La Mendoza del “so” y del “ni”: tomala vos, dámela a mí
¿Quién se anima en Mendoza a proclamar un proyecto transformador y a implementarlo, sin dejarlo para más tarde? ¿Quién es capaz de asumir los riesgos que implica, a pagar los costos políticos o a disfrutar del rédito, si lo llegase a tener en buena ley?
Sabemos qué cosas caracterizan a la gestión del gobierno nacional. Por acuerdo o desacuerdo con ellas, si alguien de otro país nos llegase a pedir una definición, la podríamos dar sin mucha dificultad. Lo mismo ocurría si nos tocara definir qué haría alguno de los muchos opositores que aspiran a suceder al actual gobierno, quiénes serían continuistas y cuáles los sectores que harían todo lo contrario.
Estas certezas son las que dan la seguridad de que hay un proyecto. Podemos estar con él o en su contra. Pero existe. Y hay también un núcleo de ideas básicas de lo que podría ser un gobierno de signo contrario en el futuro, si los votos lo acompañaran.
Sin embargo, no sucede lo mismo en Mendoza. No pasa con unos ni con los otros. No hay una idea clara de qué cosas son las que movilizan todos los días a los funcionarios cuando se levantan y cuáles son los desafíos que se plantean los opositores cuando se disponen a encargar los trajes para ocupar la enorme cantidad de puestos que deja vacante un gobierno cuando sus hombres y mujeres son desalojados del poder.
Un montón de nada
Posiblemente durante la presente gestión de gobierno se puedan realizar una cantidad inusitada de pequeñas obras necesarias y reclamadas durante año. ¿Pero son parte de qué plan? Muy probablemente se podrá argumentar desde el Gobierno que "se hacen cosas que nadie hizo antes". Pero, ¿y la mirada estratégica en qué grupo de esas cosas está puesta? Se construyen centros de salud y hasta un hospital pero ¿alguien cree que hay un plan para dar vuelta como a una media a la salud? Se dice que "nadie consruyó más escuelas...", pero ¿es la educación el eje o simplemente consruir edificios que se debían desde hace tiempo?
Sería injusto señalar a este problema de enfoque como nuevo. Lo mismo significó endeudarse en más de 80 millones en el pasado reciente, por ejemplo, para construir caminos, sólo porque lo tenían planeado y no porque se pensara en ellos como eje fundamental de algún proyecto.
Posiciones sorpresa
Un dato que muestra lo que es la dirigencia mendocina lo muestra el hecho de que hay que esperar a que los temas lleguen al límite para que se tomen decisiones. Y estas últimas, terminan siendo ocurrencias de último momento. Como si se tratase de un reality show, si un tema crucial y estratégico llega a la Legislatura, tenemos que esperar a ver quien da la sorpresa, ya que desconocemos cuál es la postura de los partidos políticos, como estructura legítimamente creada para el ejercicio del poder, en torno a esos asuntos.
En medio de esta ausencia de liderazgos, lo que triunfa es la sospecha. Se sospecha de quien apoya, de quien no lo hace y –por qué no hacerlo- de quien espera hasta último momento para definir su opinión. Así y todo, hablamos de una provincia con dirigentes que no tienen una opinión definitiva sobre los temas, lo que torna más incierta la posibilidad de encarar una reinvención de Mendoza pero, además, vuelve imposible subir un escalón en la institucionalidad: nos quedaremos anclados en el mar de las sospechas, las intrigas y hasta de las apuestas.
Siempre fue igual de difícil, y sin embargo…
Para que se construyera el Parque Gral. San Martín en medio del desierto hizo falta liderazgo y decisión. Había que usar agua en una provincia en donde ése es un bien escaso. Y tenían que hacer brotar plantas de las piedras.
Cuando alguien quiso construir el Pasaje San Martín la Ciudad se escandalizó. Pero se hizo y está en pie. Cuando se impulsó la peatonalización de la calle Sarmiento sucedió algo parecido. Y nadie se imagina un sábado sin ella. Potrerillos fue una pelota que se pasaron unos a otros y todavía hoy, con la obra en pie, no se consigue con facilidad a defensores a ultranza del proyecto ni quienes se animen a criticarlo con la complejidad que merece. Todo es a medias, como “por las dudas”. Todo, bajo el efecto de sospecha permanente de quien toma el tema.
Cuando se asumieron determinaciones centrales, como la construcción de diques, el trazado de autopistas, la reconversión vitivinícola, el cambio en la educación y hasta las autorizaciones para que llegaran a Mendoza los hipermercados y shoppings, se tomaron decisiones complejas y criticables. Pero no se dudó: se hizo y se asumió la crítica. En cada una de esas medidas había un motivo a favor y, seguramente, alguno en contra. Pero se avanzó.
No ocurre en los últimos años lo mismo en los temas que Mendoza debe definir. En una provincia en donde la fuente principal de empleo no es ya la vitivinicultura, ¿hacia dónde va su estrategia de crecimiento?, ¿qué piensan quienes gobiernan y quienes sin hacerlo hoy, pretenden acceder al poder el año que viene?
Por otro lado, ¿alguien se imagina a un dirigente sosteniendo en sus manos un diagnóstico claro y duro de Mendoza, que afecte intereses conservadores y corporativos y señalando –con un equipo detrás- hacia dónde es el camino?
Lo más probable es que de la enumeración de errores de anteayer que se realiza en la campaña electoral sumen un par de promesas para pasado mañana que, como está ocurriendo gobierno tras gobierno, quedarán pendientes para que otro haga lo que hay que hacer.
El tema del momento (de este y de anteriores momentos también)
Eso pasa con los recursos naturales de Mendoza, por citar un tema que increíblemente se ha vuelto un tabú del que, si alguien habla, resulta –obvia y “mendocinamente”- sospechoso. La minería y la explotación hidrocarburífera entran en esta última consideración. Reinan el “ni” y el “so”. No hay nadie capaz de ponerle el cascabel al gato y definir hacia dónde debe encaminarse el futuro provincial en estos temas. No hay señales claras a la sociedad (pero pareciera que tampoco hacia los inversores) de qué es lo que se quiere.
Todo indica que se trata de un juego de ensayo y error con protagonistas que entran y salen del juego de manera alternada, algo que ocurre porque tampoco hay alguien, dentro o fuera del Gobierno, con la capacidad de marcar pautas, de entusiasmar a la gente con fuerza en torno a lo que implicaría su explotación plena. No hay quien diga de manera contundente y creíble que no o que sí. Nuevamente “so” y “ni”.
Así las cosas, temas que no se definieron durante el gobierno anterior tampoco serán definidas ahora. Todos quieren “quedar bien” –esa manía menduca- pero pocos quieren ser los que asuman los riesgos de equivocarse o acertar. Y esto pasa cuando no se está del todo seguro: la señal clarísima de que, detrás de los protagonistas no hay equipos, sino posturas momentáneas, meros y efímeros impulsos de la política menor.
Mientras Mendoza espera la parición de nuevos liderazgos, el tiempo pasa y la sociedad se entretiene en discusiones inútiles que siente como ajenas. Y elige al mal menor en lugar de un proyecto capaz de cambiar la realidad decadente.
