La verdadera grieta que sufre Mendoza y que condiciona el futuro

La verdadera grieta que sufre Mendoza y que condiciona el futuro

Mendoza lidia entre dos agendas: la de la innovación y la de la marginación. El problema para quienes gobiernan es que no pueden dejar de lado ninguna de las dos. Una grieta involuntaria que crece.

Pablo Icardi

Pablo Icardi

La empresa Mercado Libre busca mendocinos con talento y potencial. Trabajos con valor agregado y una carrera en la empresa más grande del país y de base en la innovación. Tecnología de punta: desde Mendoza, por ejemplo, se desarrollan gran parte de las aplicaciones de Mercado Pago que se usan en cada teléfono del continente. La oferta de trabajo en ese sector supera la demanda. Hacen falta más personas que tengan esa formación para cubrir vacantes en empleos de calidad. Que programen en Java, que sepan de inteligencia artificial. Que puedan diseñar una ciudad inteligente. Una de la Mendoza que se pretende. La del récord de universidades, de que se siente orgullosa y supo tener un empuje distinto.

El techo de la casa, ubicada en la villa Familias Unidas, está arqueado y a punto de colapsar. Cada vez que llueve le ponen una capa de tierra adicional para intentar cubrir las goteras. El piso es de tierra y conviven 6 personas, 5 de ellos niños y adolescentes. "Nos encerramos todo el día", dice la jefa del hogar. En la puerta hay un agujero de alguna bala perdida, roturas por pedradas y afuera corre un río de aguas servidas que recorre los terrenos del barrio, que está metido en un basural. "Por suerte los chicos están en clase ahora", explica la mujer, que con 30 años se las debe ingeniar para poder darles de comer todos los días; mucho más desde que se quedó sin trabajo. Esa es la realidad de la Mendoza que es. La de la pobreza estructural, la que tiene niños con hambre y con condicionantes por la "cuna" en la que nacen. 

Las divisiones políticas son parte de la vida cotidiana, una grieta optativa que desvía cualquier análisis hacia debates que en muchos casos son superficiales o por el solo hecho de pelear por el poder. Pero hay una grieta mucho más profunda, que no es voluntaria y se profundiza. Es la enorme desigualdad que se vive en la provincia y que hace cada vez más amplia la brecha entre la Provincia que podría ser y la que es. Entre el potencial utópico que se describe en los discursos, y la dolorosa verdad. Entre la Mendoza de la innovación y la de las urgencias de 6 de cada 10 niños que no tienen los alimentos asegurados. La tensión para la política es a qué agenda darle prioridad. La respuesta es más compleja, pero ineludible: a las dos.

Las dos Mendoza

La tensión entre esas "dos Mendoza" puede agobiar. Si se toma una perspectiva más amplia la situación es aún peor porque se puede notar el deterioro. La desigualdad es mayor, la brecha más amplia y las oportunidades que genera la provincia son menores en 2021 que hace dos décadas. Por eso, por ejemplo, aumentó mucho más la demanda de planes sociales que la oferta de empleo, relaciones directas. 

En la urgencia se nota. En los últimos 10 años aumentó fuertemente la "inseguridad alimentaria". Ese indicador se mide según la percepción de "hambre" de las familias. "Desde 2011 hasta la actualidad la inseguridad alimentaria ha seguido una tendencia en ascenso sostenida", aseguran desde el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, única institución que mantiene una serie estadística confiable desde el 2004 en adelante. "Se advierte un especial deterioro de las infancias del estrato socio-ocupacional bajo integrado que pasó de 28% a un 36% (una suba de 8 p.p.). Adicionalmente la brecha de desigualdad social en este último año se incrementó", asegura el informe. Inseguridad alimentaria severa es casi un eufemismo. Son los mendocinos y argentinos que pasan hambre y para quienes otra necesidad, también importante, queda en segundo plano. "A puro guiso", explica y resume una mujer en el mismo barrio de Las Heras. Una síntesis de las estrategias de supervivencia que ya son rutinarias. 

 

Sin trabajo y con más planes

La asistencia social en Argentina tiene una evolución que es proporcional al sistema productivo y a la agudización de las crisis. En los 80 la caja PAN diseñada y ejecutada por Raúl Alfonsín es el primer recuerdo de respuesta a una urgencia. Consistía en un combo de productos alimenticios para cubrir parte de las necesidades calóricas de una familia. Para muchos era un golpe a la dignidad porque no estaban acostumbrados a la asistencia estatal. Tanto, que mudaban los productos a una bolsa de compras para disimularlo. 

El "bono solidario" de Carlos Menem mostró uno de los gérmenes del asistencialismo ligado al clientelismo, una impronta ya arraigada a la cultura política de Argentina. El otro salto grande se dio en 2002. Tras la crisis, el Estado no tenía mecanismos de asistencia directa y se creó el plan Jefas y Jefes de Hogar, lanzado por el presidente Eduardo Duhalde y que en su lanzamiento alcanzó los dos millones de destinatarios que cobraban 150 pesos. Ese programa se amplió y cambió de nombre con la llegada de Néstor Kirchner, pero no logró reconvertirse: los planes de asistencia en emergencia no fueron reemplazados por empleo de calidad y permanencia aún a pesar de la bonanza económica.

Con la reestatización del sistema de jubilaciones, la ANSES pasó a ser una de las grandes cajas de financiamiento de la ayuda social. Pero en paralelo el Estado también tercerizó en organizaciones sociales la gestión y hasta el pago de otros planes; tanto que hoy ni el propio "pagador" tiene claro el volumen, el destino y el efecto de la aplicación de esos recursos en la comunidad. Cada plan de asistencia llegó para quedarse y no se reemplazó luego por trabajo genuino. Incluso la Asignación Universal por Hijo se tergiversó en cuanto a sus objetivos. La intención era garantizar un ingreso mínimo a niños y adolescentes para igualar derechos con los hijos de los trabajadores en blanco que cobran asignaciones familiares. Pero de ser un ingreso universal, pasó a ser el único ingreso de muchas familias y una especia de plan eterno de rescate.

El año pasado 5 de cada 10 argentinos recibía algún plan de asistencia del Estado, mientras se deterioraba el aparato productivo y se perdían empleos. No se trata de estigmatizar los planes de asistencia. Sino darse cuenta que son un anabólico; un remedio de emergencia para un problema estructural. En el mismo período el aparato productivo se deterioró y los datos se recitan de memoria: en 10 años Mendoza no generó empleo privado de calidad, la cantidad de mendocinos con problema de empleo (desempleo, subempleo o mayor demanda) alcanza a la mitad de la población económicamente activa y la pobreza creció y afecta al 44% de las personas. 

Mendoza tiene indicadores objetivos que marcan un potencial importante. Por recursos, por logística, historia y capital humano. Era, según los últimos datos disponibles, una de las provincias con mayor proporción de graduados universitarios del país, con casi el 10% de la población adulta y 48 graduados cada 100 mil habitantes. También es una de las provincias con mayor proporción de desempleo juvenil. Y si de herramientas se trata, también ha caído. Solo el 37% de los hogares tiene conexión a Internet y el acceso a la tecnología es cada vez más precario. La migración de jóvenes pasa desapercibida, pero no cesa. 

¿Puede Mendoza lograr que los niños que hoy están excluidos accedan a los recursos mínimos y a las herramientas para construir un futuro?

 

El deterioro condiciona el futuro. De un lado de la grieta social hay cada vez menos personas. Del otro cada vez más. Pero no es un camino voluntario. 

 

 

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