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La rueda de la fortuna electoral gira un año antes del premio

Ya tenemos los primeros datos de las encuestas y los números empiezan a dar vueltas. ¿Por qué? Dos encuestadores nos desburran.

 ¿Por qué un año antes de las elecciones se hacen y difunden resultados de encuestas políticas?

Sabemos, un año antes de que concurramos a las urnas para elegir autoridades ejecutivas y legisladores en todos los niveles, quiénes están “posicionándose”. De hecho, hay muchísimos funcionarios y legisladores que no están concentrados en su tarea concreta, sino ocupados en verse replicados, retuiteados, “compartidos”, mencionados: en definitiva, considerados por los medios masivos y lo que se dio siempre en llamar “opinión pública”. Buscan quedarse en el puesto en el que están o saltar a uno mejor. En el peor de los casos, bajar algún peldaño, pero no dejar de ocupar una posición en el Estado, con mayor o menos incidencia en la vida de las personas, en la concreción de negocios o en la planificación del futuro.

También conocemos algunos detalles muy puntuales que nos dan tema de conversación en la mesa familiar, el bar, el club y los medios. Por ejemplo, si nos hiperlocalizamos, que –como lo difundió Martha Reale, de la consultora Reale Dalla Torre- Julio Cobos es “imbatible en Mendoza, pero ese atractivo “menduco” se desvanece en Buenos Aires y que Cristina Fernández de Kirchner está “hiperfidelizada” en la provincia, con una aceptación que iguala o supera a la personal del gobernador Francisco Pérez.


Según ese trabajo,  Julio Cobos sigue siendo el político mendocino más aprobado por los mendocinos, con un 58% de imagen positiva. le sigue otro radical, Alfredo Cornejo, con el 43% y luego, Adolfo Bermejo, el justicialista mejor posicionado, con el 41%. Francisco Pérez está cuarto, con 38% de aprobación hacia su persona, aunque su Gobierno se queda nueve puntos por debajo de su líder, con 28% de aprobación.

Multiplicación y contagio

Reale sale en un medio y, como en un efecto dominó, sale en diez más y difunde los resultados de sus investigaciones y logra imponer –como cualquier otro encuestador abocado con seriedad, como ella, a su trabajo- una “pole position” que servirá internamente a los partidos y externamente a la sociedad y los medios para ir viendo más o menos cómo viene la cosa.

Un año antes, nos hacen preocupar por una supuesta posibilidad de que se adelanten las elecciones, por ejemplo, tal una de las consultas que intentó viralizar por Twitter Jorge Giacobbe desde Buenos Aires.


¿Para qué?

“Una encuesta de opinión pública realizada con un año de antelación a los comicios, presenta múltiples utilidades para gobiernos y dirigentes de oficialismo y oposición”, justifica Reale, en diálogo con MDZ.

¿Por ejemplo?

- En primer lugar, sirven para determinar tendencias en cuanto a demandas de cambio o de continuidad por parte de la ciudadanía. Ayudan a identificar a los dirigentes mejor posicionados de cara a la próxima elección, así como indicar quiénes deben redoblar los esfuerzos para llegar con alguna chance expectante al día de la elección. Especifican cuáles son los problemas que aquejan a la sociedad, lo cual permite determinar los principales ejes de campaña de los candidatos. Además de brindar información precisa para la construcción de hipotéticos escenarios.

Eso es lo que decíamos. Además, hay una cuestión económica que deben aprovechar, seguramente, como “temporada” de cosecha. Pudiendo extenderla, ¿por qué no hacerlo? Tientan con unos números y se prende el resto en la búsqueda no solo del diagnóstico, sino del efecto contagio de la repetición de los nombres de los políticos.

Y una vez echada a rodar la primera, ¿cada cuánto se hace una encuesta?

- No existe una frecuencia definida para este tipo de mediciones. El plazo entre una encuesta y otra, depende en gran parte de los requerimientos de información y del presupuesto que se tenga para la realización de este tipo de estudios. Lógicamente, a medida que se acerca la fecha de los comicios, la necesidad de contar con datos frescos para la toma de decisiones, aumenta considerablemente. En esas instancias, los relevamientos llegan a efectuarse semanalmente, obviamente, cuando existen los recursos disponibles para ello.

Reale aprovechó también su primera encuesta, que publicó Los Andes, para generar ansiedad desde las redes sociales. Y lo hizo metiendo el dedo en una llaga que arde, pero que todavía no larga pus:


Hostias. Para qué hostias.

Enrique Bollati tiene un lenguaje más particular. Digamos que es “explícito” y debe ser que está cansado de tener que explicarlo todo alrededor de su trabajo cuando, en realidad lo que ofrece es encuestas y análisis de datos, no comentarios al margen de cada cosa que hace.

“Las encuestas –desilusionó a los de pensamiento mágico fácil- no son una bola de cristal que prediga el futuro, descarten la idea porque es absolutamente falsa. Lejos de ello, una encuesta busca establecer las actuales tendencias, el actual mapa de situación para poder saber dónde se está parado y como se construye el futuro, y no cuál va a ser”.

Acepta Bollati que “muchos creen que ´las encuestas´ (genérico por encuestas de opinión política) sirven para saber quién va a ganar las elecciones y entonces no entiende para qué hostia serviría una encuesta un año antes, cuando el ajedrez de candidaturas y el tejido de alianzas no está definido. Y hay que reconocer que desde esa premisa, la pregunta aparece como válida”.

Así de dúctil para darle cabida a las críticas de quienes ponen bajo sospecha los porqués de la manía encuestadora, el analista se pone a desmitificar: “Otra idea errónea –dice Bollati- es que el político dice lo que el encuestador le dice que la gente quiere escuchar. Falso. Un político (para ser tal) tiene que tener voluntad, es decir tiene una idea de lo que quiere y debe convencer al número suficiente de ciudadanos de que su idea es apropiada”.

Dos cosas clave de su labor las explica así:

1- “El encuestador le da datos al comunicador que le permiten sugerir al candidato cuándo y cómo (el tiempo y el tono) debería difundir sus propuesta para alcanzar el mayor impacto, para ayudar a construir el futuro que el candidato desea”.

2- “Un candidato que diga lo que la gente quiere escuchar (ojo que los hay…) no es político, es un bobo, un saco de arpillera vacío que parece estar lleno de verdades de Perogrullo, pero que en realidad no tiene nada adentro. Un encuestador sólo es un chismoso profesional que le dice (tanto al comunicador como al mismo candidato) dónde se está parado y para qué lado sopla el viento, de modo que sobre esas condiciones el hombre de voluntad (el político) pueda tratar de convencer de sus propias ideas a un grupo de conciudadanos”.

Y concluye: “Visto así, se darán cuenta que una encuesta hecha un año antes no tiene absolutamente ningún valor para ´saber quién va a ganar´ porque lo que se busca es, justamente, tratar de alterar esa tendencia”.

Así es que todo, desde ahora, será una danza de nombres y números. Y como en una lotería de nuestro propio futuro, un día (o dos, con las PASO, o tres o cuatro, si hay desdoblamiento y hay que votar en dos PASO y en dos generales) con todo eso dando vuelta en la cabeza, concurriremos al Bingo del Destino en la escuela en que nos toque votar.