La sombra de una batalla imprevisible
Agotado el 75 por ciento de su mandato electoral, que concluye dentro de menos de un año, Cristina Fernández de Kirchner se decidió a sumergirse en una ‘perestroika‘ colosal en el campo minado de la temible e intacta Policía Federal Argentina.
Pero, como enseñó el épico paso de Mijail Gorbachov por el Kremlin (1988-1991), para que haya perestroika tiene que haber ‘glasnost‘.
La primera de esa dos palabras rusas es sinónimo de profunda y audaz reforma, tan drástica que hasta pone en tela de juicio el propio sistema que se propone maquillar. La segunda se traduce como transparencia en el sentido más acabado: es un poderosísimo haz de luz que inunda de evidencias el oscuro pozo de la opacidad totalitaria, una negritud de procedimientos que ampara desaguisados, negocios ilegales y nula rendición de cuentas.
Una defenestración tan absoluta de la cúpula policial argentina, a tres de años de haber asumido la presidencia de la Nación con el 45 por ciento de los votos y tras casi ocho años de kirchnerismo en el poder, es un movimiento de incalculables consecuencias. La Presidenta podría haber avalado de esa manera que su nueva súper ministra, Nilda Garré, haya pateado un hormiguero poderoso poblado de peligrosas criaturas carnívoras.
Comparaciones inevitables
En el modelo comparativo de lo que fueron los años finales de la agonía del comunismo soviético, Gorbachov, que tenía apenas 54 años cuando asumió el poder tras quedar descabezada la gerontocracia bolchevique, hizo y deshizo todo pero en nombre del marxismo. Más: postulaba que la Unión Soviética había olvidado y prostituido las banderas de Lenin. En la mirada de aquella época, la ‘perestroika‘ de Gorbachov se hacía cargo del ‘verdadero‘ leninismo. No demolió los 76 años largos de ‘socialismo realmente existente‘, sino que le entró al sistema postulando que sólo se proponía un lifting profundo que no cambiaba la sustancia. Él quería ‘volver‘ al comunismo de 1917.
En 1990, la URSS se disolvió y hoy es una potencia gruesa y temible, pero de diferente signo. Dentro de las fronteras de la vieja Rusia, el comunismo es el pasado y el capitalismo más feroz es la realidad.
Meterse con la Policía Federal Argentina no es un entretenimiento menor. Cuando Garré asumió el ministerio de Defensa, ya habían pasado más 20 años que la transición democrática había reestructurado de manera irreversible los supuestos centrales del poder militar argentino, alterado de raíz por el juicio a las juntas que concluyó en 1985 con la histórica condena a los ex comandantes.
Ésa es una hazaña que el kirchnerismo repudia de manera extraordinariamente explícita. Las condenas a prisión y reclusión perpetua contra Jorge Videla y Emilio Massera solo fueron deshechas por el peronismo cinco años después, en 1990. En esa oportunidad, los Kirchner nada dijeron y el indulto de Menem fue avalado por el justicialismo.
Otras circunstancias
Lo de la Policía Federal, desde luego, es bien diferente. Su utilización como fuerza de seguridad al servicio del plan criminal que se puso en vigencia de 1976 a 1983, es hoy un hecho remoto.
Antes de la toma del poder por las Fuerzas Armadas, ya eran una estructura politizada y corrupta.
En el gobierno peronista de 1973 a 1976, por ejemplo, el cabo retirado José López Rega fue ascendido de un saque a Comisario General, y otro jerarca retirado, Alberto Villar, fue repuesto en funciones como jefe de la Federal por Juan Perón, con la estricta misión de combatir a la subversión, pero Montoneros lo asesinó el 1 de noviembre de 1974.
Antes de designar a Villar, Perón había ubicado a un leal general del Ejército, Miguel Ángel Iñíguez, al frente de la Federal. Él sería quien pondría en libertad a Mario Firmenich, arrestado un día de casualidad, antes de que Montoneros pasara a la clandestinidad. Viejo amigo de Perón y exponente de la ‘resistencia‘ en los ’60, Iñíguez tampoco aguantó y terminó exonerado.
Ya con las FF.AA. en el poder, el Ejército se hizo cargo de la Policía Federal. Asesinado el general Cesáreo Cardozo en 1976, el ministro del Interior designó al frente de la PFA a Arturo Corbetta, un general honorable que se negó a convalidar la guerra sucia de los militares y fue despedido a las pocas semanas.
No es sencillo y nunca lo ha sido manejar con fehaciente eficacia y en el marco de normas sanas a una fuerza sobredimensionada, informe y muy poco transparente como ha sido durante décadas la Policía Federal. Al margen de no pocas frivolidades ideológicas, la idea de la Presidenta al avalar las purgas iniciadas por Garre es audaz y tiene ribetes positivos en tanto y en cuento logre avances serios, con mucha mesura y estricta prolijidad legal.
El problema en principio insoluble es que los roperos de este poder estas llenos de episodios en los que Néstor Kirchner aparece como el principalísimo decisor en lo que se hizo y en lo que no se concretó bajo la conducción política de su valedor, Aníbal Fernández. El jefe de Gabinete se empoderó de la Federal siendo ministro de Justicia y si nunca abandonó su condición de jefe real de la fuerza, fue porque su tarea implicaba un vicariato de Néstor Kirchner.
¿Cómo hace ahora la ministra Garré para investigar sobre todo la relación de la Federal con negocios paralelos al cabo de ocho años de unos trapicheos nunca hubieran sido posibles de no mediar la decisión de quien manejo realmente el país desde su llegada a la Casa Rosada, el 25 de mayo de 2003, hasta su muerte, el 26 de octubre de este año?
Habría que imaginar que solo una perestroika kirchnerista que termine poniendo en tela de juicio lo dicho y hecho por el propio oficialismo en materia tan delicada, tiene plausibilidad. Pero para que acontezca, se requiere, ya mismo, una ‘glasnost‘ verdaderamente desprejuiciada.
Si Cristina Kirchner le hincara el diente a esa epopeya, ¿podría retener el apoyo de gobernadores, intendentes y punteros peronistas en esa ofensiva para refundar a la Policía Federal Argentina con nuevos prismas ideológicos?

