Avelín, el caudillo polémico, "somos más" y la mortadela en el escritorio
Alfredo Avelín fue, tal vez, el último representante de una forma de hacer política al estilo de los caudillos. La crisis del 2001 se lo llevó por delante y un juicio político desencadenado por un eterno paro de los empleados estatales terminó destituyéndolo del cargo que había asumido en 1999, tras obtener el 58 por ciento de los votos.
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Avelin, intendente de San Juan en 1958.
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Fue el único gobernador que se negó a firmar los famosos "Catorce puntos" del FMI que estipulaban la derogación de La ley de Subversión Económica y la Ley de Quiebras y también vetó la ley de Regalías Mineras, por considerar que perjudicaban a San Juan.
Y antes, como legislador nacional, había plantado una bandera de tipo nacionalista en el Congreso, oponiéndose a las privatizaciones de Menem y a la puesta en marcha del sistema de AFJP.
Le gustó siempre presentarse como "médico y escritor" y se hizo famoso por plantar gigantescos mástiles con banderas argentinas de tamaño proporcional en lugares recónditos de su provincia.
Después de destituído, siguió atendiendo pacientes en su consultorio, hasta que, esta vez, la que le jugó una mala pasada fue la salud propia.
Una anécdota personal
Invitado a su despacho en el viejo centro cívico sanjuanino, algo así como un cuartel militar lleno de pequeñas casas en las que una de ellas era la Gobernación, concurrí acompañado por el periodista Martín Appiolaza.
"El Gobernador los está esperando", nos dijo una señora en la entrada y no mentía. No bien ingresamos, olvidó la formalidad para arrimarse aparatosamente y dar una calurosa bienvenida.
Enseguida, comenzó a enumerar a los sanjuaninos que conocía en Mendoza y mencionó al por entonces Secretario Legal y Técnico de la gobernación de Iglesias "El Negro" (así lo llamó) Mauricio Suárez.
No tenía apuro alguno. Quería implementar el Plan Canje de Armas en su provincia y pidió ayuda. Presentó el proyecto en su discurso anual ante la Legislatura, pero no pudo avanzar debido a su destitución.
Al promediar la charla, levantó el teléfono y le arrimaron el equipo de mate. Abrió un cajón del escritorio y sacó un repasador, un pan casero y un cuchillo. Abrió el cajón de abajo y puso sobre la mesa una mortadela bocha.
Así pasamos la mañana, entre mates y sánguches de mortadela.