Cuerpos arrojados: el país que van a gobernar quienes luchan por el poder en 2023
El sol salió hace rato y la Ciudad de Buenos Aires tiene ritmo. Un portero limpia por el contorno de un colchón donde duerme un hombre barbudo. Unos metros más adelante, hay cartones y dos niños desparramados en la improvisada cama sobre la calle Carlos Pellegrini, paralela a 9 de julio. La gente pasa y casi no mira: ojos que no ven, conciencia que disimula. En el año 2002 el teatrista Emilio García Wehbi generó un hecho artístico que se convirtió en un experimento social: dejó “abandonados” en toda la ciudad figuras humanoides para evaluar la reacción de la gente. Más del 80% de las personas fue indiferente. El proyecto Filoctetes, como se llamaba, generó un shock y logró lo que solo el arte puede; interpelar, anticiparse y mostrar qué tan anestesiados se puede vivir. Justo 20 años después, la realidad superó a Filoctetes: los cuerpos reales arrojados en la vía pública parecen muñecos.
La realidad argentina corre por distintos carriles. La política construye discursos brabucones en las redes y cáscaras de poder. En paralelo se profundizan los problemas de los que se deberán hacer cargo. A un año de las elecciones, todos trabajan con el sello 2023 en la frente, mientras las cosas pasan. La duda que queda es si hay alguna noción del país y las provincias que les va a tocar administrar; con un deterioro estructural que preocupa en el ahora, hacia el futuro y que duele al evaluar el camino recorrido.
Los cuerpos reales arrojados en la vía pública parecen muñecos
Arrojados
La señora camina lento, porque sigue el ritmo que los años. No pudo cobrar la jubilación a tiempo, vaya a saber por qué. “Me dicen que está mal no sé qué cosa del banco”, cuenta la señora, que avanza lento por calle Las Heras, de Mendoza. Los adultos mayores en Argentina están divididos por las subcategorías que la ANSES y el Gobierno determinaron. Están los “de la mínima” y el resto. La mínima, claro, es la jubilación, que no es ni la mitad de los recursos necesarios para sobrevivir. La señora cuenta, con pudor, que su dieta está basada en lo que le alcanza, y no en lo que necesita. Con menos de 50 mil pesos, depende de las ayudas externas. Trabajó como empleada de comercio, la mitad de su vida en negro y el resto “en gris”. “Me prestan la casa, si no; no podría vivir”, dice. Hay más silencios que palabras, y son esos silencios que duelen, el de los recuerdos que en su caso sí fueron mucho mejores que lo que vive ahora. En Argentina se vive un geronticidio. Un abandono de los adultos mayores que espanta.
Desde los ingresos, desde el maltrato institucional y el abandono social. Una jubilación mínima no llega a los 50 mil pesos, pero la canasta de los jubilados es de $151.578. En Argentina, 6 millones de jubilados cobran un ingreso de 43.000 pesos y la Pensión Universal para Adultos Mayores es de $34.642. El Gobierno, que ejecuta una fórmula para calcular los aumentos que profundiza la pobreza, otorga bonos como dádivas para llegar a números redondos. A futuro la situación es peor, pues el sistema previsional argentino va camino a la quiebra. Eugenio Semino lo advierte: en Argentina hay un “edadismo”, la forma de discriminar a los adultos mayores que, en comparación, es una de las más difundidas en el país.
Nuestros viejos no están solos en la política de la exclusión.
En cada escuela de hay algunas sillas vacías. Alumnos que tienen matrícula, un lugar asegurado, pero que se ausentan mucho. Formalmente presentes, académicamente ausentes. Es una realidad que, incluso, es más aguda en el resto del país. La generación del apagón educativo sentirá las consecuencias porque, además, sufren la pobreza. Sin escuela, sin recursos para vivir mejor en sus familias. Unicef advirtió que en el país hay un millón de niños que en el último año dejaron de comer como corresponde todos los días.
En el mismo período se redujo casi un 70% el consumo de carnes en ese grupo. Ya no solo se educan mal, sino también tienen problemas severos de alimentación. La escuela, vale recordarlo, en Argentina es el lugar que más garantías de acceso a los derechos brinda porque es el único lugar del Estado que llega a casi todos lados. Por eso no ir a la escuela es mucho más grave que no recibir instrucción formal. El propio Indec admite, con las limitaciones metodológicas que tiene, más de 5 de cada 10 niños vive en condiciones de pobreza; es decir en familias que no tienen los recursos económicos mínimos para acceder a alimentos y servicios básicos. Precisamente dice que el 51,5% de los niños y adolescentes argentinos viven en malas condiciones, es decir 6 millones de personas, de los cuales más de un millón no comen bien.
Con un análisis más profundo se revela que es peor, pues teniendo en cuenta otras dimensiones la pobreza es mayor: según la UCA 6 de cada 10 niños viven bajo las condiciones mínimas necesarias para desarrollarse. Es que, además, los niños están más excluidos que el resto del acceso a otros derechos, como la salud.
Quienes pelean para llegar al poder en 2023 van a gestionar un país que tiene a un tercio de la población excluida de la vida productiva, que desprecia la memoria de sus viejos y cierra los ojos con una niñez sin acceso a los derechos mínimos para garantizar su desarrollo. Las discusiones, sin embargo, se construyen por otro lado, en base a los intereses de esa población cada vez más chica que vive otra realidad y decide sobe el todo.
*Con el apoyo de Paula San Martín