¿Tienen que volver los Montoneros?
El fantasma de los Montoneros, principal organización guerrillera de la Argentina en la década de 1970, ha vuelto a agitarse. La batalla de Papel Prensa, en el marco de la guerra entre el gobierno y el grupo Clarín, ha puesto nuevamente a los “soldados de Perón” en el centro del escenario. El motivo es, en este caso, los 16 millones de dólares que los Montoneros dejaron en custodia a los Graiver, dueños de la polémica empresa de Papel Prensa. Este antecedente ha invocado a un actor importante de la historia reciente de la Argentina, e indirectamente, nos ha llevado a pensar en su epopeya.
¿Necesita la Argentina que renazca la actitud combativa de jóvenes dispuestos a todo para revertir un rumbo a ninguna parte que tiene el país?
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Los Montoneros se presentaron en sociedad en 1970, tras secuestrar, juzgar, condenar y ejecutar, al ex dictador Pedro Eugenio Aramburu, protagonista del golpe de Estado de 1955, el gobierno de facto emanado del mismo, y la democracia proscriptiva iniciada después. Había cierta legitimidad en el origen de los Montoneros, que se rebelaron contra un gobierno de facto, apoyado en la fuerza y no en la legitimidad legal racional, según las categorías de Max Weber.
Los Montoneros se levantaron contra un modelo político viciado e ilegitimo, que iba mucho más allá del entonces dictador Lanusse. Era un sistema iniciado por malos gobiernos, interesados más en sus intereses personales que en el futuro del pais. Los más visibles eran los presidentes, pero ellos gobernaron porque a su alrededor pululaban densas nubes de oportunistas, obsecuentes y mercenarios que cobraban prebendas a cambio complicidad.
En buena medida, este proceso de descomposición institucional comenzó en 1928, durante la segunda presidencia de Yrigoyen, en la cual se comenzó a usar ilegalmente el aparato del Estado para imponer la propia voluntad al enemigo, por medio de la fuerza física. La detención, secuestro, tortura y asesinato de dirigentes lencinistas en Mendoza y cantonistas en San Juan, por parte del gobierno de Irigoyen, son un ejemplo de la naturaleza abusiva de ese gobierno.
Tras el asesinato del ex gobernador de Mendoza, Carlos Washington Lencinas, el gobierno de Yrigoyen destruyó su base de legitimidad. Había una salida institucional: juicio político y destitución del presidente, por parte del Congreso. Sin embargo, el entonces partido mayoritario, la Unión Cívica Radical, prefirió la obsecuencia y las prebendas del poder, antes que la defensa de los principios republicanos. Los diputados y senadores nacionales de la UCR fueron cómplices del gobierno ilegitimo y violento de Irigoyen. Ellos claudicaron, entregaron sus principios para mantenerse cerca del calorcito del poder. Y hundieron la república.
A partir de entonces, todos los actores se lanzaron a la lucha por el poder, sin respetar límites ni principios. Militares y civiles, socialistas y conservadores, derecha e izquierda, radicales y poco después peronistas, todos entraron en ese juego. La obsecuencia de los legisladores radicales con Irigoyen fue igual a la de los demócratas con el fraude del ’30, y de los peronistas con los abusos del lider de los 40 y 50. Cuando Perón desde el balcón, con sorda voz de mando militar, rugió “por cada uno de los nuestros que caiga, caerán cinco de ellos”, debió ser inmediatamente depuesto por el Congreso. Pero otra vez, los legisladores oficialistas optaron por la actitud obsecuente y fácil. Volvieron a entregar la República por el plato de lentejas.
Así se movieron nuestros representantes en el Congreso. Obsecuencia. Indignidad. Radicales, Demócratas, Socialistas y Peronistas. Exactamente la misma conducta.
Lo único importante era alcanzar y conservar el poder. Sobre esa base se sucedieron años y décadas. Esa claudicación del Congreso terminó por degradas la república, y facilitar la acción de los militares quienes, con facilidad, derribaron gobiernos autoritarios y autistas, para imponerse como dictadores. Así la Argentina avanzó rumbo a la decadencia, con la responsabilidad de todos.
En 1970, cuando los Montoneros entraron en la escena, ese era el sistema legal en la Argentina. Los partidos políticos podían mentir todo el tiempo a sus electores, con promesas irrealizables; también podían ir a los cuarteles y llamar a los militares para realizar golpes de Estado; todo estaba permitido y hasta legalizado por sucesivas acordadas de la Suprema Corte de Justicia.
En ese contexto se produjo el grito de los Montoneros, que se levantaron para decir “basta”. Lo dijeron a gritos, para llamar la atención de una sociedad enferma, con unos pocos lideres sin escrúpulos, y grandes mayorías silenciosas cobardes y cómplices.
En ese proceso intervinieron también los grandes medios de prensa, cómplices muchas veces de las disparatadas decisiones de gobiernos civiles y militares. Esos medios actuaron con igual nivel de irresponsabilidad que los políticos y los militares: con tal de realizar sus propios negocios, no dudaron en exponer al país a graves riesgos. El caso de Clarín y La Nación es un buen ejemplo: con tal de tener titulares más “vendedores”, inventaron noticias, y llegaron al extremo de empujar a la Argentina al borde de una guerra que pudo costarnos millones de muertos: mil veces la represiòn de la última dictadura. El tema es muy complicado y lo hemos analizado con mayor profundidad en otro trabajo, al cual remitimos: hacé clic aquí.
En vez de informar, construyeron su propia versión, sin fundamento alguno, y la difundieron como si fuera “La Verdad” única, indiscutible e irrefutable. Por lo que he podido saber hasta ahora, ni Clarín ni Nación se han retractado nunca de estos hechos.
Cuando la presidenta Cristina Kirchner denuncia que esos grandes medios nacionales han abusado de poder; han mentido a los argentinos y han manipulado información para crear una falsa conciencia, tiene razón, al menos en parte. El problema es que ella no sabe muy buen en cuál. Rodeada de secretarios de Estado ignorantes, prepotentes y fascistas, al estilo Moreno, ella se confunde, se enreda, y termina por agudizar la crisis y las contradicciones del gobierno. Hoy nadie entiende nada. Lo único claro es que el país sigue, firme, su camino hacia ninguna parte.
Por eso, de los bandos en lucha, ni el gobierno ni los grandes multimedios son consistentes. Asombrosamente, lo más rescatable surge del tercer y menor actor del reparto: los Montoneros. Claro que en un sentido muy sutil.
¿Tienen que volver los Montoneros? ¿Necesitamos jóvenes con actitud, capaces de trabajar por ideales fuertes?
Está claro que en el actual contexto de vigencia de la constitución y la democracia, la violencia no conduce a ninguna parte. El uso directo de la fuerza no entrega nada bueno. Como dijo Alberdi: “la guerra sigue a la guerra y la paz sigue a la paz, como la paloma sigue a la paloma”. Por lo tanto, el método de los Montoneros no resulta hoy útil para nada.
Pero lo que sí se puede rescatar es la actitud. Ellos se levantaron contra un régimen corrupto, que llevaba más de 40 años funcionando, con el consentimiento de jueces y políticos, de ricos y pobres, de grandes y chicos. Algunos por conveniencia personal, otros por comodidad, pero todos, por acción y omisión, contribuyeron a sacar a la Argentina de la senda del desarrollo que tenía, y la precipitaron en la decadencia, mediante la degradación constante de las instituciones.
¿Cuál es entonces la actitud que falta?
Basta mirar los países que funcionan.
Los países desarrollados, es decir, los países fuertes, tienen democracias fuertes.
Y las democracias fuertes, tienen partidos políticos fuertes.
Para ello se requieren actitudes fuertes. Ello implica contar con legisladores capaces de plantarse frente a sus líderes y mantener los principios programáticos, sin dejarse comprar por sobres o prebendas. Legisladores consistentes y perseverantes, que se mantengan en su mismo partido político, para fortalecerlo y hacerlo crecer, en las buenas y en las malas.
Eso implica decir, por ejemplo, a Elisa Carrió que no puede seguir saltando de partido en partido, usando a cada uno de ellos como se fuera un micro, para ir de un lugar a otro, bajarse, y tomar el micro que viene atrás, para llegar a otro lado. Y lo mismo para los cobistas, los peronistas disidentes, los kirchneristas, los demócratas desorientados y los socialistas pulverizados.
El ciudadano con responsabilidad cívica debe repudiar a los concejales y legisladores que saltan de bloque en bloque, de partido en partido, según el grosor del sobre, la prebenda prometida o la especulación electoral.
Los Montoneros se equivocaron al usar la violencia durante el gobierno constitucional de mediado de los ’70. Pero son parte de nuestra historia y de nuestro patrimonio cultural intangible. En ese sentido, podemos resignificar su actitud, desde valores cívicos y republicanos, tratando de canalizar la lucha a través de partidos políticos fuertes. Ello implica castigar a los tránsfugas y obsecuentes, para premiar a los coherentes. Solo así será posible reconstruir las instituciones y soñar con una Argentina mejor.