"Me gusta": el retuit, como credo revolucionario oficial
Creer es creer o reventar. Cuando se cree en algo, no es necesario verificarlo con los propios ojos. Con la fe y la porfía, el machaque y la repetición se ha conseguido milagros a lo largo de la historia de la humanidad.
Frente a ello, la realidad es otra cosa. Es lo que pasa, pero que apenas sucede puede contarse de mil maneras diferentes y transformarse, a partir de entonces, en algo en lo que se cree. De allí que el relato sea el nexo entre lo que pasa y lo que se cree que pasa, o lo que se quiere hacer creer que sucede.
En la Argentina nos encanta hacer como que transformamos la realidad. Basta con decir las cosas de una u otra manera y repetirlo así muchas veces para convencernos, ingenua pero efectivamente, de que somos así o asá.
Por ejemplo, durante todos los años del menemismo las clases medias y medias altas argentinas estuvieron convencidas de que vivíamos en el Primer Mundo.
Sucedió poco después de que el electorado creyera que votaba -al hacerlo por Menem- por un caudillo del interior, que prometía un nacionalismo presetentista, revolución productiva, salariazo, etc. Propuso que lo siguieran y fue así: lo siguieron y no una, sino dos veces (y hasta casi tres).
Hoy hay quienes creen que la Argentina vive, si no un momento revolucionario, una etapa previa. Y lo creen en serio. Cuando la Presidenta fue a recibir a la Fragata Libertad corearon “patria sí, colonia no”, como hace 45 años. Y eso es tan legítimo como cualquier otra creencia: este sucediendo una revolución o no, la gente tiene derecho a creer que eso está pasando y adornarlo con el folclore correspondiente.
Creer, en definitiva, es darle batalla a diario a la realidad para poder sentirse parte de un esquema de vida, de poder.
Lo que excede a ese derecho es que se pretenda que todo el mundo crea en lo mismo. Ese abuso es cíclico en la historia de la humanidad y, por lo persistente, parece ser una tendencia muy humana, practicada tanto por civiles, militares y religiosos; políticos, apolíticos y antipolíticos; creyentes y ateos.
Cuando se hace un acto patriótico y se deja afuera a todo el arco opositor, como sucede en nuestro país, puede ser que pase por dos cosas:
- Porque la oposición no quiere ser parte de actos en los que se ensalza una creencia que sienten ajena;
- Porque el oficialismo cree ser la “patria” y le endilga a todo el que no suscriba su credo el antónimo de “antipatria”.
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En la Argentina no hay un gobierno autoritario, pero tiene una militancia a la que le gustaría tenerlo.
No tenemos un gobierno nacionalista, por cierto, así de apurado como está de reabrir el canje para pagarle a los “fondos buitre” o por halagar a Monsanto, la Barrick Gold y a tantos otros mientras el discurso se pronuncia con la comisura izquierda de la boca. Pero a la militancia le gustaría tanto que lo fuera que se llama así misma “nacional” y también “popular”. Por ende, con esta creencia a flor de piel, quien no cree pasa a ser absolutamente todo lo contrario: una respuesta maniquea exagerada por la pasión, en un país que ha demostrado que admite que las creencias nazcan, se desarrollen, se reproduzcan y mueran tantas veces como se quiera.
Twitter se puebla de acólitos que se quejan, por ejemplo, del republicanismo de quienes no coinciden con los planteos, discursos o shows de la Presidenta de la República. ¿En qué planeta viven? ¿Bajo qué sistema político están fundando su mito si no es bajo el republicano? ¿Algún representante del oficialismo planteó otra cosa? Por ello, debe comprenderse que hay excesos que son solamente gestos y si son eso, no resulta grave.
Hay que tolerarlos. Es parte del cotillón que los ratifica como miembros de un colectivo. La inseguridad, las frustraciones, la incertidumbre (que muchos pintan, en su esfuerzo por “creer” en lo contrario: “convicciones”) son las que los empujan a encerrarse entre cuatro consignas y, desde allí, predicar sus revoluciones.
Lo que no termina aportándole nada al país, por cierto, es que sea la Presidenta la que impulse el debate de gestos, de poses, de guiños en lugar de poner sobre la mesa las cuestiones políticas y económicas reales o, siquiera, las políticas públicas que le toca impulsar por mandato popular.
Cuando le dedica una metralleta de tuits a responderle a un actor que tan solo le reclamó que informe el origen de un crecimiento fenomenal de su patrimonio, abre una discusión de poses, muy diferente a discutir de posiciones.
Más o menos lo mismo que pasa cuando algún opositor solitario o enrolado le recuerda su pasión por la marca Louis Vuitton en el país en donde un tercio de la población (igual que en la década menemista) está tratando de comer con 35 pesos por día (y a pesar del tremendo esfuerzo fiscal por disminuir las desigualdades originados en 2003).
En el país de las poses, nadie se puede quejar que la mayor respuesta que se ha conseguido en sentido contrario al Gobierno sea una de ellas: golpear una olla y esperar que su ruido mágico cambie la realidad.
Néstor Kirchner repuso el debate político en un país que hasta hacía poco le había pedido a él, a su esposa y a todos los demás “que se vayan”. Cristina navega en la superficialidad del picudeo.
Es posible que la estrategia sea encontrar en los medios una presencia masiva y horizontal, algo cercano a lo que podrían llamarle “popular”: hablar de trivialidades de fácil rebote y reproducción. Como embanderarse con tal o cual pareja de Showmatch. Sirve para calmar la ansiedad mediática, pero al país, muy poco.
Por ello, es importante encontrarle la vuelta al debate político, antes de que se vuelva a disminuir a un tuiteo, a un post en Facebook y nuevamente retorne el desencanto con la política.
Hay algo que la tecnología y el paso del tiempo no han cambiado: la construcción política se nutre de gestos, también de multitudes, pero centralmente de ideas y proyectos para el país y todos sus habitantes.
No basta con que un montón de autómatas le pongan “me gusta” a una frase y crean que con eso están participando en política.
Un proyecto de país no surge de una cadena de retuits.