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El próximo presidente

El tercero de la Era K: las posibilidades del gobernador bonaerense de ser el próximo Presidente, en el análisis de Diego Genoud, desde Buenos Aires.
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Falta mucho. Muchísimo. Pero anticiparse a los hechos está en la esencia de los que pretenden hacer política sin limitarse al rol de comentaristas. Y el 2015 es la próxima estación. O mejor, 2013 sólo tiene sentido en función de 2015. ¿Qué viene cuando se acabe el kirchnerismo? ¿Se acaba esta vez?

Falta mucho. Pero en el noviembre que se va, sucedieron dos o tres hechos que alimentan las ilusiones de un candidato en especial. Daniel Scioli, ese hombre que siempre es presidenciable pero nunca llega. El candidato natural. El que mira las encuestas que tiene en su despacho y siente que esta vez llegó su turno.

Si las elecciones fueran hoy, veríamos que son realmente muy pocos los que tienen chances de suceder a Cristina Fernández de Kirchner. A la oposición no le sobran candidatos, salvo Mauricio Macri y Hermes Binner, aunque los dos vienen atrás de Scioli. Y el kirchnerismo hoy directamente no tiene candidato, aunque ahora De Vido haya salido a ponerle la cara a la pretensión de Cristina eterna. El kirchnerismo electoral, después de casi 10 años en el poder, sigue siendo una fuerza que depende de personas. Néstor primero y ahora Cristina, sólo ella. Hay quienes se ilusionan con una fórmula como la que podrían expresar Juan Manuel Abal Medina y Alicia Kirchner; son los que evocan el proceso vertiginoso con el que Lula creó a Dilma en Brasil. Pero las encuestas obligan a pensar urgente en otro tipo de alquimias.

El tercer nombre con el que el kirchnerismo ha ganado todas las elecciones que ganó -y ha enfrentado también las derrotas, como en 2009- es Daniel Scioli.

Su pasado menemista y sus formas moderadas no impiden que el gobernador bonaerense pueda considerarse un kirchnerista de la primera hora.

Fue clave para aquel 22 por ciento de los votos que obtuvo Kirchner en 2003. Y después hizo casi todo lo que le pidieron, salvo convertirse en Kirchner, que es lo que deseaban los pingüinos. Dejó de lados sus pretensiones siendo vicepresidente, fue candidato a gobernador cuando quería ser jefe de gobierno, fue testimonial, criticó al campo, perdió elecciones, se calló mil veces ante los reproches en público.

Claro, Scioli lo hace porque si no se le incendia la provincia, suele decirse. Es cierto. Sin embargo, lo nuevo de estos días es la fórmula que el ex motonauta parece haber encontrado después del 8N. Y del 20N. Elogiar a Cristina y presentarse, al mismo tiempo, como presidenciable. Después de algunos intentos tibios de insubordinación que derivaban siempre en asfixia económica por parte de la Nación, Scioli elige ahora no romper de manera tradicional.

Llamarla “Presidenta coraje”, como hacía Kirchner, el mismo día del paro de Moyano, y organizar al día siguiente actos con su tropa en la provincia.

“Algunos se ponen ansiosos y me piden definiciones, me piden jugátela, me dicen que me pelee, pero yo me peleo con quien me tengo que pelear, que son las injusticias, me enfrento con quien me tengo que enfrentar, que son las drogas”, dijo Scioli la semana pasada. En esa frase está su plataforma. Más no se le puede pedir.

La Argentina del 8N y la del 20N, cada una a su manera, reclaman cambios pero no tantos. Es difícil pensar que en 2015 el país gire 180 grados, entre otras cosas porque es el mundo de los commodities el que organiza nuestra ecuación. Y los sectores que pretenden un cambio radical, algo que no tenga nada de aroma a kirchnerismo no son la mayoría. Por eso, Scioli puede ser. Porque es una figura central de la maquinaria kirchnerista pero no es un gobernador K: es Scioli, a secas. Porque en el kirchnerismo muchos lo desprecian, pero lo necesitan. De los postulantes cercanos al peronismo que desafian al oficialismo, ni Macri ni José Manuel de la Sota pueden aspirar a eso. Son figuras que tendrán mayores dificultades para capitalizar los votos que acompañaron al ensayo pingüino.

Es difícil adjudicarle falta de lealtad. Cristina lo advierte. Scioli sobrevivió a Roberto Lavagna, Alberto Fernández, Julio Cobos, Héctor Magnetto, Enrique Eskenazi y Hugo Moyano por nombrar apenas un grupo de los aliados importantes que el kirchnerismo expulsó de sus filas. Con él nunca pudieron. El aceptó todo y se quedó, seguramente a disgusto pero siempre en el barco del poder.

Es cierto, Scioli puede ser la antítesis del kirchnerismo.

Sería un candidato amigable para el pejotismo, para los grandes grupos empresarios, para la Iglesia y para los medios. Pero también puede ser su continuidad con cambios. Aunque la gestión no es su fuerte sino todo lo contrario, Scioli tiene experiencia de gestión. Aunque el kirchnerismo no es su esencia, el esposo de Karina Rabolini puede sentirse con derecho un kirchnerista convencido. Si el cristinismo no saca un conejo de la galera bastante rápido, se convertirá en lo menos malo incluso para sectores que hoy son kirchneristas entusiastas. El único que podría tener diálogo y atender sus demandas. Es que expresaría la transición menos violenta. Al fin y al cabo, Scioli es una marca que el kirchnerismo adoptó sin dudar.

La moderación, la tibieza, la falta de creatividad en su manera de hacer política, su ambigüedad permanente, todo eso es su fuerte.

Es uno de esos personajes que parecen blindados ante la adversidad. Seguramente es además el gobernador que tiene el mayor nivel de conocimiento en el país, junto con Macri.

Como si fuera poco, Scioli cae bien en la clase media, ese ancho río de disconformes que el kirchnerismo nunca encausa como quisiera. Porque en el 8 N y en el 20 N se expresó, con rostros antagónicos, la clase media, los integrados al sistema que no quieren perder lo que ahora tienen.

Claro, ganar es una cosa y gobernar es otra. Scioli tiene amigos como Carlos Corach y una lista de heridos que dejó el kirchnerismo con la que podría armar dos gabinetes, Lavagna y Alberto Fernández incluidos. Este año el kirchnerismo le hizo un favor y le regaló la posibilidad de una alianza fuerte con Hugo Moyano. La pata sindical y también el control de la calle. El fantasma tan temido de un De la Rúa peronista que incuba Scioli comienza a ser ahuyentado. Dicen los que frecuentan la residencia de Olivos que la relación entre Cristina y Scioli pasa por un buen momento. Falta muchísimo y el cristinismo buscará una salida con desesperación hasta el final. Pero viene mordiendo el polvo sin recuperarse y el tiempo pasa. El ex motonauta se anunciar como una deriva inevitable. Difícil no verlo.