Justo en donde hacía falta un CEO, no lo puso
Uno de los problemas que más afectan a los argentinos es la inseguridad. Nunca se terminará el debate entre sensación y cifras por dos razones fundamentales, aunque puede haber más: que te ataquen, hieran o maten, que te roben lo que tenés genera un impacto multiplicador. Pero además, las cifras que nos permiten discutir sobre qué pasa, qué no y qué creemos que pasa, son mal recolectadas o simplemente simbólicas: es muy poco lo que se denuncia cuando los que la reciban (y si es que lo llegan a hacer) no están interesados en recibirlas y mucho menos interés demuestran en investigar y resolver los casos.
La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner dio en una nueva intervención militante tras su retorno a Buenos Aires una nueva lección de cinismo al "descubrir" que afuera -ese lugar que ve a través de sus 200 guardaespaldas- hay inseguridad. El presidente Mauricio Macri, a su turno, pateó para adelante su propia responsabilidad en la materia, poniéndose mediáticamente de lado de un carnicero que aplastó al ladrón que le sacó 5 mil pesos. Y todos los demás nos quedamos discutiendo en la base del problema, en donde se siente en la piel, en el alma. Con pasión más que con la razón. Pero nadie se mete con las cúpulas de un sistema que es complejo y oscuro y que por ello requiere un adversario inteligente y dispuesto, con datos serios en la mano y poder de tocas a quien haya que tocar y mandarlo a la cárcel (si hay jueces con la misma capacidad y predisposición que así lo acepten).
En lo que respecta a la intervención en la prevención del delito, los gobiernos ceden a las corporaciones con mucha facilidad. Así, creen que la política de seguridad tiene éxito o no con el nivel de negociación al que lleguen con los uniformados de las diferentes fuerzas, y a la difusión controlada de casos. Con ello, aspiran (en forma repetitivamente mediocre) a que no haya olas, ni adentro de las fuerzas ni afuera, en la sociedad. Poco más que eso es lo que surge de las acciones sin comprender que la inseguridad no es un problema de policías y ladrones, sino que ambos son los dos extremos exponentes de un sistema económico informal que, en muchos casos, supera a la economía en blanco.
Si así se lo aceptara y abordara, se contaría con información crucial del volumen del negocio que está en una instancia superior del problema, y no concentrarse solo en el que ataca y su víctima. Cuando se ocupa solo de esto último, ya es tarde. La economía del delito -que es una industria con todas sus características- tiene mayoristas, minoristas, intermediarios, sus propios "banqueros", CEOs y obreros. Esa economía en negro que compra y vente fuera del sistema formal desde paco hasta cocaína, desde autos hasta contenedores del puerto, desde un celular hasta terrenos fiscales, no va a decrecer porque se le meta preso un eslabón de la cadena. Como en el sistema económico formal, en donde abunadan los analistas y las cifras, los pronósticos y proyecciones, la inseguridad requiere de ese capital humano que no siempre debe llevar uniforme, aunque podría, si se los capacitara en este sentido a los que deben enfrentarla.
Si se interveniente en la cadena de comercio ilícito, con las herramientas de política económico financiera, se obtendría los éxitos que no se van a conseguir jamás mandando policías a tontas y a locas a perseguir a aquellos que terminan por ser los "morruchos" de todo un sistema de gran escala. Podríamos sorprendernos notoriamente si -como fruto de una tarea más de CEO que de un "animador sociocultural de la seguridad"- se llegara a saber quién/es están a la cabeza de las grandes empresas detrás del delito.

