Son como niños...pero dirigen la Suprema Corte

Son como niños...pero dirigen la Suprema Corte

La pulseada interna que existe en la justicia mendocina ha dejado a la ciudadanía al borde de un abismo institucional. Llegó el momento de que los magistrados dejen de lado su orgullo personal, su ideología partidaria y se sienten a encontrar una salida del callejón en que nos han encerrado.

Mariano Bustos

Mariano Bustos

Aunque parezca mentira, las peleas infantiles, caprichosas y partidarias que existen puertas adentro de la Suprema Corte nos han llevado hasta un callejón sin salida. Si quedaba algo de fe en la Justicia o respeto hacia la investidura de los jueces supremos, ellos mismos se están encargando de dinamitarla. ¿Cómo confiar en ese poder en el que ni sus mismos integrantes confían? La polémica que se ha suscitado en torno a la designación de María Teresa Day ha demostrado algo que desde hace tiempo sospechábamos: la Justicia no es ciega. No es imparcial. No es justa.

Personalmente creo que Teresa Day, en sus 25 años de carrera en el Poder Judicial ejerció la profesión de abogada. Pero bajo ningún concepto puedo arrogarme la autoridad de ser el dueño de la verdad. No soy yo quien tiene la potestad de determinar cómo hay que interpretar el artículo 152 de la Constitución y a qué se refiere cuando habla de ejercicio de la profesión. Tampoco tiene ese poder la abogada Viviana Beigel quien en MDZ Radio aseguró que Day no cumple con ese requisito, ni el vicegobernador Mario Abed que salió a deslegitimar la audiencia pública convocada por el juez Omar Palermo. Tampoco las decenas de personas que participaron en la audiencia ni los que se declararon en rebeldía y pretendieron ignorarla.

Es que en realidad ni siquiera el Senado, como defienden desde el oficialismo, puede decidir cómo debe interpretarse un artículo de la Constitución provincial y el alcance que tiene el texto de la norma. Lo debe definir la Justicia. Y -lamentablemente- ese es el problema.

Tenemos una Justicia tendenciosa, partidaria, oportunista y nadie confía en ella. Ni si quiera los jueces de la Corte confían en sus pares. Ven fantasmas. Tejen telarañas y arman juegos de estrategia para inclinar la balanza de acuerdo al criterio de uno u otro bando. En lugar de debates serios, plantean chicanas. Revanchas. Contraataques y gambetas. 

No hay forma de salir de esta situación si no es con magistrados dejando de lado sus caprichos y el sentido de pertenencia partidaria. Es hora de que la responsabilidad prime sobre el orgullo. Omar Palermo, Dalmiro Garay, Mario Adaro, Julio Gómez, José Valerio, Pedro Llorente y la propia Day -o quien corresponda- deben sentarse a discutir sin pensar quién gana y quién pierde. Porque si siguen en ese planteo no pierde uno, perdemos todos. 

Omar Palermo y Dalmiro Garay.

Llegó el momento de poner todas las cartas sobre la mesa y encontrar una salida decorosa para evitar el bochorno al que todos se están exponiendo. Definir un criterio sobre la interpretación que debe hacerse sobre "ejercicio de la profesión" sin importar a quién beneficia y quién se perjudica. Sacar los nombres del medio y responder esa pregunta precisa.

Es la oportunidad de encarar reformas necesarias como la situación de revista de los equiparados a magistrados. Más allá de la ley que se aprobó en la Legislatura, las autoridades de la Justicia deben entender que no es lógico que un director, un secretario o un subdirector ganen el doble que el gobernador de la provincia.

Tienen en sus manos la posibilidad de discutir puertas adentro la situación de todos los equiparados y resolverlo en el seno del Poder Judicial, evitando litigios como los que ya iniciaron los funcionarios judiciales que quieren seguir percibiendo sueldos de jueces. Los propios equiparados deben dejar de lado su mezquindad y comprender que sus sueldos exorbitantes contrastan con la realidad que vive la ciudadanía.

Se ha presentado la ocasión de dar vuelta la página y olvidar las decisiones que hicieron encender esta guerra. Fueron muchas y de ambas facciones en pugna. Pero si no se ponen paños fríos las consecuencias pueden ser desoladoras. Un camino de planteos, deslegitimización, inconstitucionalidades, desconocimientos, etc, etc, etc.

Es necesario que los "niños" maduren y busquen un acuerdo. Solo así el ciudadano podrá confiar nuevamente en sus instituciones. Es la única forma de salir del encierro en el que ellos mismos nos han metido. 

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