Si no es el kirchnerismo, ¿quiénes, cómo y para qué?
Buenos Aires. Diciembre de 2011. Todo listo para la asunción. Hay nervios y expectativas. Cristina Fernández abandona la presidencia y le entrega banda y bastón presidencial a un radical elegido por el voto popular en segunda vuelta, luego de que ella ganara –por menos de 10 puntos- en la primera ronda electoral.
¿Es posible imaginar hoy este escenario, así, tan al alcance de la mano y de manera tan sencilla, sin ruido de fondo, sin paros sindicales; con una grandeza tremenda de parte de todos los sectores y la capacidad suficiente de estos virtuales triunfadores para armar todo un andamiaje de gestión capaz de sostener en pie las mejores cosas de los últimos 8 años?
Los encuestadores están lanzando números a troche y moche: en su inmensa mayoría sostienen que quien si hoy se realizaran las elecciones generales, ganaría Cristina.
Lo que sucede es que se votará recién dentro de muchos meses no “hoy”. Y esas proyecciones de las encuestadoras no son más que carne de cañón de al etapa electoral previa, la de instalación de los candidatos y del ensayo mediático de los posibles escenarios que surjan, a fin de evaluar quienes quedarán, finalmente, en competencia.
Todo va a cambiar
La oposición no es la única dueña del discurso de cambio: el oficialismo, sin Néstor Kirchner y con Cristina Fernández asumiendo tardíamente su rol de jefa del poder Ejecutivo, pero también del principal partido político del país, camina por la cornisa refundando la gestión.
Lo hace más “cristinista”. Y si bien se respalda en hombre que le fueron leales a su marido, como Julio de Vido, deja atrás a factores otrora determinantes, como lo fue Aníbal Fernández.
Cristina avanza con fuertes gestos simbólicos y poco a poco se mete en la política. Lejos de resignarse a la letanía por la muerte del político más importante en el país en la última década y su compañero durante largos años, en su último discurso la Presidenta ni siquiera lo nombró. No lo invocó, no hizo referencia “a él” ni lo sintió presente, como en todas las anteriores apariciones públicas.
Es que Cristina está cambiando el gobierno en sus últimos meses, lo que puede servir para duplicar las apuestas lanzadas desde 2003 en que se hicieron cargo del país que venía asomando –y de la mano de Eduardo Duhalde- desde el borde de la disolución nacional, o bien, cambiando más por tozudez y convicciones que por estrategia.
En ese marco, el margen que le queda a los partidos de la oposición es escaso.
Si ella misma está ofreciendo algo diferente, maquillado si se quiere, y eso no modifica las condiciones de bonanza general, ¿qué cosa diferente podría ofrecer en los próximos meses Cobos, Macri, Alfonsín, Binner, Solanas, Reutemann, Sanz, Duhalde…?
Los oficialistas creen que como estamos, está bien. Hablan de un modelo que tan sólo es una “cuestión de actitud” frente a condiciones macroeconómicas favorables y saben crecer geométricamente con la pasión y la simbología como combustible de la militancia. La imagen difusa de un Kirchner omnipresente es un recurso extragestión a mano y, todavía, conmovedora.
Los agoreros sostienen que no se hace política con los fantasmas y acusan al Gobierno de estar aislado, enquilombado, sin rumbo y mucho más. Pero a su vez se tornan tan mágicos y místicos como aquellos, al argumentar que “algo va a pasar” para que lo que cambie no sólo sea el barniz, sino la estructura completa de la construcción lograda a los largo de los últimos años. Pero si bien los partidos políticos siguen pariendo arquitectos de la erección de algo alternativo a lo que está en pie, queda claro que le faltan albañiles y que la obra que prometen aparece como no más que una maqueta incompleta.
Apuntes sobre “el modelo”
Si bien no hay “modelo”, sino “actitud”, algo de la riqueza generada se va distribuyendo. Claro que lo ideal sería provocarlo de manera estratégica y como parte de un plan de crecimiento y desarrollo. Eso en sí mismo podría bautizarse con el nombre de fantasía de “modelo”, pero no termina de serlo, ya que para ejecutar las políticas de ahorro y distribución controlada que aplica el gobierno se recurre a un ejercicio ecléctico del poder.
Lo que se hace, impacta de lleno en los índices sociales, la primera de las urgencias de un país que estuvo en el fondo del abismo. Pero no resulta diferente a vivir el presente y nada más.
Así y todo, lo que los opositores deberán demostrar en los meses que quedan antes de que la disputa electoral se lleve las cuestiones de fondo por delante a fuerza de plata e imagen, es cómo sostener índices iguales o mejores y con qué estrategias. ¿Qué modelo promete la oposición? ¿Quiénes serán sus artífices y cuáles serán sus métodos?
Los desafíos del 2011 son políticos y económicos. Porque todo puede cambiar, todo tiende a cambiar. Pero la pregunta que quedará latente es quién lo podrá hacer mejor.