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Aquellos jóvenes que prometían cambiar la política

En el 2000, Omar Pérez Botti fue parte de un grupo de dirigentes renovadores y transversales que prometían batallar contra la "vieja política". Una década después, casi todos cambiaron de trabajo o se tuvieron que ir de la vida pública. La muerte del dirigente justicialista fue casi una metáfora.
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La muerte de Omar Pérez Botti es, además de una noticia triste, un mal síntoma para la política mendocina.

Pérez Botti supo ser un dirigente de peso en el peronismo. Llegó a ser jefe de bloque de los diputados del PJ. Luego ocupó puestos importantes en el Ministerio de Seguridad durante el gobierno de Julio Cobos. Buscaba convertirse en referente de una nueva generación de funcionarios. Hasta que graves sospechas de corrupción lo obligaron a dejar su carrera y lo condenaron a desaparecer de la vida pública mendocina.

El panorama era muy diferente para él en el 2000. Por aquel entonces, cuando la sociedad comenzaba a hastiarse de su clase política y empezaba a ensayar el “que se vayan todos”, Pérez Botti se enroló en un grupo de dirigentes jóvenes a quienes la prensa bautizó como el “grupo de las medialunas”.

Los fugaces “medialunas” se reunían en distintos cafés céntricos a pensar la política y desarrollar proyectos. Eran “transversales”: en el grupo había peronistas, radicales, demócratas e independientes. Los unía el espíritu renovador y progresista. Tenían poco más de 30 años. Existieron bastante antes que otro fracaso de la transversalidad: la Concertación K.

La mística la habían tomado de la reforma de la seguridad, que en 1999 unió a los principales partidos en Mendoza para que la lucha contra el delito se transformara en una política de estado. Todos los “medialunas” se desempeñaron en esa área.

Pero tuvieron otras ambiciones. Por ejemplo, hacer campañas conjuntas al margen de las estructuras de sus propios partidos para luchar contra caciques de la “vieja política” en sus departamentos.

Sorprende que una década después, ninguno de ellos exista en la política mendocina. Todos se fueron apagando o cambiando de trabajo y de vida. Ninguno es hoy una figura importante en su partido. Es raro incluso escuchar que alguno hable bien de sus viejas vocaciones.

Es, por otra parte, sintomático que ningún grupo de dirigentes jóvenes haya tomado la posta en Mendoza cuando ellos se fueron. Ya nadie habla de cambiar la política.

Hoy, los medialunas tienen algo más de 40. Se los ve desencantados y desentendidos de la aquellas cruzadas esperanzadoras. Están en otra.

Este sábado, una de aquellas promesas tuvo un final trágico. Y es inevitable pensar que su deceso tuvo un componente de metáfora.