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El acuerdo con el FMI puede hacer nacer una nueva fuerza política

Buena parte de los integrantes del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio no soportan a sus respectivos aliados. Los creen tibios, halcones, destituyentes o locos. Todo está justificado en el debate interno que tienen cotidianamente y es la postura por el FMI una nueva muestra de eso.
Foto: TELAM
Foto: TELAM

Hace diez días, un par de funcionarios del Gobierno nacional, que pasaron por diferentes etapas en su relación personal con Sergio Massa, lo invitaron a almorzar y en ese encuentro le explicaron la importancia que tenía la aprobación del acuerdo con el FMI en el Congreso nacional, algo que el presidente de la Cámara baja ya sabía porque fue uno de los que más trabajó para que se consiguiera, en contra de lo que opina su coequiper de La Cámpora, Máximo Kirchner.

En ese encuentro, que duró más de dos horas, se hablaron muchos temas, como el relanzamiento del Gobierno tras el entendimiento. La nueva posibilidad que el mismo podría significar para "renovar expectativas" y la creencia de insistir con el nacimiento de un nuevo espacio político superador al nonato albertismo, que tendría a Massa como uno de los puntales y al Instituto Patria y su jefa, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, fuera de todo futuro, al igual que los seguidores ultras de Mauricio Macri.

Los tres tuvieron esa sensación de que algo podía gestarse el día de la no renuncia de Wado de Pedro y el jueves de la carta bomba de la vice. "Si se sacan de encima a los locos todos los vamos a apoyar", le decían por chat dirigentes sindicales, legisladores que deambulan entre las orillas macristas y kirchneristas y hasta algún radical que no se siente nada a gusto con seguir siendo socio de los "cerrados" del PRO

Buena parte de esa dirigencia participó, sin saberlo, de un listado de cuarenta legisladores que oportunamente confeccionaron  Emilio Monzó, en su carácter de presidente de la Cámara de Diputados, y Rogelio Frigerio, ministro del Interior durante la administración Macri. Ese memo fue observado y desechado, nombre por nombre, por el expresidente y su jefe de Gabinete, Marcos Peña, por diversos motivos, entre los que se encontraban, frecuentemente, que "en un momento me dijeron esto" o lo otro. 

La primera prueba que había una posibilidad de romper con los parámetros conocidos de la grieta política la mostró el debate por el Presupuesto, que terminó siendo rechazado, pero que tuvo a protagonistas del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio haciendo lo imposible para coincidir, pero la televisión, los medios, y los retuit hicieron que los extremos impusieran el caos. 

Por una cuestión generacional, ya que convivieron discutiendo o acordando desde hace más de veinte años, las coincidencias son transversales a los partidos y frente políticos. El Frente Renovador triunfó ampliamente en 2013 con el PRO y buena parte del peronismo en su interior. A eso hay que sumarle a los radicales, que no tuvieron problemas en aliarse con Francisco De Narváez, Roberto Lavagna o el propio Macri en 2014. Todas eran propuestas alejadas de los extremos. 

"El discurso presidencial ante la Asamblea Legislativa fue horrible, increíble y una auténtica pérdida de tiempo. Pero dejó en claro que los que nos quedamos sentados éramos muchos más de los que se fueron", le dijo a MDZ una legisladora de las que más transita por la ancha avenida del medio. Inclusive algunos del PRO tuvieron que sobreactuar su enojo para no dejar en evidencia las fracturas internas que existen y que no salvan fotos de ocasión. 

El tratamiento del nuevo entendimiento con el Fondo Monetario Internacional brinda otra oportunidad para hurgar en la posibilidad de, pasada la tormenta del vedetismo por el discurso más filoso o incendiario, los que tironean para que Argentina se transforme en un país normal se transformen en una alternativa de poder independientemente de los extremos. 

Lo único y quizás contundente hecho que conspira contra eso es la necesidad inmediata de esos mismos actores que no se atreven a gritar el rey está desnudo. Macri y Cristina Fernández de Kirchner son el Carlos Menem de 2003, que pudo ganar una elección pero en el ballotage no se presentó porque sabía que perdía. Otro que abandonó. 

Las elecciones del año próximo ata a todos los integrantes de ese abanico de dirigentes que creen mucho más en la institucionalidad y los acuerdos que en los gritos, los insultos, o los mensajes por las redes sociales. Ninguno está dispuesto a dar ese imprescindible primer paso y prefieren pelearse internamente y no construir consistencia con su antiguo aliado, de quien ya les molesta hasta el aliento. 

No hay mesas que puedan salvar el fracaso de los dos frentes si no sinceran que con los viejos protagonistas no puede haber un futuro diferente, la mayoría lo sabe, pero no saben cómo dar el paso. Como las traiciones están a flor de piel, saben que el que lo haga primero quedará sólo y sin respaldo.