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A veinte años, un recuerdo que aún dura entre todos los argentinos

El 19 y 20 de diciembre de 2001 fueron días trágicos para todo el país. No sólo por la renuncia de un presidente, la imagen del helicóptero y toda su simbología. Pero el proceso empezó mucho antes, y el Conurbano bonaerense fue, como de ahí en mas, el epicentro de todas las peleas del poder.
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No es periodístico. Pero hay cosas que hay que relatar en primera persona. Y tuve la oportunidad de estar ahí, donde casi todo pasó.

Pasaron veinte años, pero las secuelas permanecen intactas hasta hoy. Inclusive algunos creen que Argentina no volvió a implosionar como en diciembre de 2001 porque sucedió aquello de inicio de siglo y que terminó con cinco presidentes en una semana tras la caída de Fernando De la Rúa.

Eran momentos de tensión y también hubo una elección. Pero, a diferencia de este 2021, donde la oposición no peronista ganó en todo el país y en la Provincia de Buenos Aires, en aquel momento fue al revés. Quien había perdido había sido el radicalismo, que había quedado herido con la destrucción de la Alianza que lo llevó al poder.

Además, la Unión Cívica Radical era conducida por Raúl Alfonsín, alejado cada vez más de De la Rúa. Nadie lo apoyaba, ni propios ni extraños.

Recuerdo haber estado en lugares en los que se discutía fuerte. No sobre el “corralito”, resolución en la que nadie podía sacar de los bancos más de $250, 1 a 1 convertidos al dólar, por día. ¿Quién pudiera hacerlo hoy no?

Era una norma que duraría 90 días, pero no llegó ni al mes. La clase media, desilusionada por el fracaso de la Alianza, surgida para desterrar al menemismo en la que sobresalían muestras de corrupción, empezó a manifestarse en los bancos y entidades financieras que debieron bajar sus persianas como un apocalipsis.

En el Gran Buenos Aires, todo era desconcierto. Pero nadie tenía idea de lo que pasaría el 20 de diciembre, en el que renunció Fernando De la Rúa. El autismo presidencial provocó un desmadre social que el peronismo nunca paró y hasta dispuso agitarlo mucho más.

La CGT realizó un nuevo paro, el 13, y ya todos empezaban a acordarse de los tristes episodios sufridos por Raúl Alfonsín en 1988, cuando se produjeron los primeros saqueos y reclamos ante los supermercados del conurbano.

Hubo, también, mucho de espontáneo. Uno de los muertos de aquella jornada trágica del 18 de diciembre fue un peronista de San Martín, Alberto Márquez, quien se encontraba tomando un café enfrente del edificio municipal y quiso ir “a la plaza” a ver que pasaba. Recibió un disparo con tan mala fortuna que lo mató inmediatamente.

En todas esas semanas se intensificaron las reuniones de intendentes, dirigentes sindicales y políticos peronistas. Quien más exaltado estaba era el jefe comunal de Moreno, Mariano West, que empezaba a pedir movilizar a Plaza de Mayo exigiendo la renuncia presidencial.

El desconcierto era moneda corriente, y todos los días había una o dos reuniones simultáneas. No había ni whatsapp ni redes. Todo era personal o telefónico. Uno de esos encuentros se realizó en la Municipalidad de Tres de Febrero, en el despacho de Hugo Curto, uno de los líderes del peronismo bonaerense, con gran conexión con el mundo sindical y mano derecha en la relación con sus pares de Eduardo Duhalde, jefe político del gobernador de ese momento, Carlos Ruckauf.

El Salón de las Banderas tenía una mesa larga, en la que entraban sin problemas más de veinte personas sentadas. Ese lugar estaba repleto de intendentes, diputados y legisladores, además de varios “colados”.

Ese espacio estaba separado al resto de los habituales merodeadores del despacho municipal de una vieja y no siempre precisa puerta corrediza, que no frenaba ningún sonido, y mucho menos gritos u opiniones exaltadas.

Hasta allí fueron Raúl Othacehe, de Merlo, West, de Moreno, Albestro Ballestrini, de La Matanza, Alberto Descalzo, de Ituzaingó y otros referentes de importancia política. Del otro lado algunos escuchamos azorados hasta que se dieron cuenta y nos pidieron, amablemente, que nos fuéramos de ahí.

Eran momentos donde la política manejaba la policía bonaerense y los intendentes tenían fortísima incidencia. “Si la gente sale a la calle, yo no voy a hacer nada para impedirlo”, dijo West. Llamativamente, el primer hecho de violencia contra un supermercado fue en su localidad.

Inmediatamente esto se replicó a lo largo y ancho del conurbano. Y, llamativamente, los más dañados fueron los comercios de origen extranjero, conocidos como los “chinos”. También alguna tienda de descuento cayó en desgracia y de las otras cadenas, la que más sufrió la contingencia de la pueblada fue COTO.

Por eso no llamó la atención que una década después Alberto Coto haya dispuesto parapetarse con armas pesadas encontradas en uno de sus depósitos porteños. Había otro alerta de saqueos. Nada es casualidad.

Entre el 15 y el 17 de diciembre, entonces, hubo desbordes sociales y muy poca presencia policial. Extraño. Tanto que todos vieron, inmediatamente, una conspiración general diseñada por Duhalde que, diez días después, asumiría como presidente.

La tensión era tan fuerte que los vecinos, durante dos noches, no durmieron. Se hacían guardias en las esquinas y todo eran versiones sobre hordas desmadradas que llegaban desde las periferias hasta los barrios más acomodados.

No hubo tal desmadre, pero los vecinos creían que podía pasar. Los comerciantes de los centros barriales bajaban abruptamente las persianas porque nadie los podía cuidar. Era angustia, corridas y vigilancia personal extrema que, afortunadamente, nunca tuvo que utilizarse.

Los ciudadanos se cuidaban de otros vecinos que podían llegar para “saquear las casas”. Tal desmadre fue atizado por algunos gremios, como la UOCRA, que hacía circular miles de versiones que llenaba de miedo y hacían presagiar lo peor.

¿Hubo una conspiración?... No. No hubo un plan diseñado desde lo más alto del poder para provocar un caos de tal magnitud. Pero nadie hizo nada para parar lo que se venía. Algunos porque no lo creían, otros porque estaban tan preocupados por saber qué iba a pasar con ellos que no tenían ni idea de lo que sucedería en cuatro días, del 16 al 20 de diciembre.

Los gobernadores estaban desbordados. Tanto que la mayoría de los muertos de aquellos días trágicos fueron sufridos en el interior del país y no en la cercanía de la Casa Rosada. Los intendentes del Conurbano discutían fervorosamente. Nadie quería a De la Rúa ni a los “inútiles radicales”. Querían que se fueran ya.

El gobernador Carlos Ruckauf quedó preso de esta situación. La presión de sus referentes territoriales le dejaban muy poco margen, y la poca escucha del presidente hizo que nadie pudiera frenar lo que vino después.

Como luego de una gran tormenta, de casi incendiar la Casa Rosada, el Congreso de la Nación y destruir comercios de cercanías como ningún otro momento, el 22 de ese mismo mes ya no pasaba más nada. El presidente había renunciado, y Eduardo Camaño asumía como presidente por un día.