Breve historia de la debacle del kirchnerismo: del temblequeo de Jaque a la derrota de Anabel Fernández Sagasti

Breve historia de la debacle del kirchnerismo: del temblequeo de Jaque a la derrota de Anabel Fernández Sagasti

Desde 2007, el peronismo vive una crisis que le cuesta asumir. Aún siendo gobierno, no logra construir una alternativa sólida de poder.

Pablo Icardi

Pablo Icardi

Esa noche en el teatro griego la piel le temblaba de miedo a Celso Jaque. Acababa de ingresar al escenario de la Vendimia, la fiesta popular más importante de Mendoza, y recibió un repudio inédito: silbidos, gritos y hasta un zapato que voló. Nunca había pasado y hubo shock. Jaque había llegado a la gobernación de la mano de Néstor Kirchner y Juan Carlos Mazzón, gracias a la torpeza política de Julio Cobos y, sobre todo, con una campaña agresiva, carísima y con promesas burdas. No cumplió, y hubo repudio.

Como nunca antes, la ciudadanía no le perdonó la mentira. Esa gestión comenzó en 2007 con una crisis interna que desnudó impericias para gobernar. Tanto, que desde la Nación no veían un buen futuro. Desde entonces, el PJ mendocino entró en un espiral de decadencia de la que aún no se levanta y que el domingo pasado tuvo otro capítulo con una performance electoral muy mala, apenas alcanzando el 25% de los votos.

Jaque, el primer kirchnerista mendocino, y Cristina.

El problema para la reconstrucción del peronismo fue el espejismo de 2011: a pasar de la mala gestión de Jaque y la imagen negativa que tenía, lograron revalidar el Gobierno. Nuevamente había intervenido también el mítico Mazzón, pero sobre todo un anabólico importante. El “huracán” electoral que fue Cristina Fernández de Kirchner generó un espejismo en el peronismo local que evitó hacerse cargo de lo que pasaba: había una crisis generacional, de formación y de integración política profunda. Ya en 2008, en plena crisis con el campo, los principales dirigentes del PJ local esbozaban rebeliones anti k que nunca llegaron a ejecutar. Los votos valen más que las ideas propias.

El temblor de Celso Jaque aquella noche de Vendimia escondía una realidad profunda que el PJ disimuló con analgésicos, pero no con soluciones de fondo. La gestión de Francisco Pérez tuvo como eje invisible las tensiones con su vicegobernador, Carlos Ciurca, que manejaba más poder político que el propio mandatario. Sumado que enfrente tenía a alguien que sí construía un proyecto de poder y supo ahogar la gestión desde la Legislatura: Alfredo Cornejo. En el medio, la presión desde Buenos Aires para imponer dirigentes de La Cámpora generaba más ruido. Y la renovación interna que nunca llegó profundizaba las malas señales. Para colmo, la muerte de Mazzón, ocurrida en 2015, dejó vacío el trono del operador al que los peronistas se habían acostumbrado.

Espejismos

La crisis del peronismo mendocino lleva al menos 15 años, a pesar de los hitos esporádicos que lograron en el medio. Una señal de ello es cómo se estructuró la lista de unidad que fracasó en las elecciones. Anabel Fernández Sagasti, que es joven y preside el PJ, tuvo como principal operador a Carlos Ciurca, un dirigente con métodos antiguos y un desgaste político que le impide levantar la cabeza. Desde aquellos festejos con el bombo en la puerta de la Legislatura (en plena crisis) hasta ahora, Ciurca suma traspiés enormes en la vida política, a pesar de la habilidad que le atribuyen como armador y su influencia en áreas sensibles. En la misma lista forzó la incorporación de intendentes que trabajaron a media máquina y otros dirigentes con casi igual desgaste electoral, como los hermanos Bermejo. Es real que había polifonía interna, pero con instrumentos oxidados.

El resto es casi una obviedad. Desde que el kirchnerismo se hizo cargo del poder, la única alternativa política ofrecida es la que se reprodujo en el eslogan de campaña de Fernández Sagasti: depender de los favores de la Nación. Es un modelo político formateado por el propio Néstor: la dependencia absoluta. Jaque llegó a llamar “hada madrina” a Cristina Fernández, una denigración enorme del federalismo y una aceptación del sometimiento. Si a eso se le suma que Alberto Fernández es mucho más un ancla que una vela para levantar vuelo, nada bueno podía pasar electoralmente para el Frente de Todos.

Anabel, con su nuevo aliado José Ramón.

Anabel Fernández Sagasti está en una posición incómoda por la crisis del Gobierno. Es cristinista de paladar negro y está de ese lado de la grieta interna. Pero en Mendoza ni Alberto ni Cristina son buena referencia electoral. Ella y su compañero de lista Adolfo Bermejo acarrean ya varias derrotas electorales y tendrán que campear la campaña hacia noviembre con un terreno plagado de obstáculos. Pero el horizonte está en otro lado: cómo quedará el peronismo de cara al 2023. La propia Anabel puede tener otro destino, gracias a los 6 años que tiene garantizados en el Senado. Otros dirigentes que pueden asomar, como Matías Stevanato, aún no se animan y los jefes comunales del Este todavía hacen sus primeras migas sin rebelarse. Los hermanos Félix, que son tiempistas eternos en la interna peronista, no logran arraigarse en el Gran Mendoza. 

Pero el problema es más grave y no se acota al vacío interno. Que el peronismo mendocino no se constituya como alternativa de poder baja la calidad política de la provincia. Tanto que al oficialismo encarnado en Rodolfo Suarez le alcanza con sobrevolar la gestión para ganar. No se siente en la obligación de agregar valor; una decadencia autodeclarada.

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