La degradación del kirchnerismo y las dudas sobre el futuro del Gobierno

La degradación del kirchnerismo y las dudas sobre el futuro del Gobierno

Cristina Fernández y Alberto Fernández encabezan un "gobierno epistolar", donde se cruzan acusaciones y chismes vía redes sociales. Mientras, no entienden las razones del golpe electoral: la mala gestión. Obligados a convivir en las listas para noviembre, hay dudas sobre el futuro del Frente.

Pablo Icardi

Pablo Icardi

La forma de hacer política del Frente de Todos es tan sui generis; tan disfuncional que se transformó en un gobierno epistolar donde en vez de intrigas palaciegas, hay chismes ventilados por las redes sociales. Los autores son de alto nivel político, nada menos que el presidente Alberto Fernández y la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, aunque con textos precarios y superficiales. Lo que esconden esas obras de bajo vuelo discursivo es el fracaso de un modelo de gestión. Cristina y Alberto cruzan culpas triviales y ninguno se hace cargo de un dato imposible de obviar: el domingo la ciudadanía evaluó que gestionan y gobiernan mal. Simple. No es la primera vez, pero esta vez quedan más expuestos. Deben asumir un Gobierno en crisis, con desafíos serios, sin recursos y con una coalición de poder endeble. 

La carta de la vicepresidenta es más un manifiesto para exculparse que un postulado político. Ella y Alberto Fernández ponen el orgullo personal sobre el interés colectivo, la supervivencia del ego, al sentido común y la unidad del propio Gobierno. El kirchnerismo necesita, primero, alguien que ayude con los problemas de autoestima y, luego, con la formación política en gestión. La vicepresidenta menciona que se reunió 19 veces para advertirle al presidente sobre el mal rumbo del Gobierno, sugiriendo que Alberto no le hizo caso, que toma las decisiones por su cuenta y que los yerros son del inquilino del sillón de Rivadavia. El imaginario apuntaba a otra cosa, a que ella dictaba las decisiones. Probablemente haya una coincidencia y todos tengan razón: Alberto Fernández toma decisiones erradas y Cristina lo condiciona. Hay compatibilidad en los desaciertos. 

Si el domingo la ciudadanía dio un voto castigo y de advertencia para corregir algún rumbo, con lo que ocurrió el día después podría creer que votarlos en noviembre puede ser hasta peligroso. Ya no hay Frente de Todos y la dinámica electoral los obliga a convivir en la lista de candidatos. El final está abierto. El equilibrio de poder que suponía la mesa de ese sector se diluyó. El triunfo del 2019 fue el anabólico. La derrota del 2021 lo que diluyó el espejismo. Como siempre, la victoria ayuda a disimular diferencias. Las derrotas las expone.

Cortinas de humo

No es real una de las consignas que suelen repetirse en el oficialismo. Eso de que siempre vienen a "reparar" las crisis generadas por otros gobiernos.  Después del derrumbe del 2001 fue el kirchnerismo el espacio político que tuvo a cargo el país durante más tiempo. Desde el 2003 la pobreza estructural y la dependencia del Estado crecieron, más de un tercio de la población quedó marginada de la actividad productiva formal. En la crisis generada por el Gobierno de De La Rúa (que en vez de enfrentar y solucionar los problemas heredados de Menem los potenció) el Estado no tenía redes de contención. En 2002 surgieron los planes sociales de emergencia como forma de enfrentar el hambre y desde 2003 se transformó en modelo político. En la década ganada no hubo desarrollo, sino la construcción de un aparato político enorme basado en la dependencia.

En 2003 Néstor Kirchner ganó por obra y gracia de Eduardo Duhalde y la negativa de De la Sota y Reutemann que no quisieron hacerse cargo. Néstor fue el candidato muleto y asumió con el trabajo sucio ya realizado sobre la economía; con un país en recuperación luego de su peor crisis. Cristina ganó las elecciones de 2007 arrastrada por la ola del kirchnerismo en su esplendor. Ya había señales negativas disimuladas, también las primeras sospechas de corrupción, pero todo tapado por una sensación de bonanza enorme. 

Cristina y Cobos, ex compañeros de fórmula.

No paso mucho tiempo para que comenzaran los problemas. No solo la crisis del campo, sino la mentira con los índices, desabastecimiento y otros problemas agudos hicieron que en 2009 el kirchnerismo perdiera la elección. Salieron "hacia adelante", como dicen, con una agenda lateral; con temas importantes pero no suficientes para generar desarrollo. Hubo un efecto shock luego de la muerte de Néstor. Allí vino el 54% de los votos; el huracán Cristina que le permitió acallar incluso voces disidentes del PJ. Nuevamente, la victoria tapa cualquier cosa. La mayor pericia del cristinismo fue crear una cultura política alrededor de la líder, una épica nostálgica y saber tender una red de capilar para introducirse en cada organismo del Estado. 

En el 2013 el kirchnerismo volvió a perder las elecciones y en 2015 salieron del poder con Mauricio Macri. La tercera derrota consecutiva se dio en 2017. La impericia del propio Macri ayudó a que en 2019 el kirchnerismo volviera al poder con una alianza atada con alambre, con detractores de Cristina arrepentidos y un candidato insólito: Alberto Fernández pensaba ser embajador y terminó de presidente.

Cristina hace una comparación con lo que fue su Gobierno y la ruptura con su vicepresidente, el mendocino Julio Cobos. Lo hace de manera parcial. Es real que Cobos pasó a ser opositor y se quedó en el cargo. También es real que el voto no positivo pudo haber salvado su Gobierno. Esto, incluso, reconocido por muchos kirchneristas que conocen la historia de cerca. Pero no son situaciones homólogas. Cobos llegó al cargo de prestado y no tenía poder real en el Gobierno.

Cristina, por el contrario, maneja los puntos centrales del poder, las áreas donde se administran recursos, como la Anses y el PAMI, y ministerios claves como el de Justicia. "Quédense tranquilos", dijo al sugerir que no piensa ser opositora del Gobierno. En realidad el daño es mayor que el que le pudo hacer Cobos a ella

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