya se confunde con su identidad.

En el libro El discurso político, las máscaras del poder; de reciente aparición, Patrick Charaudeau sostiene que el discurso político ha devenido un juego de máscaras. El político usa una máscara, todos saben que esa máscara no coincide con el rostro pero que si lograran quitarla encontrarían otra debajo. En política: "la máscara es lo que constituye nuestra identidad respecto del otro". Esto se cumple en grado sumo en el caso de Scioli.

El acto de jura fue insólito, congregó a más de 300 personas –muchas de las cuales, dicen, Scioli se ocupó de invitar particularmente- de todas las variantes del Frente de Todos, más dirigentes sindicales y empresarios importantes. Le siguió una conferencia de prensa del nuevo ministro, televisada. Una puesta en escena para la llegada de un mediador en la pelea entre Alberto y Cristina, un ejecutor de políticas productivas que puedan sacar al gobierno del estancamiento en el que se encuentra, asediado por las restricciones de la geopolítica externa y por las paralizantes desavenencias internas.

Para un analista del discurso, Scioli es un desafío. Propiamente no tiene discurso. Dice también Charaudeau: "El político debe construirse una doble identidad discursiva: una que corresponde a lo político, lugar de constitución de un pensamiento sobre la vida de los hombres en sociedad y otra que corresponde a la política, lugar de las estrategias de la gestión de poder". Scioli carece ya de un posicionamiento ideológico, pero persiste en la escena de poder por el lugar que siempre ocupa en el tablero. Está siempre ahí, disponible. "Acá estoy", dijo el miércoles.

La conferencia de prensa fue una pieza de retórica típicamente sciolista. Una retahíla de lugares comunes y frases hechas del acervo técnico hilvanadas con una sintaxis rota: "incorporación de las nuevas tecnologías", "agregar valor a las materias primas", "energías renovables", "Argentina se sigue poniendo de pie", "modelo productivo", "líneas de crédito", "sacar el país adelante".  Cierra diciendo que están dadas "todas las condiciones para tener las mejores expectativas reconociendo las dificultades que hay, pero también no podemos perder de vista la fuerza y la energía que tiene nuestro país para salir adelante". Un ejemplo acabado del estilo tautológico, acumulativo de consignas, pronunciado con una prosodia uniforme, tranquila, obvia. Varias veces afirma: "estoy convenido". Sólo se sale de ese tono para desmentir que haya cepo a los dólares, preocupación de los productores. En el discurso político lo más incierto es lo que se afirma con más certidumbre. Scioli, pues, carece de discurso, pero no de estilo.

En política analizar un discurso internamente no sirve de nada. En la conferencia de prensa se lo vio sonriente, seguro: retomando las preguntas más complicadas de los periodistas y dando muestras de estar muy informado sobre los proyectos de producción de litio y la ley de electromovilidad que espera ser sancionada en el Congreso, o sobre el monto de millones de dólares mensuales disponibles en la reserva, por ejemplo. Asimismo, apeló a su experiencia: "ustedes me conocen", en particular a la reciente misión de embajador, que permitió "recuperar a Brasil como primer socio comercial del país". Y a su amistad con el sector privado y a su supuesto carácter familiero: elogió a empresarios y a su nieta, "abanderada del colegio". 

No hay discursos sino cruce de discursos. El contexto permite postular significados para este significante vacío que es Scioli, eterno plan B, suerte de Anaximandro de la política que afirma y niega a la vez. Su misma ambigüedad puede servir de puente entre Alberto y Cristina, quien podría estarse preguntando si la historia no hubiera sido distintas para ella si hubiera tenido más voluntad política para que Scioli ganara las elecciones en 2015. Si lograr mover un poco los indicadores de la economía Scioli aún podría salvar del fracaso total al gobierno y convertirse nuevamente en candidato.

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