¡Si nos unimos, ganamos!
Me apresuro en señalar que aquellas declaraciones, en muchos casos, responden al ardor y convicción con que se defienden principios y convicciones, cuando se es fiel a los mismos. Es la sangre que hierve en las venas de ciudadanos indignados frente a
tanta inoperancia, tanta claudicación ética y moral, tanta indiferencia por los sectores más vulnerables, tanta corrupción,
tanto avasallamiento del estado de derecho y, en fin, tanto desprecio por la República.
No hay que temerle al debate dentro de una fuerza política. Tampoco nos debería sorprender que, aún en momentos de grave
crisis económica, se intensifique la lucha por las candidaturas cuando se acerca un proceso electoral. Es lo que ocurre en cualquier país democrático del mundo. La alternativa sería que el dedo mágico de un conductor infalible determinara, sin discusiones y sin comicios internos, quiénes serán los postulados. Juntos por el Cambio no está inserto, felizmente, en esa cultura autoritaria. Nació, de hecho, para ser su contracara.
Claro que el autoritarismo simplifica las cosas. La democracia es más compleja, más trabajosa, menos prolija. Y esa complejidad se incrementa cuando no se trata de un solo partido, sino de varios, que coinciden en aspectos fundamentales pero que no opinan
necesariamente lo mismo en todo y que provienen de distintas tradiciones.
Pero la Argentina no se puede dar el lujo de tirar a Juntos por el Cambio por la ventana. Esta coalición no le pertenece a ningún dirigente. Diría más: salvo en el ámbito estrictamente formal, tampoco les pertenece a los partidos que la componen. Es un canal, el único posible aquí y ahora, que la sociedad ha elegido para construir un futuro de República, libertad y progreso.
Las diferencias entre sus miembros, vistas a la luz de las que cada uno de los partidos mantiene con el populismo autoritario que expresa el kirchnerismo, son mínimas. Todos en Juntos por el Cambio quieren vivir bajo el imperio de la Constitución, fortalecer la división de poderes, asegurar especialmente la independencia judicial, integrar a la Argentina al mundo, generar un clima de seguridad jurídica, alentar las inversiones y el empleo genuino, combatir la corrupción y, en síntesis, terminar con la larga decadencia que se manifiesta en el estancamiento, la altísima inflación y la falta de oportunidades para nuestros jóvenes.
Bienvenidos, entonces, todos los debates que giren en torno a estas cuestiones, por apasionados que sean. El límite debe ser la
descalificación personal, el agravio, la deslegitimación del adversario interno. Dejemos esos recursos para el kirchnerismo, que los lleva en su ADN. Nadie se debe enojar porque un dirigente pretenda ser candidato. Será la sociedad, a través de elecciones primarias abiertas (las que hoy establece la ley o las que, si esta es derogada por la desesperación del kirchnerismo declinante, deberemos organizar nosotros) la que dirimirá quienes serán finalmente los nombres que en cada posición y en cada distrito encarnarán la esperanza del cambio.
La lucha electoral, insisto, es no solo legítima sino necesaria, pero no puede opacar una necesidad todavía más acuciante: estar
unidos y ofrecer una propuesta concreta y estimulante para salir del atolladero y emprender, de una vez, el camino del desarrollo.
Tenemos enfrente un movimiento político que ya ha demostrado largamente su incapacidad moral y técnica para gobernar. La
experiencia de esta última administración es patética y caótica. Pero no es un destino inexorable que en diciembre de 2023 vaya a ser reemplazado por Juntos por el Cambio. Así como son pésimos gobernantes, no vacilan en emplear cualquier recurso para conservar el poder.
Por lo tanto, cualquier disputa interna en el campo opositor debe estar subordinada a dos objetivos:
- Ganar las elecciones presidenciales del año próximo y aumentar la representación parlamentaria.
- Llegar al gobierno con un programa ambicioso de reformas previamente acordado en la coalición.
No es cierto que la Argentina no tenga futuro. Dispone de una enorme potencialidad. La sociedad quiere esta vez que se encaren
cambios trascendentes. No la podemos defraudar.

* Dr. Jorge R. Enríquez
Ex Diputado Nacional – Presidente Asociación Civil JUSTA CAUSA
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twitter: @enriquezjorge
http://jorgerenriquez.wordpress.com

