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Un sabotaje contra el propio poder mundial

Enrique Valiente Noailles escribe en La Nación sobre la complicadísima situación que atraviesa el titular del FMI, Dominique Strauss-Kahn. La opinión público mundial está impactada, mientras, hasta ahora, la ley demuestra que funciona para con un poderoso.

Sin olvidar la presunción de inocencia, y se prueben o no los cargos presentados, el caso de Dominique Strauss-Kahn por muchas razones ha producido un fuerte impacto en la opinión pública mundial y es un hecho que permite varias lecturas.

La primera que emerge es la ejemplaridad de un sistema cuya ley es tan poderosa que nada ni nadie se sustrae a ella. Un sistema en el que la igualdad ante la ley no es sólo una declaración vacua y formal. Un sistema que protege a una persona débil en la escala social del abuso de un poderoso, y en el que una mucama es capaz de mandar a la cárcel a una persona influyente, no sólo máximo responsable del FMI sino posible candidato presidencial de Francia. Ese es el primer impacto: la ley funciona como una feroz herramienta de igualación y lleva los ojos vendados en serio a la hora de ser aplicada. Aunque desde alguna perspectiva francesa se critiquen las imágenes de un hombre esposado a quien no se ha declarado aún culpable. Y aunque desde la perspectiva local, puede decirse que, en un país en el que se llama a un paro general, no para impulsar, sino para frenar la acción de la Justicia, estemos ante un espectáculo casi de ciencia ficción.

La segunda observación es que, si son ciertas las acusaciones, será una evidencia más de que el poder es capaz de enloquecer a cierta gente hasta niveles inverosímiles. El máximo responsable de velar por la estabilidad del sistema financiero internacional, de ofrecer asistencia técnica y capacitación para ayudar a los países a fortalecer su capacidad "humana" e institucional piensa que puede forzar a tener sexo a una empleada de limpieza, como quien se sirve de una toalla colgada al salir del baño. No hay duda de que el exceso de poder nubla la noción de realidad, y sobre todo, crea una curiosa sensación de habitar en un más allá de la ley, desajuste de percepción sobre el que se estará lamentando Strauss-Kahn en su celda, como alguien al que le ha ocurrido de golpe una fatalidad.

Y éste es el tercer punto que, yendo algo más lejos, fascina y consterna a la vez: se trata de un caso de súbita conversión de la suerte de una persona, el cambio de destino en la dirección contraria, en suma, la antigua noción griega de peripecia. Tenemos a un hombre sumamente poderoso, que viaja en primera clase por el mundo y se aloja en los mejores hoteles, que culmina, sin mediar casi tiempo, esposado, escoltado por policías, abatido, desaliñado y en prisión, tratado como un delincuente común. Es decir, tenemos a un hombre que, sin mediar casi tiempo, pasó de comandar el salvataje de países enteros a rogar por su propio salvataje.

Es que, a partir de la noción de peripecia, es inevitable recordar a Aristóteles, quien decía que la acción trágica "no ha de pasar de la desdicha a la dicha, sino al contrario, de la dicha a la desdicha; no por maldad, sino por un gran yerro". Efectivamente, se trata aquí de la caída en la desdicha por un gran error. Llámese error de cálculo, impulso desinhibido, bestialidad bajo una costra civilizada, puede que todo proceda de la ceguera y de la atrofia que el poder tiende a producir en el órgano que evalúa las consecuencias de los actos, como se ve en este y muchos otros casos de hombres encumbrados.

Por cierto, finalmente, que si el evento puede ser leído como un gran yerro "involuntario", es inevitable también sospechar, en toda esta torpeza, una secreta voluntad de sabotaje al poder mismo que se detenta. Porque lo que aquí sorprende, de fondo, es la actitud de Strauss-Kahn de arriesgar casi todo por casi nada, su conversión en un jugador sin noción del juego, que apuesta toda su carrera y su prestigio en un acto puntual, y que se arriesga a inmolar todo en un solo gesto, de breves minutos, aunque de repercusiones planetarias. Uno no puede dejar de pensar que el poder, ese activo que desvela a muchos hombres, tiene también algo de insoportable y de insostenible, y que a cierta altura tienta a su portador con un acto sacrificial.



Fuente: La Nación